Cada relato coloca bajo la lupa la vida de salvadoreños del siglo XXI cuyos comportamientos terminan siendo castigados por personajes provenientes de las antiguas leyendas cuscatlecas
Cada relato coloca bajo la lupa la vida de salvadoreños del siglo XXI cuyos comportamientos terminan siendo castigados por personajes provenientes de las antiguas leyendas cuscatlecas
“Mujer hermosa”, “Trapiches y travesuras”, “Demonios de un borracho”, “Mirada profunda”, “Belleza despojada” y “El ruido de las ruedas” son los títulos de las seis narraciones que Bruno Panzacchi reúne en su libro Leyendas de mi tierra, cuya primera edición fue publicada en marzo recién pasado con el apoyo de Editorial Kalina.
Cada relato coloca bajo la lupa la vida de salvadoreños del siglo XXI cuyos comportamientos terminan siendo castigados por personajes provenientes de las antiguas leyendas cuscatlecas. Se trata de figuras que las nuevas generaciones urbanas conocen cada vez menos, pero que, gracias a obras como la de Panzacchi, vuelven a hacerse presentes para recordarnos las advertencias, temores y lecciones de vida que nuestros antepasados entretejieron en historias de miedo, suspenso y ficción.
En el preludio del libro, el autor explica que las leyendas salvadoreñas han sido objeto de su interés desde hace muchos años, razón por la cual recorrió distintos lugares del país en busca de los relatos orales que aún sobreviven entre sus pobladores. Afirma que su intención al trasladarlos al papel no consiste únicamente en narrarlos, sino también en transmitir las experiencias de personas reales que aseguran haber vivido encuentros con esos personajes fantasmagóricos que, según la tradición popular, continúan habitando entre nosotros, atentos a sancionar conductas consideradas reprochables.
A pesar de su evidente contenido moralizante, Leyendas de mi tierra encaja mejor dentro de una reinterpretación contemporánea de las leyendas populares que dentro del género de la fábula. Las fábulas suelen ser breves, utilizan animales u objetos humanizados y concluyen con una moraleja explícita y racional. En cambio, en las narraciones de Panzacchi observamos la irrupción de seres míticos del folclore salvadoreño dentro de una atmósfera sobrenatural, profundamente anclada en la cultura popular y en las creencias colectivas. Aquí el castigo no proviene de una enseñanza lógica y directa, sino de un universo legendario cargado de misterio, temor y simbolismo.
Más bien, estos relatos evocan una tradición antiquísima: el uso de personajes legendarios como mecanismos de control social. Durante siglos, las leyendas sirvieron precisamente para eso: asustar a los infieles, corregir a los mujeriegos, castigar a los borrachos, advertir a los niños sobre los peligros de salir solos o reforzar normas comunitarias. En muchas sociedades, antes de la existencia de instituciones modernas de educación masiva, las narraciones populares funcionaban como vehículos para transmitir valores, límites y códigos de conducta.
Las leyendas, de hecho, acompañan a la humanidad desde tiempos remotos. Surgieron cuando los seres humanos comenzaron a contar historias oralmente para explicar fenómenos desconocidos, transmitir experiencias, conservar la memoria colectiva y expresar sus miedos, creencias y deseos. Todo ello ocurrió miles de años antes de la invención de la escritura. Aunque resulta imposible establecer una fecha exacta para su nacimiento, muchos estudiosos consideran que las leyendas existen desde la prehistoria. Antes de que hubiera libros, periódicos o escuelas, las comunidades compartían conocimientos y advertencias alrededor del fuego, durante los viajes, en ceremonias o reuniones familiares.
Más allá de estas consideraciones literarias y antropológicas, debo decir que las narraciones de Panzacchi resultan entretenidas y dinámicas. El autor logra reproducir con naturalidad los modismos, expresiones y costumbres contemporáneas de los salvadoreños, acercando las antiguas leyendas a escenarios plenamente actuales. Asimismo, introduce de manera sutil reflexiones sobre el deterioro ambiental en El Salvador, la destrucción de la flora y la fauna y las consecuencias de la tala indiscriminada y la contaminación de las fuentes hídricas.
Aunque el libro no está dirigido a lectores infantiles, merecen destacarse también las ilustraciones en tinta y aguada monocromática realizadas por Miguel Membreño, diseñador gráfico y dibujante desde su juventud. Sus imágenes acompañan eficazmente los relatos, reforzando la tensión, el terror y el dramatismo psicológico presentes en las historias de Panzacchi.
He disfrutado mucho “Leyendas de mi Tierra”, por lo que lo recomiendo a los que disfrutan de la lectura, esperando nuevas narraciones de su autor, prontamente. ¡Hasta el siguiente!
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