El día que la izquierda militante estuvo a punto de tomar el poder en El Salvador
San Salvador y el interior del país eran un caos: tropas por todos lados en camiones verdes artillados, cadáveres degollados o mutilados en diversos puntos y en el predio de El Playón en camino a Quezaltepeque, saqueos e incendios de almacenes en pleno centro la capital, minuciosos cateos militares en las colonias en busca de guerrilleros y la ola de secuestros de empresarios y hombres de negocios nacionales y extranjeros. Nadie paraba el caos. La programación de las radioemisoras se repartía entre canciones de Barry Manilow como "Mandy" y "Copacabana" o las salsas de Rubén Blades, como "Pedro Navaja" o "Plástico", con mensajes y arengas revolucionarias pagados por las organizaciones populares protestando contra el régimen de facto. Era enero de 1980. La Junta Revolucionaria de Gobierno original acababa de desintegrarse con la salida de los representantes de las organizaciones sindicales, partidos de izquierda, la academia y el delegado del sector privado, después que presionaron por reformas y cambios más audaces y encontraron resistencia entre los militares. El veterano dirigente comunista Schafik Jorge Handal había denunciado semanas antes, a través de las páginas de El Diario de Hoy, que los sectores más conservadores del Ejército habían dado un "contragolpe" y el proyecto de la primera Junta no avanzaría. Irónicamente, el contragolpe sobrevino el 2 de noviembre, sepultando las esperanzas de un gobierno democrático y participativo que acabara con el autoritarismo, pero que tampoco se volcara al modelo sandinista, comunista y beligerante. El fracaso se había anunciado con la represión del desfile …
San Salvador y el interior del país eran un caos: tropas por todos lados en camiones verdes artillados, cadáveres degollados o mutilados en diversos puntos y en el predio de El Playón en camino a Quezaltepeque, saqueos e incendios de almacenes en pleno centro la capital, minuciosos cateos militares en las colonias en busca de guerrilleros y la ola de secuestros de empresarios y hombres de negocios nacionales y extranjeros. Nadie paraba el caos.
La programación de las radioemisoras se repartía entre canciones de Barry Manilow como «Mandy» y «Copacabana» o las salsas de Rubén Blades, como «Pedro Navaja» o «Plástico», con mensajes y arengas revolucionarias pagados por las organizaciones populares protestando contra el régimen de facto.
Era enero de 1980. La Junta Revolucionaria de Gobierno original acababa de desintegrarse con la salida de los representantes de las organizaciones sindicales, partidos de izquierda, la academia y el delegado del sector privado, después que presionaron por reformas y cambios más audaces y encontraron resistencia entre los militares.
El veterano dirigente comunista Schafik Jorge Handal había denunciado semanas antes, a través de las páginas de El Diario de Hoy, que los sectores más conservadores del Ejército habían dado un «contragolpe» y el proyecto de la primera Junta no avanzaría.
Irónicamente, el contragolpe sobrevino el 2 de noviembre, sepultando las esperanzas de un gobierno democrático y participativo que acabara con el autoritarismo, pero que tampoco se volcara al modelo sandinista, comunista y beligerante. El fracaso se había anunciado con la represión del desfile bufo universitario del 31 de octubre.
Contingentes de la Policía de Hacienda habían disuelto a tiro limpio manifestaciones de protesta en el centro de San Salvador, según relató tiempo después Guillermo Ungo, exmiembro de la Junta, «porque a un teniente de la PH a cargo del contingente se le ocurrió disparar».
Contrario a lo que esperaban los mandos castrenses y en su momento el expresidente Carlos Humberto Romero, derrocado el 15 de octubre de 1979, la represión sólo alentaba las protestas y había un factor adicional que fortalecía moralmente a la izquierda militante: el triunfo de la revolución sandinista, unos meses antes, el 19 de julio de 1979.
En las radios, entre canción y canción de Village People con YMCM o el jazz de Spyro Gyra con Lindita, proliferaban los campos pagados de grupos de izquierda como el Bloque Popular Revolucionario o las Ligas Populares 28 de Febrero denunciando la involución del golpe.
Surgieron organizaciones civiles de derecha, como la Cruzada Pro-Paz y Trabajo y el Frente Femenino Salvadoreño, que promovieron jornadas cívicas con el canto masivo del Himno Nacional y denuncias de que «el comunismo estaba por entronizarse en el país». El mayor Roberto d’Aubuisson aparecía periódicamente denunciando a personajes y organizaciones de izquierda como parte del plan del marxismo para tomar el poder en El Salvador. Esa fue la génesis de lo que un año después se fundaría como el partido ARENA, que llegó a estar 20 años en el poder.
