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El sarampión no pide permiso

Un paciente puede contagiar desde cuatro días antes hasta cuatro días después de la aparición del sarpullido. El virus permanece suspendido en el aire hasta dos horas después de que la persona enferma haya abandonado el lugar. La probabilidad de contagio en personas no vacunadas ronda el 90 %

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Ante el último caso confirmado, vuelvo al tema.

Mientras el mundo corre detrás de tendencias y, estos días, detrás de un balón, con un espectáculo de movilización mundial, además de conciertos y distracciones digitales, una vieja amenaza vuelve a tocar la puerta de nuestras comunidades: el sarampión. Y lo hace aprovechando precisamente aquello que más daño causa a la salud pública: la indiferencia.


La imagen es clara. Un paciente puede contagiar desde cuatro días antes hasta cuatro días después de la aparición del sarpullido. El virus permanece suspendido en el aire hasta dos horas después de que la persona enferma haya abandonado el lugar. La probabilidad de contagio en personas no vacunadas ronda el 90 %. No estamos hablando de una enfermedad común; hablamos de uno de los virus más contagiosos que conoce la medicina.

Sin embargo, gran parte de la población continúa actuando como si el problema perteneciera a los libros de historia. Se escucha con frecuencia que el sarampión es una enfermedad «del pasado», una enfermedad «de niños» o un problema «de otros países». Nada resulta más peligroso que una falsa sensación de seguridad.

La disminución en las coberturas de vacunación, la movilidad internacional y la pérdida progresiva de la memoria epidemiológica han creado el escenario perfecto para que enfermedades que creíamos controladas vuelvan a aparecer. El sarampión no necesita una invitación. Le basta una población desprevenida.

Pero existe una pregunta aún más incómoda que debemos formularnos como sociedad.

¿Están nuestras universidades preparando adecuadamente a los nuevos médicos para reconocer un caso de sarampión? ¿Cuántos estudiantes de medicina han visto realmente un caso confirmado? ¿Cuántos docentes clínicos poseen experiencia práctica reciente en el diagnóstico y manejo de esta enfermedad? ¿Se está enseñando desde la experiencia o únicamente desde diapositivas académicas?

Las nuevas generaciones de médicos se enfrentan a enfermedades que muchos jamás observaron durante su formación. Esa realidad obliga a fortalecer la capacitación con profesionales que sí han enfrentado brotes, que conocen las manifestaciones clínicas y que entienden la urgencia epidemiológica que representa un caso sospechoso.

Porque, cuando una enfermedad reaparece, el tiempo perdido en reconocerla puede convertirse en decenas o cientos de contagios.

El sarampión no distingue títulos, posiciones sociales ni edades. Tampoco negocia con la ignorancia ni con la soberbia colectiva. La historia ha demostrado que las epidemias no castigan la falta de recursos; castigan la falta de memoria.

Y cuando una sociedad olvida las lecciones que la ciencia ya escribió con sufrimiento, termina pagando nuevamente la matrícula de la tragedia.

Esta es mi quinta columna sobre el problema sanitario mundial que representa el sarampión.

Médico.

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