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Salvadorenus horribilis

Me parece absurdo que seamos un país donde defendamos a los perritos y los gatitos y los canarios, pero los sentimientos de los seres humanos salgan sobrando. Somos una sociedad tan vacía que vale más la intransigencia de nuestras opiniones, que la calidad humana hacia la tragedia del prójimo

No sé si es porque ya no se puede hablar de política, religión y futbol sin meterse en líos, o si es porque se han abandonado los libros, las clases de moral y las acciones que demuestran sensibilidad humana. No sé realmente. Lo que sí sé es que el país más seguro del mundo es tambien, probablemente, el que padece de más falta de empatía.


Desde hace bastante tiempo ya, los comentarios fuera de lugar, usualmente vertidos dentro de un contexto político, aparecen en todos lados. En este país siempre hay un omnisapiente que puede asegurar sin temor a equivocarse que la víctima de un choque iba «bola», que la madre que pide la libertad de su hijo «lo crió en malos pasos», que el médico que trató de salvar una vida insalvable «cometió mala práxis», que el negocio que cerro era por «mala administración» y la madre soltera que despidieron era «bochinchera».

Este salvadoreño, con dones casi mágicos es capaz de correctamente señalar las creencias, el partido político actual y pasado, la vida personal y las acciones diarias de los cinco mil novecientos millones de salvadoreños restantes. Y digo los cinco mil novecientos millones, porque parece es un grupo bastante extenso, o posee el don de la bilocación, o tiene una infinidad de perfiles en Facebook, porque el comentario no sólo se repite una vez sino infinidad de veces, cada una con ortografía más horrorizante. A estos conocedores de la vida de todos los califico como «salvadorenus horribilis.

«Es por ellos que las redes (todas, toditas) son un verdadero charco de lodo y odio escupido con una fuerza impresionante. Nadie se salva de su conocimiento y sus críticas. Pero, esta semana, se pasaron.


Un colegio del país sacó una esquela declarando tres días de luto. No dieron detalles, simplemente sacaron una esquela y mostraron solidaridad como comunidad educativa hacia los dolientes. Inmediatamente, los «salvadorenus horribilis» comenzaron a contarnos la «verdadera versión» en las redes sociales. Los comentarios eran totalmente fuera de orden, contexto.y realidad. Pero fueron tantos y tan repetitivos que el colegio tuvo que sacar otra nota pidiendo respeto para los dolientes. Siéntense un momento y piensen en eso: familias de luto, alumnos afectados y gente comentando lo que no sabía. ¿Dónde queda la sensibilidad humana? ¿Dónde queda la EMPATÍA?


Me parece absurdo que seamos un país donde defendamos a los perritos y los gatitos y los canarios, pero los sentimientos de los seres humanos salgan sobrando. Somos una sociedad tan vacía que vale más la intransigencia de nuestras opiniones, que la calidad humana hacia la tragedia del prójimo.


El caso del colegio y los niños es uno de los miles donde personas que han sufrido tragedias tienen que enfrentarse al linchamiento público de los seres queridos que han perdido, a la invasión de su privacidad o,como en este caso, incluso al ataque de las instituciones que los apoyan. En un país tan «pro vida» como el nuestro, un accidente es excusa para un tiktok dando todos los detalles (reales o inventados) de lo que pasó. El escándalo es lo que importa. Lo que los parientes sientan es secundario a las visualizaciones.


Las redes, parece, han evidenciado una triste realidad. Ya no somos aquel pueblo que llamó a una tregua cuando, en 1986, un terremoto destruyó la capital en medio de una guerra. Ya no somos aquel pueblo que hasta con las manos trataba de desenterrar a las víctimas de Las Colinas. Ya no somos aquel país que respeta a los adultos mayores y que se duele por la muerte de un niño. No. Eso ya no existe.
Podremos ser el país más seguro del mundo, pero, de seguir así, descubriremos que no somos más que una bomba de tiempo que va a estallar, porque una sociedad sin empatía es insostenible. Una sociedad con falta de empatía genera un odio que se transmite a través de generaciones y termina destruyendo el pilar básico de la sociedad: la familia. Quizás es tiempo de revisar si no somos uno de esos «salvadorenus horribilis» que simplemente comentan por comentar, sin pensar que, detrás de cada noticia trágica, hay vidas que la pérdida de un ser querido cambió para siempre.

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