Realmente casi todas las condiciones estaban dadas para que la izquierda marxista tomara el poder: las organizaciones populares como el BPR, el FAPU, las LP-28 y el MLP se habían unido ya con sus federaciones sindicales y grupos estudiantiles, como el MERS, en la Coordinadora Revolucionaria de Masas (CRM), al tiempo que sus correspondientes clandestinas, las FPL, la RN, el ERP y el PRTC formaban la Dirección Revolucionaria Unificada (DRU), la génesis de la guerrilla del FMLN.
El arzobispo de San Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero, se pronunciaba contra la represión militar y el cuestionado acompañamiento de los democristianos para formar la segunda Junta, pero también condenaba los secuestros de empresarios y atentados dinamiteros perpetrados por la izquierda guerrillera y los desmanes cometidos por los grupos de masas, como la toma de la Catedral y otros templos.
El prelado mártir insistía en que no debía haber presos políticos del régimen, pero tampoco secuestrados por la guerrilla.
En ese ambiente de violencia y medición de fuerzas, la izquierda militante con el Bloque Popular Revolucionario (BPR) a la cabeza convocó una manifestación multitudinaria en San Salvador el 22 de enero de 1980. Aunque nadie lo decía, era un secreto a voces que la fecha coincidía con el aniversario del primer levantamiento comunista y la consecuente matanza de campesinos del 22 de enero de 1932, así como el posterior fusilamiento de Farabundo Martí y otros líderes comunistas, durante la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez.
La manifestación de ese 22 de enero de 1989 fue gigantesca, como nunca se había visto antes: cuadras y cuadras de mares de gente desde la plaza del Salvador del Mundo hasta el Centro de San Salvador, en espera de cambios reales y frustradas porque veían que todo era imposición por la fuerza e impunidad. Esas multitudes fueron despersadas a tiros por el Ejército. El fuego fue respondido por los grupos clandestinos con disparos de armas cortas y pistolas.
La gente se dispersó en las calles de San Salvador en medio de disparos, bombazos, el humo de lacrimógenas y la angustia de los marchistas de ser capturados, lo cual no hubiera ocurrido si hubieran tenido armas largas y entrenamiento mediano.
Los frentes de masas de la guerrilla, agrupados en la Coordinadora Revolucionaria de Masas (CRM), tenían apoyo popular, pero carecían de armamento, porque sus organizaciones político-militares clandestinas estaban divididas. Tuvo que pasar tiempo para que estas últimas formaran la Dirección Revolucionaria Unificada (DRU), génesis del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), y entonces disponer de armamento de guerra y lanzar cruentas ofensivas y enfrentamientos con el Ejército, pero en el campo.
La euforia revolucionaria, alentada por la revolución en Nicaragua, se enfrió, sobre todo al ver el desastre en que los sandinistas estaban llevando al vecino país tratando de imponer el comunismo, pero al mismo tiempo sumiendo en la miseria y la persecución al pueblo que un año antes los había recibido como héroes en las calles de Managua .
Dice la Biblia que «hay un tiempo para cada cosa», y la sabiduría popular enseña que «hay trenes que pasan sólo una vez en la vida».
La izquierda militante no volvió a tener una oportunidad para un levantamiento popular como ese 22 de enero de 1980, salvo cuando el multitudinario entierro de San Romero, el 30 de marzo de 1980, que también fue dispersado a tiros, aunque no había contingentes de soldados en las calles porque se dijo que estaban «acuartelados».
Tenían gente, pero no tenían armas. La guerrilla tenía organizaciones de masas dispuestas, pero estaban divididas. Hasta que Fidel Castro promovió la unidad de las organizaciones en La Habana, la cual se materializó el 10 de octubre de 1980. Para entonces muchas cosas habían sucedido y el panorama social y político había cambiado significativamente, sobre todo porque la Democracia Cristiana había comenzado a dividir a las confederaciones sindicales y cooperativas e impulsado la reforma agraria y la estatización de la banca.
La izquierda militante y beligerante salvadoreña tuvo que esperar hasta 1994 para llegar al poder por la vía pacífica, primero en la Asamblea Legislativa y alcaldías y luego, en 2009, para alcanzar la presidencia con Mauricio Funes…