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El ocaso del pensamiento

Hay maestros que enseñan una materia. Hay otros que enseñan una manera de vivir. En el bachillerato tuve el privilegio de conocer a uno de esos maestros especiales. Manuel Antonio Sariles —que Dios tenga en su gloria— tenía una costumbre que, en aquel entonces, muchos considerábamos una simple tarea dominical. Todos los domingos nos dejaba una tarea poco común: leer la columna de opinión de Jorge Ramos. Su clase era lunes después del almuerzo. Veníamos de jugar fútbol bajo el calor del mediodía y nos permitía entrar con la célebre camiseta "mototaxi", bautizada así por un fallido proyecto de transporte cuyos colores coincidían con aquella prenda. A esa edad uno recuerda la libertad de vestir distinto. Solo muchos años después comprendí que lo verdaderamente importante ocurría dentro del aula. El profesor Sariles no pretendía enseñarnos qué pensar. Pretendía enseñarnos cómo pensar. Con el paso de los años entendí que no intentaba formarnos ideológicamente. Intentaba darnos las herramientas para que cada uno construyera su propia manera de comprender el mundo. Hoy esa diferencia parece pequeña. En realidad, define el destino de una sociedad. Todos interpretamos la realidad desde un conjunto de ideas, principios y valores. A eso llamamos ideología. No es una bandera política ni un color partidario; es el marco mental con el que decidimos qué creemos correcto, qué estamos dispuestos a defender y qué rechazamos. Es un mecanismo que simplifica la realidad y, como decimos en buen salvadoreño, nos evita "darle tanta vuelta a la cosa". El problema no …

Doctor Danilo Arévalo, tesorero del Colegio Médico de El Salvador

Hay maestros que enseñan una materia. Hay otros que enseñan una manera de vivir.

En el bachillerato tuve el privilegio de conocer a uno de esos maestros especiales. Manuel Antonio Sariles —que Dios tenga en su gloria— tenía una costumbre que, en aquel entonces, muchos considerábamos una simple tarea dominical. Todos los domingos nos dejaba una tarea poco común: leer la columna de opinión de Jorge Ramos.


Su clase era lunes después del almuerzo. Veníamos de jugar fútbol bajo el calor del mediodía y nos permitía entrar con la célebre camiseta «mototaxi», bautizada así por un fallido proyecto de transporte cuyos colores coincidían con aquella prenda. A esa edad uno recuerda la libertad de vestir distinto. Solo muchos años después comprendí que lo verdaderamente importante ocurría dentro del aula.

El profesor Sariles no pretendía enseñarnos qué pensar.

Pretendía enseñarnos cómo pensar.

Con el paso de los años entendí que no intentaba formarnos ideológicamente. Intentaba darnos las herramientas para que cada uno construyera su propia manera de comprender el mundo. Hoy esa diferencia parece pequeña. En realidad, define el destino de una sociedad.

Todos interpretamos la realidad desde un conjunto de ideas, principios y valores. A eso llamamos ideología. No es una bandera política ni un color partidario; es el marco mental con el que decidimos qué creemos correcto, qué estamos dispuestos a defender y qué rechazamos. Es un mecanismo que simplifica la realidad y, como decimos en buen salvadoreño, nos evita «darle tanta vuelta a la cosa».

El problema no es tener una ideología.

El problema es dejar de pensar.

Las grandes transformaciones de la historia comenzaron con una idea antes que con un líder. Lee Kuan Yew convirtió a Singapur, un pequeño puerto sin recursos naturales, en una potencia mundial apostando por la educación, la disciplina y el mérito. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Informe Beveridge dio a los británicos una visión compartida de futuro que fortaleció la cohesión social y terminó sentando las bases del moderno Estado de bienestar.

Las ideas sobreviven a los gobiernos. Los aplausos no.

Los sistemas políticos, al final, son distintas formas de administrar recursos escasos. Se parecen más a un matrimonio que a una batalla ideológica. Hay familias que deciden invertir en viajes; otras prefieren comprar una casa; otras sacrifican comodidades para garantizar la educación de sus hijos. Ningún proyecto funciona si cada integrante busca únicamente su beneficio inmediato. Todo proyecto colectivo exige renuncias.

Y ahí aparece nuestra mayor debilidad.

Nos cuesta sacrificarnos por alguien que no conocemos.

Nos cuesta aceptar que nuestros impuestos financien la educación del hijo de otro o la operación de un desconocido. Nos cuesta pensar en el país dentro de veinte años cuando el beneficio inmediato parece mucho más atractivo.

Hace algún tiempo escribí en este mismo espacio que «vos sos lo que tenés». Quizá esa frase describa el individualismo que poco a poco ha desplazado al salvadoreño trabajador, solidario y honrado que alguna vez distinguió a este país.

Por eso inquieta que la salud y la educación apenas ocupen espacio en la conversación nacional. Nos apasionan las polémicas deportivas, las discusiones virales y los escándalos pasajeros, mientras guardamos silencio sobre el futuro del sistema sanitario o la calidad de la educación que recibirán nuestros hijos.

Solo cuando el cáncer toca la puerta de nuestra casa, cuando una cirugía cuesta lo que no tenemos o cuando un medicamento se vuelve indispensable, descubrimos que la salud pública también era un asunto personal.

Con apenas cuatro de cada diez salvadoreños culminando el bachillerato, resulta difícil aspirar a un modelo de desarrollo como el de Singapur. Ningún país construye prosperidad entreteniendo permanentemente a su población mientras descuida la formación de su capital humano.

La próxima vez que acudamos a las urnas quizá la pregunta no deba ser quién promete más, sino qué visión de país propone. Porque una democracia que deja de discutir ideas termina pareciéndose al circo romano: el pulgar arriba para aquello que produce aplausos inmediatos; el pulgar abajo para la educación, la ciencia y la salud, cuyos frutos solo aparecen con el tiempo.

Es como permitir que los niños elaboren la lista del supermercado. Probablemente regresarán felices. El carrito estará lleno de dulces. La despensa, vacía.

Cada vez que recuerdo aquellas tardes de bachillerato entiendo que el profesor Sariles nunca buscó que pensáramos como él.

Buscó que aprendiéramos a pensar por nosotros mismos.

Y en un país donde abundan quienes quieren decirnos qué pensar, esa sigue siendo una de las lecciones más revolucionarias que he recibido.

Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Ginecólogo Oncólogo
Liderazgo y Gestión de proyectos de Salud INCAE.

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