Vivir en equilibrio es vivir evitando los excesos, o como dice el refrán: “ni muy muy, ni tan tan” con lo que hacemos: con la comida, la televisión, el teléfono inteligente, la diversión, el trabajo, el estrés… En todo lo que forma parte de nuestra vida cotidiana.
Otra forma de expresarlo, desde mi planteamiento: vivir en equilibrio, es vivir con sentido común. Todo en su justa medida, adecuado para cada persona.
El sentido común es un concepto sencillo. No requiere títulos, ni teorías complejas, ni grandes inversiones.
Y me pregunto, ¿por qué siendo así, es una de las prácticas más escasas en el comportamiento de las personas?
Aplicar el sentido común es hacer lo que conviene, de la manera más simple y más lógica. Es cuidar la salud antes de enfermar. Es llegar a tiempo porque se planificó salir antes. Es comer lo que alimenta, no solo lo que gusta. Es decir lo necesario, no todo lo que se piensa. Es hacer hoy lo que sabemos que mañana será urgente.
Y aun así, muchas personas viven en contra de ese sentido común. Se desvelan sabiendo que deben madrugar. Gastan más de lo que ingresan. Descuidan relaciones importantes por atender lo urgente. Compran lo que no necesitan y dejan de invertir en lo que sí importa. Saben lo que deben hacer, pero no lo hacen
Es una gran paradoja: ¡saber no es suficiente! pues el sentido común no es conocimientos es conducta.
Por eso, muchas personas pueden explicar perfectamente cómo llevar una vida ordenada, saludable y productiva… pero su realidad es otra. Viven atrapadas entre lo que saben y lo que no hacen. Y esa brecha es una clara falta de hábitos.
Porque vivir en equilibrio, o vivir con sentido común, es vivir con buenos hábitos. La puntualidad no es un valor teórico, es un hábito. El orden no es una intención, es una práctica diaria. La prevención no es una idea, es una disciplina constante. La calidad no es un discurso, es una forma de actuar.
En la empresa ocurre parecido. Una empresa sin sentido común es fácil de identificar: procesos complicados, decisiones tardías, reuniones innecesarias, errores repetitivos, clientes insatisfechos.
En cambio, una empresa que vive con sentido común simplifica, previene, mide, mejora, avanza y progresa.
De ahí, la gestión empresarial con sentido común tiene un papel clave. Transforma creando hábitos desde la dirección y la gerencia. Cuando llegan puntuales, enseñan puntualidad. Cuando hablan con datos, enseñan a pensar con datos. Cuando escuchan, enseñan a respetar. Cuando actúan con coherencia, construyen cultura.
Y lo más importante: lo hacen sin discursos largos… lo hacen con el buen ejemplo.
Porque las personas aprenden más por lo que ven que por lo que oyen.
Vivir con sentido común también implica algo que frecuentemente olvidamos: detenerse a pensar. En un mundo acelerado, donde todo es urgente, parar parece una pérdida de tiempo. Pero es justo lo contrario.
Detenerse, como en el tiempo muerto en el basquetbol, permite ordenar las ideas, organizar las acciones y encontrar espacio para atender el trabajo, la familia y el propio cuerpo y espíritu.
Sin equilibrio y sin sentido común, se avanza… pero avanzar no es suficiente. Siempre es mejor avanzar en la dirección correcta. Y una vida sin dirección, por muy activa que sea, no es una vida con sentido común.
Al final, no se trata de hacer más, sino de gestionar mejor… Gestionar mejor, lo propio, mejor la familia, mejor el entorno y mejor la empresa.
Tampoco es complicar, sino más bien simplificar. No es saber mucho, sino de aplicar, lo básico todos los días.
Porque vivir en equilibrio y con sentido común no es un acto extraordinario. Es una decisión diaria. Y como toda decisión diaria, se convierte en hábito y el conjunto de hábitos de cada uno termina definiendo su vida.
Ingeniero
Todo es más fácil y más sencillo con sentido común