El investigador y gestor cultural Dylan Magaña propone un resguardo de la memoria donde la participación ciudadana y el registro de lo cotidiano son vitales para resistir ante la gentrificación y el olvido institucional
El investigador y gestor cultural Dylan Magaña propone un resguardo de la memoria donde la participación ciudadana y el registro de lo cotidiano son vitales para resistir ante la gentrificación y el olvido institucional

El Centro Histórico de San Salvador no es solo un conjunto de fachadas de lámina troquelada o plazas recién iluminadas; es, ante todo, un organismo vivo que respira a través de su gente.
En una reciente entrevista con Radio YSUCA, el investigador cultural y artista visual, Dylan Magaña, compartió su visión sobre la urgencia de documentar y proteger la memoria colectiva de la capital, un tejido que hoy se enfrenta a transformaciones radicales que amenazan con desdibujar su identidad originaria.
Para Magaña, el trabajo de rescate que inició entre 2016 y 2017 no nació de un interés meramente académico, sino de una carencia personal y social: el desconocimiento de su propia ciudad y la falta de archivos accesibles sobre el patrimonio arquitectónico, gráfico y social del corazón capitalino.
Desde entonces, se ha dedicado a recolectar objetos, relatos e imágenes que funcionan como una «credencial» de resistencia frente al paso del tiempo y las políticas de turno.

Uno de los puntos centrales de la reflexión de Magaña es que la memoria del centro es multidimensional. No se limita a los grandes nombres de la arquitectura como Ernesto de Sola o Armando Sol, sino que se extiende a lo que él denomina «memoria perceptual».
-Los colores del pasado. Magaña recuerda un centro de «todos los verdes posibles», capas de color que aún laten debajo del gris contemporáneo.
-Lo intangible y cotidiano. La memoria reside en el lenguaje de las instalaciones improvisadas, el diseño de las baldosas, los hidrantes, las tapas de registro y los árboles que las familias consideran valiosos.
-La herencia literaria. El centro también se construye desde la plástica y las letras de figuras como Roque Dalton, José Roberto Cea o las crónicas del terremoto de 1917.
«La ciudad es, fundamentalmente, su gente», afirma Magaña. Por ello, el resguardo de lo intangible se logra únicamente escuchando a las familias y recolectando testimonios de quienes habitan los barrios originarios. Documentando de forma profesional.

La entrevista abordó con franqueza los cambios ocurridos desde 2019. Si bien la «revitalización» ha traído luces y nuevas dinámicas turísticas, Magaña advierte sobre un despojo de la naturaleza del centro. La transformación hacia un «microcentro» gentrificado genera una pérdida de vínculos y debilita el sentido de pertenencia.
Cuando los residentes originarios se marchan, la sociedad pierde su «acta de nacimiento». Magaña señala que el comercio popular y los oficios específicos —como las vidrierías en Candelaria o las fotocopiadoras en Santa Lucía— son los que otorgan identidad a cada uno de los siete barrios históricos.
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Sin embargo, la tendencia actual es hacia lo homogéneo: cadenas comerciales que podrían estar en cualquier otro punto de la capital, como San Benito o la Escalón, pero que ahora ocupan el «laboratorio» del centro.
UN ARTE DE RESISTENCIA
Un hallazgo esperanzador en la labor de Magaña es el creciente interés de la juventud. Contrario a lo que se podría pensar, la mayoría de las personas que asisten a sus recorridos son jóvenes menores de 25 años.

Estos jóvenes, aunque no tengan vínculos biográficos profundos con el centro antiguo, están creando un «arte de resistencia». A través de la fotografía, las ilustraciones y el fenómeno del ‘fanzine’, están narrando historias de calles y espacios que sienten que les están siendo arrebatados. Para ellos, el centro no es nostalgia, sino un espacio para habitar y resignificar desde la creatividad.
¿Cómo debería protegerse la memoria del centro de forma integral? Magaña es enfático: integrando a los habitantes. Una política pública efectiva no debe imponerse desde la burocracia, sino consultar las necesidades de quienes viven en los mesones, los cuales representan el patrimonio arquitectónico tangible más antiguo y vivo de la ciudad.
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El investigador critica la «improvisación» en intervenciones recientes, como el pintado de iglesias históricas que rompen con su pureza arquitectónica o la sustitución de materiales centenarios por porcelanato moderno en edificios emblemáticos.
Según Magaña, cada municipalidad intenta dejar su marca personal cada cinco años, rompiendo la continuidad de los proyectos y forzando a la gente a adaptarse a nuevas reglas y vecinos constantemente.

EL REGISTRO COMO ACTO DE FE
Para Dylan Magaña, documentar lo «aturístico» y lo no emblemático es una forma de decir que esas historias cuentan. Su proyecto, que puede seguirse en redes bajo el nombre de Pez Barroco, busca crear un fondo de fotografía arquitectónica que sirva como testimonio de una «ciudad perdida» y despojada.
La invitación final es clara: la memoria colectiva debe seguirse construyendo como un tejido. Se requiere que más personas se animen a presentar sus archivos y proyectos, convenciendo a los habitantes de que su vida cotidiana y sus hogares tienen un valor incalculable.
En un San Salvador que cambia a ritmo de luces LED y desalojos, el recuerdo compartido y el registro documental son las herramientas más poderosas para que el corazón de la ciudad no deje de latir bajo su propia identidad.
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