La delincuencia, señala el presidente colombiano Gustavo Petro, no se debe combatir con cárceles y menos con torturas, sino ofreciendo oportunidades a las personas que podrían caer en delitos, para aprender oficios, abrir cupos en colegios y universidades y entrenarlas en menesteres que les permitan mantenerse por sí solas, como dependientes, empleados de hogar, mecánicos o pequeños agricultores.
Las opciones son múltiples. Además, a medida que se ponen al alcance de jóvenes que en otras circunstancias caerían en delitos, surgen más y más posibilidades, ya que cada nueva ocupación genera, por así decirlo, “su clientela”: un cocinero que se especializa en elaborar pasteles o cierta clase de comidas pronto tendrá necesidad de ayudantes, quienes a su vez, en algún momento, alzarán vuelo por su cuenta. El contraste con el encarcelamiento es obvio: las cárceles son escuelas del crimen; quienes llegan como malos y logran salir, salen peores.
Se cuenta que hace unos años, en un país europeo, funcionó una especie de escuela para rateros: un muñeco colgado con muchos cascabeles; el aprendiz tenía que sacar de uno de sus bolsillos la billetera sin que sonara ninguno.
Esto trae a cuento la idea que tuvieron unos ratones de ponerle un cascabel al gato, confrontando la obvia interrogante de quién iba a colocarlo.
Según el periódico colombiano El Tiempo, Petro advirtió que el modelo salvadoreño corre el riesgo de mantener en prisión a miles de ciudadanos inocentes, una situación que, a su juicio, desvirtúa la efectividad real de las políticas punitivas frente a fenómenos como las pandillas o el crimen organizado.
De hecho, el gobierno salvadoreño ya reconoció que tuvo en prisión a 8,000 personas que no habían cometido ningún delito, pero fueron capturadas en redadas indiscriminadas bajo el régimen de excepción o estadio de sitio que suspende derechos constitucionales y judiciales de los ciudadanos.
Para el jefe de Estado, según el rotativo, la solución definitiva a la inseguridad no reside en la construcción de megacárceles o en el castigo severo por sí solo, sino en una transformación social que elimine las causas estructurales del delito. «Con este mensaje, el Gobierno busca distanciarse de las corrientes de «mano dura» que ganan terreno en la región, apostando por un modelo que, aunque cuestionado por sectores de la oposición, promete no sacrificar los derechos fundamentales en el altar de la seguridad», dice El Tiempo.
Colombia tiene los recursos necesarios para que los pobladores de las llamadas “villas miseria” puedan reconstruir sus casas si el gobierno les suministra los materiales, lo que a su vez generaría nuevas oportunidades de empleo para otros colombianos. A ello podría sumarse el control de los hipopótamos que el narcotraficante Pablo Escobar tuvo en su “zoológico privado” y que escaparon al derrumbarse ese imperio de la droga.
Una curiosa característica de los narcotraficantes es tener su propio “zoológico”, como fue el caso hace unos años de un narco en nuestro suelo.
Hay mucho por hacer para enfrentar la criminalidad
Por desgracia, Colombia no ha logrado erradicar el crimen; día a día muchas personas desaparecen sin dejar rastro, lo cual es una tragedia, pero nunca en las dimensiones que actualmente se sufren en México, donde las luchas entre pandillas son cada vez más cruentas.
Lo más escalofriante es que las distintas mafias de la droga hacen una especie de competencias “olímpicas”, pactándose, según se informa, una especie de tregua entre ellas con una regla macabra: los “atletas” que compiten son liberados si ganan y asesinados si pierden.
En tales circunstancias se llevaría a cabo el campeonato de fútbol.