«El deseo de pintar o escribir bien, muchas veces atenta contra un mensaje oportuno; pero el deseo de pintar o escribir algo que merece ser pintado o escrito, muchas veces lucha contra la camisa de fuerza de la estética».
«El deseo de pintar o escribir bien, muchas veces atenta contra un mensaje oportuno; pero el deseo de pintar o escribir algo que merece ser pintado o escrito, muchas veces lucha contra la camisa de fuerza de la estética».

Un debate interminable en la Historia del Arte, es ¿qué es más importante: lo que tengo que decir o cómo lo digo? El creador siempre tiene dos maneras de abordar la obra. Primero, la perspectiva meramente material: el escritor escribe y el pintor pinta. Segundo, la perspectiva moral: el artista escribe o pinta sobre algo que considera ser escrito y pintado; muchas veces con miras a hacer de este mundo algo mejor. Pero en la orden de prioridad, muchas veces se pierde el norte o no necesariamente puede conciliar esta dicotomía.
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La cuestión problemática es que ambas fuerzas ejercen su poder y se intuye que buscan anular a la otra. El deseo de pintar o escribir bien, muchas veces atenta contra un mensaje oportuno; pero el deseo de pintar o escribir algo que merece ser pintado o escrito, muchas veces lucha contra la camisa de fuerza de la estética. En el primer caso, aparece un ejercicio técnico; en el segundo, un borrador. Por lo que, es necesario que exista un elemento aglutinante, pero permita la convivencia. Sin embargo, veamos qué sucede en el plano de la teoría de las artes y como ésta propone una solución.
La estética material libera a la pintura

Clement Greenberg escribe en 1940, para la revista Partisan Review, su icónico ensayo “Towards a Newer Laocoon” en el que defiende una tesis clave para la comprensión del arte del siglo XX. En él defiende que la pintura debe priorizar su independencia frente a la literatura, quien había marcado la pauta de los contenidos artísticos generales —la pintura y la escultura “imitaban” lo escrito en obras literarias. Según el teórico, esto dejaba en una posición sumisa a la pintura y, si lo vemos bajo un lente platónico, como una imitación peor que las propias artes escritas. Greenberg hace un llamado a los pintores a vindicar los elementos materiales de la pintura: la línea (dibujo), el color (pigmento), la textura de la pintura misma y la bidimensionalidad del plano.
Esta defensa de la pureza de estos elementos permitía la diferenciación y la demarcación de una frontera lógica entre la literatura y la pintura. En realidad, Greenberg, busca darle un matiz importante al Arte Abstracto y le da el rol más importante de la Historia del Arte: el primer movimiento meramente pictórico. El contenido, históricamente otorgado por la literatura, dejaría de ser prioritario. De esta manera, sin la necesidad de una historia (la figuración) que contar, la pintura arte con su pura estética, profunda e independiente, logró con el tiempo logró conectar con el público especializado.
La materia pura funcionó sin la necesidad de mostrar un contenido evidente y, en ese sentido, parece ser que la pintura se puede dar el lujo de ser puramente estética.
El arte sin contenido es una cáscara, nada más

Sin embargo, si argumentamos esto frente a San Agustín, habría una clara oposición. Greenberg no necesariamente escribe sobre la calidad per se de la obra; contrario a Agustín de Hipona quien critica férreamente en sus “Confesiones” la aspiración romana de preferir la manera de hablar que el contenido como tal. Una de las visiones estéticas más profundas del doctor de la Iglesia es considerar que el contenido es mucho más importante que el propio soporte.
Cuando se recuerda como un joven orador y retórico, recuerda que él no pudo encontrar a Dios, inicialmente, en la Biblia, por considerarla peor escrita que Cicerón. Extrapolando estas conclusiones al Arte entenderíamos que San Agustín prefiere que la obra tenga una razón específica de ser sin necesariamente ser importante cómo se transmite.
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Y, no es casualidad, que el Arte Sacro medieval comprenderá que no importa que una pintura no llegue a la verosimilitud, siempre y cuando al ser vista, la idea logra ser entendida. El pintor de románico no buscará que un Cristo Pantocrátor luzca fidedigno a un rostro humano, sino que el impacto de su presencia en un ábside cause un impacto real en el observador.
Sin embargo, estas obras aún resultan bellas; pero no por la fuerza de sus materiales puros, ni por la capacidad técnica y minuciosa de sus artistas, sino por la fuerza de su contenido. Y esto nos invita a pensar que, por encima de la estética y el continente, importa lo que se diga, provenga o no de la literatura.
La ética como punta de lanza
El pensamiento de San Agustín también trabaja desde el plano de lo moral. Desde su perspectiva neoplatónica y conformada desde el cristianismo, entiende que ese contenido debe ser bueno por la naturaleza buena de la naturaleza. Por lo que ahí mismo se encuentra una conciliación firme.
Si la estructura dialéctica del arte está compuesta de solo dos polos opuestos (estética vs. contenido) que ejercen la misma fuerza, tendremos una hélice inestable. Por lo que es necesario un tercer cuerpo teórico (a modo de síntesis) que concilie ambos términos antipódicos. Para estabilizarlo, por lo tanto, debemos considerar un triángulo teórico isósceles donde el tercer vértice debe ser la ética.
Esta posición conciliadora pasa por el rol del espectador. Un espectador activo observará con claridad tanto la estética material como el contenido moral. Y es aquí donde la ética forma un rol fundamental, pues lograría desprender del virtuosismo vacío (criticado por San Agustín) de la obra; así como del moralismo dependiente de hechos externos, ya sea literarios o plenamente figurativos (criticado por Greenberg).
En definitiva, las obras maestras siempre consiguen una estabilidad plena al transformar la belleza (continente) y el mensaje (contenido) en un compromiso genuino con un tercero, o sea el espectador. Este compromiso genuino de carácter ético, permite que la conexión vital entre la obra y el espectador sea la principal razón de su existir.
Por lo tanto, las obras que sopesan más cualquiera de estos tres vértices, siempre tenderán a ser olvidada, olvidable y silenciosa frente al público. No hay virtuosidad, material o moral que sobreviva al peso del juicio desinteresado del espectador activo.
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