Al lanzar la “Operación Z” contra Ucrania, el demente y criminal de guerra Putin creyó que en dos semanas iba a llegar a Kiev, la capital ucraniana. No visualizó que los drones, artefactos voladores que hoy juegan un papel casi decisivo en las guerras modernas, eventualmente iban a frenar y derrotar gran parte de la agresión.
Semanas antes de iniciar la operación, los ucranianos se dieron cuenta de lo que venía, por lo cual se prepararon con tropas y zanjas para impedir el avance de las fuerzas rusas.
Literalmente, “Putin fue por lana y salió trasquilado”. Cuatro años después de iniciada la agresión, las pérdidas rusas son enormes, pues prácticamente todos sus tanques y carros de combate han sido aniquilados. Además, cerca de un millón de rusos han perecido o han quedado lisiados, y continúan muriendo en el frente. A ello se suma que muchos jóvenes que salen de colegios y escuelas corren el riesgo de ser reclutados para enviarlos a la muerte.
Muchos padres y hombres escapan de Rusia llevando consigo a sus hijos y familiares jóvenes hacia otros países para protegerlos.
Pero el uso más infame de los drones se está dando en la guerra civil —si así puede llamarse— en Sudán, donde los agresores los utilizan para asesinar personas e incluso niños en las calles.
Salir de casa para ir a un comercio, visitar a un familiar o realizar cualquier actividad cotidiana puede significar la muerte. Los agresores matan o intentan matar civiles indefensos; no se trata de aniquilar soldados, sino de acabar con la población a como dé lugar.
Paradójicamente, y dado que muchos habitantes de esos países llevan el nombre del profeta Mohammed, las hostilidades se desarrollan entre distintas facciones musulmanas. A ello se agrega un hecho abominable: existen indicios de que países del golfo están financiando a los agresores. Que algo así suceda demuestra un total desdén por la vida humana, no solo de militares, sino también de civiles, quienes son uno de los principales blancos de las agresiones de Rusia contra Ucrania. En cada ataque, además de adultos, mueren niños, ancianos y mujeres.
El Papa y las democracias europeas piden el cese de las guerras
Los críticos de la guerra de Estados Unidos contra Irán esgrimen el ridículo argumento de que los ataques se dirigen contra una “milenaria civilización”. Sin embargo, ninguna sociedad puede considerarse «civilización» cuando castiga con la muerte a manifestantes en las calles o a mujeres por no llevar debidamente el velo que cubre su cabello. No se trata de una civilización gobernante, sino de una teocracia o clero enloquecido de fanatismo que ha estado desestabilizando a la región y promoviendo a los grupos terroristas. Esto alcanza extremos todavía peores en Afganistán, donde los talibanes niegan la educación a las niñas después de los 12 años.
El papa León XIV, al igual que los líderes de las democracias europeas que apoyan a Ucrania en su defensa contra la agresión de Putin, hace un llamado para que cesen las hostilidades y para que sean el entendimiento y las negociaciones los que orienten el destino del mundo. Sin embargo, es evidente que los agresores en Sudán buscan el poder para enriquecerse y robar a gran escala, valiéndose del terror contra sus adversarios.