A diferencia de los memoriales de hombres notables de la historia, la tumba de Jesús está vacía. Un recorrido nos llevó al lugar donde Cristo vivió, fue escarnecido y ejecutado y, como dicen los evangelios, resucitó al tercer día.
A diferencia de los memoriales de hombres notables de la historia, la tumba de Jesús está vacía. Un recorrido nos llevó al lugar donde Cristo vivió, fue escarnecido y ejecutado y, como dicen los evangelios, resucitó al tercer día.

La tumba con los restos de Buda está en China; la de Mahoma, en Medina, Arabia; la de los patriarcas hebreos, en Cisjordania, Palestina; la de san Pedro, el primer papa, en el Vaticano; la de Cristo, en Jerusalén. Pero, a diferencia de las demás, esta última está vacía. Sin embargo, es el punto de encuentro de millones de cristianos y no cristianos que la visitan cada año en Jerusalén, la ciudad más sagrada para las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islam.
El templo bimilenario fue el centro de una controversia mundial el domingoa anterior porque autoridades israelíes prohibieron al Patriarca Latino (máximo prelado de la Iglesia Católica Romana), cardenal Pierbattista Pizzaballa, celebrar la misa del Domingo de Ramos por «razones de seguridad», algo que no había ocurrido en siglos. El Gobierno israelí permitió la apertura irrestricta del sitio sagrado posteriormente.

Con días calurosos como en San Miguel y frías noches como en El Pital, un peregrinaje en tiempo de paz me llevó a la estación de autobuses de la Ciudad Vieja, desde donde se puede observar una fortaleza gótica de colosales murallas que protegen la antigua urbe. Al entrar, aquello parece más bien el Mercado Central de San Salvador: un hormiguero con cientos de marchantes que pululan entre puestos de venta de pitas (pan árabe) con carne de cordero, ropa, celulares y accesorios. Parece cualquier cosa menos la urbe santa en la que vivió y murió Cristo, pero que también ha sido escenario de sangrientas conflagraciones desde tiempos inmemoriales.

Conquistadores han llegado a destruirla a sangre y fuego, como Tito con sus disciplinadas y brutales legiones en el año 70 de nuestra era, tras lo cual los romanos incluso le cambiaron el nombre a Aelia Capitolina y pretendieron desterrar sus recuerdos, tradiciones y arquitectura.
Superada esa etapa, 300 años después el emperador Constantino y su madre, Santa Elena, restauraron los santos lugares del cristianismo, entre ellos la Basílica de la Natividad y el Santo Sepulcro.

La empedrada ruta de ingreso a la Ciudad Vieja, por donde caminan hombres con largos mantos árabes y mujeres con sus tapados típicos, conecta con la Vía Dolorosa, por la que caminó Cristo con la cruz a cuestas. Allí, sendas capillas marcan las catorce estaciones, comenzando por la «Litóstrotos», donde Jesús fue condenado, también llamada Iglesia de la Condenación.

Los peregrinos se internan por los pasajes con locales comerciales a los lados hasta llegar a la basílica del Santo Sepulcro, también llamada de la Anastasis o Resurrección.

En ese lugar, la tradición enseña que estuvo el Gólgota y, “cerca”, el sepulcro que cedió José de Arimatea para depositar el cuerpo exangüe del Mesías.
Se trata de una monumental basílica fundada por Santa Elena donde, según la tradición, se encontró la cruz de Cristo. Al no más entrar el primer lugar de veneración principal y más icónico al entrar es la Piedra de la Unción, una losa de mármol que marca el lugar donde, según la tradición cristiana, el cuerpo de Jesús fue preparado y ungido antes de ser sepultado.

En seguida hay una pequeña cámara mortuoria, llamada Edículo («casita»), donde fue depositado el cuerpo exangüe y yacente de Jesús.

El Edículo está alumbrado solo por la mortecina luz de velas frente a un pequeño altar ante el cual oran brevemente los peregrinos que van pasando a rezar por turnos.

Vida y muerte, brevedad y eternidad, paz y bien se mezclan de forma indescriptible en ese momento: un sentimiento suprahumano y una tranquilidad infinita.

Como dijo el ángel a las mujeres en aquella incierta mañana del tercer día: «Jesús, el crucificado, no está aquí». Pero, más de dos mil años después, por ese misterio podemos experimentar así la esperanza en una vida mejor…

El patriarca latino de Jerusalén y máxima autoridad para los católicos en Tierra Santa, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, presidió este Viernes Santo la liturgia de la Pasión de Cristo en la Basílica del Santo Sepulcro, después de que Israel restringiera su acceso el pasado Domingo de Ramos.

Según un comunicado del Patriarcado, la misa se celebró por la mañana en el Calvario, la parte situada a la derecha del altar dentro de la basílica.
Ayer, Jueves Santo, Pizzaballa ofició también en esta basílica la misa de la Cena del Señor, que incluyó el antiguo rito del lavatorio de pies y una procesión alrededor del Sepulcro.
Por las restricciones al número de personas que pueden congregarse como consecuencia de la guerra con Irán, la misa estuvo limitada al patriarca y cuatro religiosos, además de los frailes que residen en el complejo del Santo Sepulcro, detalló el Patriarcado.

El pasado domingo, la Policía israelí no permitió a Pizzaballa entrar en el Santo Sepulcro, donde iba a oficiar una bendición y misa por el Domingo de Ramos sin público.
Las restricciones por seguridad limitan el aforo a grupos de máximo 50 personas, debido al conflicto con Irán, siempre que haya cerca un refugio o búnker (inexistentes en Jerusalén Este ocupado).

La consternación internacional fue inmediata, con líderes europeos en Italia, Francia, Hungría, España o Portugal condenando la medida adoptada por el Gobierno israelí, pero también el propio embajador de EE.UU. en Israel, Mike Huckabee, que señaló que con el rezo judío las autoridades israelíes no estaban siendo igual de restrictivas.

«Las iglesias, sinagogas y mezquitas de Jerusalén cumplen con la restricción de 50 personas o menos. Resulta difícil comprender o justificar que se le impida al patriarca entrar a la iglesia el Domingo de Ramos para una ceremonia privada», dijo Huckabee en X, después de argumentar que los cuatro representantes que le acompañaban «estaban muy por debajo» del límite de 50 personas.
Horas después, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, reculó y dijo en otro comunicado que Pizzaballa podía «celebrar servicios religiosos según desee» esta Semana Santa.
«He dado instrucciones a las autoridades competentes para que se le conceda al cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino, acceso pleno e inmediato a la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén», dijo en X, tras haber justificado antes su veto a la basílica por motivos de «seguridad».
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