Dicen que la infancia es un paraíso perdido. Mentira: la infancia es un zoológico con clases de ética opcionales y un jurado de espectadores apáticos. El bullying es el deporte nacional y todos tienen un papel, aunque nadie quiera aparecer en la foto.
Desde los ojos de quien lo sufre, el colegio funciona como un estadio sin salida. Un error, una camiseta fuera de moda, una voz que tiembla: suficiente para encender la maquinaria. Se convierte en espécimen de laboratorio: apodos que calculan la caída, rumores que corroen la reputación como ácido escolar.
Se ríen en la cara y luego anotan las lágrimas como si fueran puntos extra. Se aprende a moverse con la precisión de un espía: evitar pasillos, cambiar rutas, responder con monosílabos para no dar munición. Por fuera se practica la indiferencia; por dentro se reciclan humillaciones hasta convertirlas en un dolor estable. Cuando se pide ayuda, la respuesta frecuente es una lección de resiliencia desde la distancia tibia de quien jamás ha sudado humillación: “sé fuerte”. Gracias por la clase magistral, ahora a ensamblar la dignidad con instrucciones de Ikea.
Desde los ojos de quien agrede, el acoso es un espectáculo con público: se toca el botón y la sala aplaude. No es un monstruo sobrenatural; es un director de orquesta que calibra risas y mide límites inexistentes. La motivación es un cóctel de dominio, aburrimiento, inseguridad maquillada de poder y la perversa satisfacción de ver a otro doblarse.
El agresor convierte el daño en entretenimiento y el ranking social en trabajo. Siempre habrá excusas con ecos académicos: “era una broma”, “relájate”, “así es la escuela”. Traducido: “se disfruta del dolor ajeno y se lo llama tradición”. Su mayor logro es enseñar que la empatía es optativa.
Desde los ojos de quienes atestiguan pero no hacen nada, la escena parece una novela incómoda: solo cambian de canal. La masa silenciosa decide que intervenir implica esfuerzo, así que opta por la comodidad del anonimato moral. “No me meto” se repite como mantra, y con ese silencio se legitima la humillación. La hipocresía es elegante: en redes sociales se condena y en el patio se celebra la neutralidad como acto de prudencia.
Añádase a eso la comedia administrativa: protocolos que nacen con buena letra y mueren en archivadores polvorientos; campañas con eslóganes inspiradores. La burocracia escolar tiene una habilidad admirable para convertir urgencia en papelería y consecuencias en reuniones protocolarias donde se decide que la próxima vez —quizá— alguien hará algo.
Mientras tanto, los cursos de “convivencia” se imparten entre bostezos y PowerPoints, como si la empatía se pudiera instalar con diapositivas y un test de opción múltiple. Es grotesco el espectáculo: reglas que funcionan de cartón y evaluaciones que no penalizan la crueldad porque han aprendido a camuflarse como “humor”.
El bullying prospera porque es ecosistema. Necesita agresor, víctima y público. Sin ese tríptico perfecto, no habría función. Es teatro y matanza a la vez, con entradas gratuitas y palomitas de indiferencia. Lo más ácido es que, cuando alguien rompe la cadena, el sistema se asusta: prefiere el orden horrible a la incómoda justicia.
Si hay que reír, que sea de la absurdidad del entramado. Es absurdo construir jerarquías sobre la sangre emocional de otros. Es ridículo tolerar rituales de maltrato y luego sorprenderse por las personas quebradas que emergen. Es irónico que existan manuales de convivencia en hojas mientras la práctica cotidiana los desmiente en los pasillos.
Así que la receta real —nada poética pero efectiva— incluye educar con coraje: enseñar a identificar la broma que es veneno, enseñar a defender sin heroísmos ridículos, enseñar a convertir el silencio en intervención. Que los observadores sepan que mirar no es inocuo; es firmar con sangre la continuidad del abuso. Que las escuelas sustituyan la complacencia por responsabilidad concreta: protocolos visibles, consecuencias rápidas, apoyo real y sostenido para quien sufre. Y, sobre todo, que la comunidad deje de celebrar el status y empiece a valorar la decencia. Porque si el objetivo es sobrevivir a la infancia, también podría ser no salir de ella con los huesos rotos en el alma.
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021