A 11 años de su partida, el 5 de junio de 2015, recordamos la genialidad del salvadoreño que convirtió a Suchitoto en capital cultural y cuyo filme experimental de 1951 sentó las bases del cine salvadoreño moderno.
A 11 años de su partida, el 5 de junio de 2015, recordamos la genialidad del salvadoreño que convirtió a Suchitoto en capital cultural y cuyo filme experimental de 1951 sentó las bases del cine salvadoreño moderno.

El pasado 5 de junio marcó el 11° aniversario luctuoso de Alejandro Cotto (1928-2015), el eterno mecenas que consagró su vida a transformar el paisaje colonial de Suchitoto en la indiscutible «Capital de la Cultura de El Salvador«. Falleció a los 86 años.
Para conmemorar su legado este 2026, la reconocida documentalista Paula Heredia conmovió a las redes sociales al compartir una fotografía del recuerdo de Cotto rodeado de un grupo de realizadores emergentes, evidenciando que la antorcha de su visión sigue encendida entre las nuevas generaciones de contadores de historias. La posteó en el marco de la edición 12 del Festival Internacional de Cine Suchitoto (FICS).
Aunque popularmente se le asocia con la gestión cultural y la preservación de las tradiciones, la verdadera génesis de su genialidad artística radica en una faceta a menudo eclipsada por el tiempo: su rol como pionero y leyenda del cine nacional.

El romance de Alejandro Cotto con el celuloide comenzó desde una temprana juventud en las empedradas calles de su ciudad natal. Tras realizar un primer e intuitivo ensayo titulado Festival en Suchitoto en 1950, el joven realizador se atrevió a dar un paso audaz.
Hace exactamente 75 años, en 1951, empuñó una cámara de 16 mm para rodar un filme profundamente experimental: Sinfonía de mi pueblo.
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Como bien rescata el investigador y arqueólogo Julián Barrera Tolentino en su artículo publicado en la edición número 8 de la Revista de Museología Kóot de la Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC), estas producciones rudimentarias y de recursos sumamente limitados fueron la carta de presentación que le abrió las puertas del mundo audiovisual.
Gracias al impacto de estas primeras imágenes, Cotto obtuvo en 1952 una valiosa beca en México. Ahí, absorbió las técnicas de titanes de la Época de Oro como Julio Bracho, una influencia estética que posteriormente marcaría sus aclamados largometrajes «Camino de esperanza» (1959) y «El rostro» (1961), hace 65 años.

RESISTENCIA AL OLVIDO
A pesar de que no se conserva una copia física accesible de Sinfonía de mi pueblo, el aporte de Barrera Tolentino en la revista Kóot subraya que la memoria visual y fotográfica de la pieza sobrevive como testimonio del primer despertar cinematográfico salvadoreño.
Cotto utilizó el lenguaje audiovisual no solo como un ejercicio estético, sino como una herramienta inmersiva de denuncia social y de construcción de identidad nacional, aporte que el medio la Gaceta de Suchitoto retomó en 2018 para publicar la nota Los aportes de Alejandro Cotto al Cine y la vida cultural de Suchitoto, en abril de ese año.
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Uno de sus metrajes que puede verse en Youtube es «El rostro» (1960), musicalizado por Esteban Serbellón y con textos de Waldo Chávez Velasco. El documental fue finalista en el Festival de Berlín.
Cuando el conflicto armado interrumpió sus producciones a finales de la década de los 70, Cotto canalizó toda esa sensibilidad poética hacia el rescate de Suchitoto.
Su mirada cinematográfica, educada para encontrar belleza en lo cotidiano, terminó esculpiendo el destino turístico y artístico de su pueblo.
Aún se le recuerda al frente del festival artístico que organizaba año con año, en pro de la reconstrucción del que bautizó en 1991 como Teatro Las Ruinas. Hoy lleva su nombre.
El tributo digital de la ganadora del Emmy, Paula Heredia, en este aniversario es el recordatorio perfecto de que Alejandro Cotto no fue únicamente un gestor del pasado; fue un maestro del futuro cuyo «universo menor» sigue inspirando a los cineastas de hoy.
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