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El hogar de la memoria

Mi casa es el hogar de la memoria de ponerme mi anillo «de aprender a leer» una tarde soleada de octubre; de escucharte cantarme canciones para que me durmiera, las mismas que te canté en los últimos días, tanto en el hospital como en casa; de irme corriendo a refugiarme en tu cama durante los bombardeos de la guerra, como ahora hago con tu almohada ante tanto bombardeo verbal.

Es la una y media de la mañana y yo, una mujer de cincuenta y cinco años, me despierto y abrazo la almohada de papá. Es lo poco que, después de tres meses, aún conserva su olor. Hace tres meses que papá no se sienta en su silla. Hace tres meses que fue enterrado, sin la honra que, a mi parecer, merecía.

Cuando entré a la funeraria me di cuenta de que ofrecían un servicio de cremación que se llama El Hogar de las Memorias. De haber podido prever muchas cosas aquel lunes, habría sacado mi tarjeta de crédito y averiguado qué debía hacer para que mi padre fuera cremado. Me habría llevado sus cenizas a su tierra y las habría esparcido en el mar. Hubiera sido el mejor homenaje para un hombre que valoraba su libertad.


Nunca he idealizado a mi padre, pero llegué a comprender sus luchas y a ver la bondad de su corazón en medio de la vida dura que le tocó vivir. En estos tres meses, el hogar de la memoria lo componemos él y yo, junto con miles de imágenes y miles de interrogantes sobre por qué nadie más lo comparte.

En mi mente, esta madrugada, aparece la imagen de un almuerzo familiar en casa. Es el cumpleaños de papá. Mamá está feliz tomando un cóctel que le prepara mi sobrino. Papá mira con cariño a mamá. Mi hermana sale de la cocina con un pavo lleno de velas y nos agrupamos para la selfie familiar. El sentimiento de familia, de satisfacción, parecía tan real.

Esperé la llamada de la muerte de mi padre durante casi treinta años, desde las bombas de la guerra hasta su última enfermedad. Yo temía la muerte de papá. Creo que, instintivamente, sabía que, si él faltaba, todo se venía abajo: la economía familiar, las Navidades, los viajes a la playa en una combi vieja que una amiga de infancia describe como un atentado. Y vi, con tristeza, cómo, mientras papá envejecía, aun manteniendo todas sus facultades y esos ojos tan penetrantes y vivos, esos recuerdos se iban olvidando y sustituyendo por intereses de los que no se llevan al más allá.

Sin embargo, yo, la mujer de cincuenta y cinco años que abraza la almohada de papá, siempre creí —idealista que soy— que la falta de su presencia física nos iba a volver a unir en honor a lo que él había sido: los miércoles en los que insistía en que almorzáramos juntos; los domingos en los que insistía en que almorzáramos juntos; las Navidades en las que nadie podía viajar porque debíamos estar juntos.

Desde mi silla, en mi terraza, rodeada de jazmines y plantas, me duele que, con la pérdida de su presencia física, también perdiera eso. Recuerdo una Navidad en la que llegaron sesenta personas a mi casa. Hoy me pregunto si tendré dónde pasar las fiestas. Recuerdo a mi papá tomándose una foto junto a su nieto y hoy me pregunto dónde está ese niño, a quien mi papá amó tanto.

Echo de menos verlo en su silla de enfermo, donde pasó sus últimos años, porque seguía siendo una protección silenciosa contra las realidades de la vida; realidades que me he visto forzada a enfrentar, a entender y, más dolorosamente, a comprender cuánto le afectaban a él.

Creo que cualquier duelo guarda la esencia del que se fue. A su manera, quizá muy sui géneris, confusa y hasta un poco torpe, papá encontró en su familia un puerto seguro después de cruzar solo el mar y librar mil batallas sin nadie a su lado. Recuerdo una frase que dijo una vez en su tierra natal: «Pero logré formar una familia».

Una familia a la que proveyó de lo necesario y más con esfuerzo propio, a pesar de los retrocesos. Repitiendo lo que había hecho muchas veces en su vida, se levantó y siguió adelante, intentando hacer bien las cosas a pesar de todo. Hoy, que soy la heredera del «a pesar de», me pregunto cómo nunca se dio por vencido.

