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Del “porque lo digo yo” a panelistas políticos de sobremesa

Cuando “porque lo digo yo” se transforma en “a ver, argumenta”, no solo cambia la conversación, cambia el nivel

Hay una transformación silenciosa que nadie te advierte cuando creces: un día estás peleando con tu papá por todo… y al siguiente están analizando la geopolítica como si fueran panelistas invitados a un programa de opinión, sin comerciales.

En la infancia, el padre es una institución. No una persona: una institución. Funciona como Constitución, Corte Suprema y Wikipedia con voz grave. Si dice que el cielo es verde, el cielo es verde y se acabó el debate. No existe el “¿según quién?”. Existe el “porque lo digo yo”.


Luego llega la adolescencia, esa etapa donde el cerebro se expande pero la paciencia desaparece. Allí se descubre que el padre está equivocado en absolutamente todo. En política. En música. En cómo usar el celular. En cómo respirar.

Las conversaciones no son conversaciones; son incendios controlados. Él: “En mis tiempos…” El adolescente: “Exacto. En tus tiempos.” Fin del intercambio. Puertas cerrándose dramáticamente.

Pero la adultez trae una sorpresa argumentativa: ya no se necesita llevar casco para hablar en la mesa. De pronto, padre e hijo pueden discutir elecciones, economía o relaciones internacionales sin que alguien amenace con irse del grupo familiar de WhatsApp. Se intercambian datos. Se citan fuentes. Se hacen pausas. ¡Pausas! Ese lujo emocional que en la adolescencia era inexistente.

La diferencia no está en el tema —la política siempre ha sido combustible premium— sino en la seguridad personal. Cuando la identidad ya no depende de contradecir por deporte, la conversación cambia de categoría. Se deja de debatir para ganar. Se empieza a debatir para entender.

Y aquí viene el giro irónico: muchas de esas opiniones “anticuadas” que antes daban alergia empiezan a tener contexto. Resulta que no eran frases lanzadas al vacío; eran ideas formadas en un mundo distinto. Sin redes sociales. Sin hilos virales. Sin indignación patrocinada. Y del otro lado, las opiniones “modernísimas” tampoco nacieron del Olimpo intelectual; vienen de un ecosistema digital que reacciona más rápido de lo que piensa. Dos generaciones, dos algoritmos mentales.

Lo verdaderamente divertido ocurre cuando aparece el déjà vu ideológico. Ese momento incómodo en el que uno defiende una postura con pasión y el padre responde: “eso mismo pensaba yo a tu edad”. Y hay pocas cosas increíblemente sorprendentes como descubrir que la rebeldía tiene antecedentes familiares.

Pero lejos de ser una tragedia, esa coincidencia es una señal de algo más sofisticado: horizontalidad. El padre deja de ser un reglamento ambulante o el villano ideológico de la temporada. Se convierte en un hombre con historia, contradicciones y —sorpresa— sentido del humor.

Y cuando el vínculo ya no está en riesgo por pensar distinto, el debate se vuelve hasta entretenido. Se puede disentir sin dramatizar. Se puede cuestionar sin levantar la voz.
Se puede escuchar sin preparar la contraofensiva mental mientras el otro habla. Eso no es poca cosa.

Crecer no significa dejar de cuestionar a los padres. Significa poder hacerlo sin convertir cada desacuerdo en una batalla existencial. Significa entender que las ideas pueden confrontarse sin que la relación se fracture.

Y en tiempos donde el debate público se parece cada vez más a un campo minado, descubrir que en casa se puede hablar con respeto —incluso con ironía, incluso con firmeza— es casi un acto revolucionario.

En un mundo donde cualquier desacuerdo en internet escala a guerra civil en tres comentarios, descubrir que en casa se puede debatir sin que tiemble la estructura familiar es un milagro de navidad adelantado.

Tal vez la verdadera señal de adultez no sea independizarse económicamente ni tener opinión política definida. Tal vez sea algo más sutil: poder sentarse frente al padre, hablar del mundo que ambos habitan, y saber que ninguno necesita imponerse para sentirse válido.

Cuando “porque lo digo yo” se transforma en “a ver, argumenta”, no solo cambia la conversación, cambia el nivel. De combate adolescente…

a sobremesa con análisis político y café recalentado. Y, sorprendentemente, nadie tiene que ganar para que la conversación valga la pena.

Y cuando discutir deja de ser deporte extremo y se convierte en diálogo, no solo evoluciona la comunicación, evoluciona el vínculo.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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