Por más que se vista con los ropajes del gigante regional, el seleccionado de México vuelve a desnudar sus limitaciones conceptuales, preso de una petulancia endémica y de un libreto futbolístico francamente paupérrimo.
Frente al representativo de Inglaterra, el conjunto azteca dispuso de una oportunidad de oro que dejó dilapidar de forma imperdonable.
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Tras la expulsión del británico Quansah a los 54 minutos de juego, el Tri contó con más de tres cuartos de hora para nivelar las acciones y firmar una página consagratoria frente a una potencia de primer orden, pero careció por completo de las ideas necesarias para torcer el rumbo de la historia.
Del espejismo aéreo a la ceguera táctica desde el banco
Durante la primera mitad, las sensaciones habían sido ciertamente propicias. Los dirigidos por Javier Aguirre buscaron con insistencia al ariete Raúl Jiménez por la vía aérea, quien se las ingenió para zafarse en un par de ocasiones del severo marcaje de Marc Guéhi y Ezri Konsa.
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El gol estuvo al caer, pero las notables intervenciones del golero Jordan Pickford ahogaron el festejo mexicano. Aquello, empero, no pasó de ser un mero espejismo.
En el complemento, los zagueros ingleses le tomaron los puntos a Jiménez, ajustando las marcas de manera milimétrica; un diagnóstico evidente que el estratega mexicano fue incapaz de descifrar a tiempo.
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Con un hombre de más sobre el terreno, la única receta que se le ocurrió a México para vulnerar el cerrojo británico fue el envío sistemático y monótono de centros al área grande, apostando al frentazo de Jiménez o a la providencial pesca de algún rebote por parte de Julián Quiñones.
El cerrojo de Tuchel y la obstinación de un fútbol predecible
Al advertir la alarmante y tozuda insistencia de los mexicanos de repetir el mismo libreto una y otra vez, Thomas Tuchel reaccionó con presteza: mandó a la cancha a John Stones y Dan Burn con la premisa clara de despejar cuanto proyectil surcara el espacio aéreo inglés.
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Para colmo de males, Konsa fue desplazado hacia la banda derecha con libertades para cerrarse y colaborar en las tareas de rechazo.
De este modo, Inglaterra estructuró una muralla granítica con tres zagueros corpulentos en el corazón del área, reforzada por el despliegue de Declan Rice y Jude Bellingham.
Cinco portentos físicos imbatibles en el juego de alto que contuvieron sin mayores sobresaltos los embates rivales durante casi veinticinco minutos.
México abdicó por completo de generar juego asociado a ras del suelo, naufragando en una repetidera cansina, predecible y carente de toda sorpresa.
La falacia del coloso regional y el eterno estancamiento
Semejante mediocridad conceptual invita a la reflexión: ¿este es el mentado gigante que se jacta de su supremacía en las huestes de la Concacaf?
Queda claro que ese ropaje de gala solo le sirve para el consumo interno, pues apenas cruza sus fronteras geográficas, se queda sin argumentos ni linaje.
No importa qué timonel se siente en el banco de suplentes; el futbolista mexicano parece tener inoculada la nefasta creencia de que se puede ganar con el mero peso de la camiseta, el misticismo devaluado del Estadio Azteca y una fanfarronería insustancial.
Si persisten en esa tesitura, el trofeo global seguirá siendo una quimera inalcanzable.
Los mexicanos son víctimas y prisioneros de lo que presumen como su mayor fortaleza. Siguen ejecutando las mismas viejas recetas de hace medio siglo esperando un veredicto diferente.
Por eso no crecen, estancados y conformes con una miserable hegemonía regional de cabotaje. Que les aproveche, limitados.