Cumbre Francia-África en Kenia: desafíos, perspectivas y ambigüedades políticas
La cumbre de Kenia forma parte de una estrategia de reequilibrio. Tras la retirada militar del Sahel y el auge de China, Rusia y los Estados del Golfo, París busca nuevos socios fiables en un continente que podría alcanzar los 2.000 millones de habitantes en 2050, de los cuales más del 80 % serán menores de 25 años, y que representa un mercado en rápida expansión
Mientras se celebra, del 10 al 12 de mayo, en Nairobi, Kenia, la cumbre “África Forward” (“África Adelante”), que reúne a una treintena de jefes de Estado del continente, entre ellos Emmanuel Macron y su homólogo William Ruto, muchos comienzan a evaluar la política africana de Francia bajo la presidencia de Emmanuel Macron, quien afronta su último año en el cargo desde su llegada al poder en 2017.
La cumbre, coorganizada por Kenia y Francia bajo el lema “Alianzas África-Francia para la Innovación y el Crecimiento”, se celebra por primera vez desde 1973 fuera de un país francófono del norte, oeste o centro de África. Cabe recordar que la República Democrática del Congo y Argelia son los países francófonos más poblados de esta zona lingüística. Durante décadas, esta región ha encarnado un vínculo especial entre Francia y esta parte de África.
Esta relación experimentó su primer gran cambio a partir de 1958, cuando estos Estados obtuvieron la independencia de Francia, justo cuando el general Charles de Gaulle regresaba al poder y establecía la Quinta República, rompiendo con la parálisis y la pérdida de influencia que habían marcado a la Cuarta República (1946-1958). La relación con África simbolizaba entonces un vínculo privilegiado, sustentado por un idioma compartido —el francés— y por alianzas de seguridad que adquirieron pleno sentido en el contexto del conflicto Este-Oeste entre Washington y Moscú. El colapso de la antigua URSS y del sistema bipolar en 1991 marcó un segundo punto de inflexión.
Los socios económicos se han diversificado: China se ha convertido en uno de los principales aliados comerciales del continente, generando grandes expectativas, aunque la realidad económica y las obligaciones financieras con Pekín, veinticinco años después, invitan a un enfoque mucho más prudente. Junto a China, Turquía, en el ámbito de las infraestructuras; Marruecos, en el de las inversiones financieras y sociales; y los Estados del Golfo, como los Emiratos Árabes Unidos, han impulsado la competencia económica y tecnológica en el continente.
Finalmente, desde la década de 2010, la relación con Francia ha sido reevaluada a la luz de la historia, pero también —y sobre todo— debido a los cambios políticos y a la diversificación de socios. La presencia francesa en el Sahel, a petición de las autoridades malienses a partir de enero de 2013, marcó un punto de inflexión. Para hacer frente a la presencia de movimientos islamistas como AQMI (Al Qaeda en el Magreb Islámico), Ansar Dine, Al Mourabitoune y Katiba Macina, Francia, junto con aliados africanos como Chad, Níger, Mauritania y Senegal, llevó a cabo la operación militar “Serval” (2013-2014), posteriormente transformada en “Barkhane” (2014-2022).
Con el paso de los años, la dimensión securitaria centrada en las fuerzas militares quedó eclipsada por la evolución política de los países afectados: golpes de Estado en Mali, Níger y Burkina Faso; cuestionamientos de las intervenciones francesas; y una retórica que asociaba la presencia de Francia en el Sahel con una supuesta “ocupación” y una “vocación neocolonial”. Tras su retirada en 2022, Francia se desvinculó de una región estratégica para el Sahel, África Occidental y Septentrional y, por extensión, para Europa.
Rusia ha sustituido parcialmente a Francia en Mali, así como en Burkina Faso, Níger y la República Centroafricana, sin impedir, no obstante, los recientes avances del movimiento islamista unificado JNIM (Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes), ni el asesinato del ministro de Defensa maliense.
Es este contexto continental el que moldea el desarrollo de la cumbre “África Adelante”, generando tanto esperanza como críticas, mientras Francia reconoce la diversidad de África y su potencial para el desarrollo económico y tecnológico.
El comercio francés con África asciende a 65.000 millones de euros. El comercio exterior total de Francia alcanza los 1,3 billones de euros. En otras palabras, el intercambio con el continente africano —que simboliza la frontera sur de Europa— es sólido, pero aún modesto. Necesita expandirse. Más de la mitad (55 %) se realiza con el norte de África (Marruecos, Argelia y Túnez) y Egipto. Francia comercia 4.000 millones de euros con los países del África subsahariana y apenas 1.000 millones con África Oriental, principalmente con Kenia.
