El papado de León XIV comenzó de manera discreta, ajustado a una personalidad menos expansiva que la de su antecesor, el argentino Jorge Bergoglio. El estadounidense, cuyo nombre de pila es Robert Francis Prevost, tiene las maneras sencillas de un sacerdote cuya gestión durante años fue la de misionero en partes del mundo donde reina la pobreza, como en el norte de Perú, donde realizó gran parte de su trabajo pastoral y social en comunidades humildes. En esas tierras aprendió español con el suave acento peruano y conoció de cerca la indefensión de los más necesitados.
No es de extrañar que Prevost, quien se formó en la orden de San Agustín, una rama religiosa mendicante cuyos miembros no poseen bienes propios, ha publicado una encíclica centrada en los peligros que conlleva el avance de la Inteligencia Artificial (IA). En su escrito de 110 páginas, titulado Magnifica humanitas, analiza y señala los desafíos que plantea para los hombres una tecnología que podría trastornar gravemente el desempeño laboral de millones de personas al ser desplazadas por las diversas funciones de la IA. Prevost no solo resalta el aspecto práctico, sino también lo que implica en términos de los daños a la integridad de los individuos. Es evidente que León XIV apunta a los intereses de los llamados “oligarcas tecnológicos”, más ocupados en las millonarias ganancias que en establecer un código ético que demarque fronteras para evitar el mal uso de la IA. A la hora de escribir su primera encíclica consultó con ingenieros, científicos y figuras políticas, pues al Pontífice también le preocupan, y así lo manifiesta, las alianzas entre políticos sin escrúpulos con el gremio multimillonario que puebla Silicon Valley. Sin ir más lejos, en su reciente viaje a China el presidente estadounidense Donald Trump estuvo acompañado de empresarios tecnológicos como el polémico Elon Musk. La super potencia americana y el gigante chino (donde los derechos laborales son casi tan inexistentes como los derechos humanos) compiten por el dominio en una carrera donde ningún obstáculo, y mucho menos el ético, los detiene.
Prevost hace hincapié en la necesidad de que haya regulaciones, que se entrene a la fuerza laboral en el uso de la IA para no dejar atrás a los trabajadores, que se proteja a los menores de un uso de la IA que puede entrañar peligros. En suma, que este formidable salto tecnológico no sea una marea cuya corriente se lleve por delante el potencial humano gracias al cual se crean algoritmos que nos mimetizan, pero que en esencia son hijos de la infinita capacidad creativa de los seres de carne y hueso. Quizá le habría interesado al Papa la reflexión del filósofo y teólogo español Francesc Torralba: “ChatGPT no tiene experiencia. Se nutre de ordenar datos”. La experiencia de la humanidad es lo que colorea y proporciona textura al conocimiento que se traduce en progreso. Prevost no se opone a los adelantos, pero sí recomienda ponerles bridas.
El actual Papa eligió el nombre de León con la figura de León XIII como fuente de inspiración y guía en su papado. En 1891 León XIII publicó Rerum Novarum (De las cosas nuevas), una encíclica en la que reivindicaba los derechos de los obreros en pleno auge de la Revolución industrial. Era necesario protegerlos de la explotación en las fábricas y hasta las grandes novelas del siglo XIX plasmaron esa lucha entre la tecnología y la dignidad de los hombres y mujeres que la manejan, pero pueden terminar aplastados por la maquinaria inventada. Más que una labor puramente evangelizadora, lo que mueve a Prevost es la conciencia social que defiende al individuo de cualquier situación que lo esclavice y lo deshumanice. No es casualidad que en su encíclica también extiende una disculpa en nombre de la Iglesia católica por la demora en condenar la esclavitud y lo define como “una herida en la memoria cristiana”.
Me temo que los magnates de la industria tecnológica y todos sus aliados, tanto en el ámbito financiero como en el político, pondrán muy poca atención al documento histórico de León XIV. Bastó con verlos reunidos en torno a una cena oficial junto a Trump agasajando en la Casa Blanca al príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salmán. El republicano ensalzó el “trabajo en derechos humanos” del sátrapa que en 2018 mandó a matar y descuartizar en la embajada de su país en Estambul al periodista Jamal Khashoggi por sus críticas a la monarquía saudí. Todos aplaudieron al sanguinario invitado de honor. Prevost asevera en su escrito: “Hay que desarmar a la inteligencia artificial”. Me pregunto cómo valoraría ChatGPT la reacción de unos “oligarcas tecnológicos” que parecen no tener miramientos. [©FIRMAS PRESS]
Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina.Su libro más reciente es Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).
*Twitter: ginamontaner