Pero, volviendo a mi silla, mi jardín y mis jazmines, por las noches, yo sola, me siento a agradecerle a Dios y a papá. Reconozco que lo que tengo es un regalo que me dio gracias a su tesón y a su profunda fe. Quizá no son las grandezas que uno ve en este mundo, pero son cosas sólidas y más de lo que muchos tienen.

Dejó todo arreglado para mamá, esa mujer a quien le decía que amaba en cada tiempo de comida, y no dudo que fue para que fuera feliz, aunque ahora no entiendo cómo. Me duele que en las últimas celebraciones no estuviéramos todos juntos, por cuestiones que, al final, tienen poco o ningún peso en la vida. Me dicen que papá no se dio cuenta. Yo sé que sí se dio cuenta. Simplemente sabía que ya no podía hacer nada.

La noche que papá murió, mi amiga, que es más mi hermana, llegó, pese a los mares bravos, solo para ver una vez más a papá, a quien amaba y admiraba. Papá ya estaba arreglado en su cama, esperando el traslado. Le dio un beso y le puso la mano en los pies.

—Adiós, nos vemos en el cielo.

Ella, y muchos de los que sí estuvieron conmigo en la funeraria —sus médicos, sus enfermeros, mi primo que vino expresamente a apoyarme, mi prima con quien jugaba de niña, mi amiga que le tenía miedo a la combi, mi director espiritual, mis hijos en la fe, sus colaboradoras de la empresa—, en fin, el reducido grupo que estuvo conmigo para ayudarme a despedirlo lo más dignamente posible, me hicieron darme cuenta de cuántas vidas había tocado papá.

Yo siempre había imaginado voces entonando su canto favorito mientras su cuerpo mortal descendía a su descanso eterno («Los que esperan en Jehová», que cantaba cada mañana en la ducha hasta que enfermó, un poco desafinado, por cierto), mientras lo enterrábamos. Pero no fue así…

Hoy, un mensaje que hablaba de lo que no nos llevamos al otro mundo me hizo darme cuenta de que papá lo dio todo por su puerto seguro, pero estaba construido sobre arena. Me duele no tener maronazos en su memoria ni darle la palabra a quien había sido su heredero espiritual. Me duele mamá, que perdió a su amante protector. Me duele el puesto vacío que él rogaba que se llenara en su último aniversario.

Como digo, cada quien vive su duelo de manera diferente, pero en mi hogar de la memoria hay tantos recuerdos que valdría la pena revivir: los juegos de mi hermana en Año Nuevo; los cohetes que reventaba con mi sobrino; los pavos de su cumpleaños o de Navidad, con los que alimentaba a sus «víctimas» hasta que no podían caminar de lo llenos que estaban; sus frases célebres y sus oraciones kilométricas.

Sobre todo, veo más claramente su corazón noble y su gratitud por haber tenido un hogar, esposa e hijas, y deploro que solo seamos él y yo en las noches, entre los jazmines.

Sí, papá. Mi casa es el hogar de la memoria de árboles de Navidad armados con ramas de ciprés que tenían mil huecos y llenaban la casa con su aroma; de tus discursos eternos; de encontrarte a ti y a mamá juntos, cenando, cuando llegaba a verlos después del trabajo.

Mi casa es el hogar de la memoria de ponerme mi anillo «de aprender a leer» una tarde soleada de octubre; de escucharte cantarme canciones para que me durmiera, las mismas que te canté en los últimos días, tanto en el hospital como en casa; de irme corriendo a refugiarme en tu cama durante los bombardeos de la guerra, como ahora hago con tu almohada ante tanto bombardeo verbal.

Te prometo que tu legado seguirá vivo con todos aquellos de corazón limpio que entren a mi casa; que debajo de los jazmines habrá maronazos; que aprenderé a dar discursos kilométricos. No sé cómo ni con quién llenaré mi mesa cada Navidad, pero tu legado, el que no se deja aquí en la tierra, permanecerá para siempre.

Educadora.

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