El primer semestre de 2026 no fue un período cualquiera para la salud pública salvadoreña. Fue un recordatorio de que las enfermedades no desaparecen porque dejemos de hablar de ellas y de que la vigilancia epidemiológica nunca puede descansar. Mientras buena parte del país dirigía su atención hacia la economía, la política o el deporte, la salud libraba batallas silenciosas que definirán el resto del año.
El primer hecho fue el retorno del sarampión. Después de años sin transmisión autóctona, el país confirmó casos importados que obligaron a reforzar la vigilancia epidemiológica y las campañas de vacunación. Hacia finales de junio ya se contabilizaban 23 casos confirmados, todos asociados a importación y sin evidencia de transmisión local sostenida, un logro que solo puede mantenerse con altas coberturas de inmunización.
El segundo acontecimiento fue el fortalecimiento de la vacunación como principal barrera frente al resurgimiento de enfermedades prevenibles.
El tercero fue la vigilancia permanente del dengue. Aunque el país registró menos de diez casos confirmados durante las primeras semanas del año y ningún fallecimiento, se notificaron más de mil casos sospechosos, lo que recordó que el mosquito nunca concede tregua.
El cuarto fue la continuidad del monitoreo de las infecciones respiratorias, especialmente en niños y adultos mayores, en quienes el virus sincitial respiratorio continúa representando una importante carga hospitalaria.
El quinto fue el fortalecimiento de la vigilancia fronteriza ante el incremento regional de enfermedades transmisibles.
El sexto fue la consolidación de herramientas digitales para ampliar el acceso a consultas y al seguimiento de enfermedades crónicas, incorporando nuevas capacidades tecnológicas para la atención sanitaria.
El séptimo fue el esfuerzo sostenido de los equipos de salud comunitaria en vacunación, control vectorial y educación sanitaria.
El octavo fue la preparación institucional frente a emergencias derivadas de la temporada lluviosa, con el fin de reducir el riesgo de brotes posteriores.
El noveno fue la necesidad de mantener laboratorios y sistemas de vigilancia capaces de detectar oportunamente nuevos eventos epidemiológicos.
Y el décimo fue, quizá, el más importante: comprender que la salud pública sigue dependiendo mucho más de la responsabilidad colectiva que de cualquier decreto.
Los próximos seis meses exigirán prioridades inaplazables: recuperar esquemas completos de vacunación, reforzar el control del dengue, preparar la respuesta frente a virus respiratorios, proteger a la población adulta mayor, fortalecer la formación continua del personal sanitario y recuperar la educación en salud como una política permanente, y no como una reacción ante las crisis.
Porque la verdadera tragedia nunca será la aparición de una enfermedad. La tragedia comienza cuando una sociedad deja de prevenir, olvida las lecciones del pasado y vuelve a creer que la salud pública puede esperar.