En tiempos de confusión moral, la neutralidad suele presentarse como virtud. Se nos dice que no conviene mezclar la fe con la política, que la iglesia debe limitarse a lo espiritual y que los pastores deben consolar conciencias, no incomodar al poder. Pero la vida de Dietrich Bonhoeffer, sigue recordándonos una verdad inquietante: hay momentos en la historia en que callar no es prudencia, sino infidelidad.
Bonhoeffer no fue un agitador político, fue, antes que nada, un pastor, un teólogo, un hombre de iglesia. Su vocación no era la conspiración, sino el evangelio. Sin embargo, le tocó vivir en una época en la que el poder político se convirtió en una maquinaria de mentira, injusticia y muerte. Fue entonces cuando entendió que la fidelidad cristiana no podía reducirse a predicar sermones correctos mientras el prójimo era aplastado.
Ese es, quizá, el punto más perturbador y más actual de su legado. Bonhoeffer comprendió que la fe no puede convertirse en refugio para evitar la responsabilidad histórica. La Iglesia no está llamada solo a consolar a los heridos, sino también a preguntar quién los hiere. No está llamada únicamente a recoger a las víctimas al borde del camino, sino también a examinar la estructura que las produce. Y cuando esa estructura se vuelve criminal, la conciencia cristiana ya no puede esconderse detrás de frases piadosas.
Su camino hacia la resistencia no fue impulsivo. Primero resistió desde la iglesia. Denunció la manipulación del cristianismo y defendió la soberanía de Cristo frente a la idolatría hacia el Führer. Advirtió que una iglesia sometida al poder deja de ser iglesia en sentido pleno. Pero llegó un momento en que la sola protesta eclesial ya no bastaba. Allí apareció el dilema que vuelve a Bonhoeffer tan importante para nuestro tiempo. ¿Qué debe hacer un pastor cuando la injusticia ya no es una excepción, sino el día a día? Bonhoeffer entendió que la responsabilidad cristiana no siempre consiste en conservar intacta la propia pureza moral. A veces consiste en actuar por el bien del otro, aun cuando esa acción suponga riesgo, conflicto y dolor de conciencia.
Bonhoeffer nunca convirtió su participación en la resistencia en un gesto heroico para adornar su propia imagen. La asumió como carga. Sabía que las decisiones extremas no producen tranquilidad de conciencia. Sabía que en un mundo quebrado la obediencia a Dios no siempre pasa por caminos serenos. Y, sin embargo, también sabía que la pasividad ante el mal tiene un costo moral enorme, aunque se disfrace de equilibrio o moderación.
Por eso su testimonio resulta tan necesario hoy. Vivimos en sociedades donde con frecuencia se presiona a la iglesia para que sea irrelevante en lo público, o para que hable solo en un lenguaje inofensivo que nunca toque la raíz de las injusticias. Se aplaude al pastor mientras permanezca en el terreno de lo privado, de lo decorativo. Pero en cuanto la fe se atreve a nombrar la mentira, el abuso, la corrupción, la humillación del débil o la idolatría del poder, entonces comienzan las acusaciones: que la iglesia se está politizando, que el pastor se salió de su papel, que la religión no debe meterse en esos asuntos.
Bonhoeffer responde que la verdadera pregunta no es si la fe debe entrar en la historia, sino de qué lado estará cuando la historia exija definición. Porque hay horas en las que no hablar favorece al opresor. Cuando la verdad se vuelve frágil y la propaganda se vuelve agresiva, la figura de Bonhoeffer merece ser releída con seriedad. No para copiar mecánicamente sus decisiones, sino para recuperar su pregunta central: ¿qué exige Dios de nosotros cuando el mal deja de ser un accidente y se convierte en práctica?
Bonhoeffer no dejó de ser pastor cuando entró en la resistencia. Más bien mostró que hay circunstancias en que ser pastor exige precisamente no bendecir el silencio. Exige ponerse del lado de la verdad, del lado del prójimo, del lado de la dignidad humana. Cueste lo que cueste. Porque la fe que nunca incomoda al poder termina, tarde o temprano, sirviendo al poder. Y la Iglesia que renuncia a su responsabilidad moral podrá conservar tranquilidad, pero habrá perdido su voz.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.