África Central y Meridional —principalmente Sudáfrica— representan el 20 %. Resulta evidente que el fortalecimiento de los lazos económicos es fundamental: infraestructuras, telecomunicaciones, inteligencia artificial, agroalimentación, aviación y transición energética son sectores claramente identificados.
El foro empresarial “Inspire & Connect”, celebrado el 11 de mayo y organizado por Proparco (la agencia francesa de desarrollo), Bpifrance y Business France, ya ha dado lugar a la firma de once acuerdos bilaterales entre Kenia y Francia en ámbitos como transporte, agricultura sostenible, tecnología digital y energía. París impulsa un aumento de la inversión francesa en África y una estrategia de “coindustrialización”. Para Kenia, líder regional del llamado “Silicon Savannah”, el evento refuerza su influencia continental y su papel como centro neurálgico de África oriental y anglófona.
Para África en su conjunto, “Africa Forward” parece encarnar la tan anhelada capacidad de acción. La presencia masiva de jóvenes —450 emprendedores seleccionados— y de representantes de la sociedad civil, la creación de un pabellón de innovación el 10 de mayo y la anunciada adopción de la Declaración de Nairobi ilustran este impulso.
Diez años después de su discurso en Uagadugú, Burkina Faso, Emmanuel Macron reitera que la “era de la esfera de influencia francesa” en África Occidental, Septentrional y Central “ha terminado”. Algunos sostienen que esta afirmación pasa por alto el hecho de que los países francófonos han permitido a Francia proyectar numerosos mensajes globales y mantener una voz significativa en la ONU. Esta interpretación no es del todo errónea. Sin embargo, el presidente francés pretende dejar una nueva impronta en esta compleja relación y distanciarse de las situaciones cada vez más delicadas en el Sahel, que han arrastrado a Francia —debido a responsabilidades estratégicas compartidas— a conflictos prolongados y crecientemente incomprendidos.
La cumbre de Kenia forma parte de una estrategia de reequilibrio. Tras la retirada militar del Sahel y el auge de China, Rusia y los Estados del Golfo, París busca nuevos socios fiables en un continente que podría alcanzar los 2.000 millones de habitantes en 2050, de los cuales más del 80 % serán menores de 25 años, y que representa un mercado en rápida expansión.
Sin embargo, detrás de la retórica optimista y de las fotografías de apretones de manos, las limitaciones políticas son evidentes.
En primer lugar, el contexto geopolítico pesa considerablemente. La cumbre se celebra tras una serie de reveses franceses en Mali, Burkina Faso y Níger: expulsiones de tropas, cierre de bases y un aumento del sentimiento antifrancés, en ocasiones explotado por juntas militares. Para algunos observadores críticos, la iniciativa “África Adelante” parece más un ejercicio de renovación de imagen —cuando no una estrategia de marketing político— que una transformación profunda. París estaría girando hacia África oriental y el mundo angloparlante para compensar su pérdida de influencia en la zona francófona.
En segundo lugar, el historial de las cumbres África-Francia invita a la cautela. Durante décadas, las declaraciones de intenciones se han multiplicado, pero los resultados concretos han tardado en materializarse. Las promesas de alivio de deuda, transferencia tecnológica y comercio equitativo a menudo han quedado incumplidas.
La arquitectura financiera global, que el presidente keniano William Ruto busca reformar, sigue dominada por instituciones en las que África tiene una influencia limitada. Las inversiones francesas —aunque sustanciales— en infraestructuras y energía son a veces criticadas por su opacidad o por su limitado impacto local, especialmente en materia de subcontratación y creación de empleo cualificado.
El enfoque eminentemente económico de la cumbre, elogiado por el Palacio del Elíseo, es percibido por otros como una forma de evitar temas políticamente sensibles: derechos humanos, gobernanza democrática y justicia climática.
Entre su potencial y sus limitaciones, la cumbre “África Adelante” cristaliza las ambigüedades de las relaciones francoafricanas en 2026. Por un lado, refleja avances reales: diversificación de socios, prioridad de la economía y la innovación, y reconocimiento explícito de la capacidad de acción africana. Por otro, revela las dificultades de un reposicionamiento que todavía lucha por romper con antiguos patrones de dependencia e influencia.
Su éxito no se medirá por los discursos inaugurales ni siquiera por los acuerdos firmados, sino por su implementación concreta en los próximos meses, a medida que se acerca el final del mandato de Emmanuel Macron en mayo de 2027.
Politólogo francés y especialista en temas internacionales.