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Donde el silencio termina

Dolores Huerta lo ha dicho muy claro ahora, en el umbral de su existencia casi centenaria: «Mi silencio termina aquí».

La noticia causó verdadera conmoción. El reportaje lo publicó el New York Times, un trabajo de investigación en el que los reporteros Manny Fernández y Sarah Hurtes destapan años de presuntos abusos sexuales a mujeres, algunas de ellas eran menores cuando sucedieron los hechos, cometidos por el líder sindical mexicoamericano César Chávez. Una de las víctimas era Dolores Huerta, la otra gran figura que luchó junto a él para mejorar las condiciones de vida de los jornaleros en los campos de cultivo en California.

Chávez ha sido un símbolo de la batalla que se libró en la década de los sesenta por avanzar en los derechos civiles en un país donde negros e inmigrantes, muchos provenientes de México, sufrían discriminación. Cuando se habla de él, se le equipara a figuras de la talla de Martin Luther King. El sindicalista latino murió repentinamente a los sesenta y seis años y desde entonces ha sido reconocido por su labor, dedicándole calles, estatuas y hasta medallas presidenciales póstumas. Después de la publicación del reportaje, fundamentado en diversas entrevistas con mujeres que accedieron a hablar después de tantos años, se ha procedido a quitar cualquier distinción a su persona. Los miembros actuales del United Farm Workers, con sede en la localidad californiana de Keene, se enfrentan a una revisión profunda acerca de la biografía de su fundador, manchada por las graves acusaciones que pesan sobre él.

Son varias las mujeres que han revelado al NYT que, siendo adolescentes de 12 o 13 años, en algún momento Chávez se aprovechó de su popularidad y magnetismo para acercarse a ellas en mítines o actividades organizativas, en las que sus propios padres participaban, con el fin de abusar de ellas sexualmente. Por los relatos compilados, el activista las deslumbraba y, en su propio despacho o en moteles cuando se hacían viajes de trabajo, las acorralaba. Después, las hacía jurar que no contarían nada a nadie. El comportamiento que estas mujeres describen es clásico en el manual de los depredadores sexuales, trasladando a sus víctimas la culpa o complicidad de lo sucedido.

El caso de Huerta es aún más chocante. A sus casi 96 años, ha revelado un secreto que guardó durante décadas: en dos ocasiones, la primera en 1960, cuando tenía 19 años, Chávez abusó sexualmente de ella en actos que, según le dijo al NYT, acabaron en violaciones. De esos dos encuentros forzados, la legendaria dirigente sindical quedó embarazada y en ambas ocasiones disimuló las gestaciones para luego entregar los bebés a familias que los acogieron. La prioridad era no causar un escándalo que dañara la imagen del movimiento sindical y de su dirigente. Chávez era un hombre casado y con hijos, lo que no le impidió llevar una doble vida que, de acuerdo a personas allegadas que a lo largo de los años han hablado, aunque veladamente, muchos conocían, pero prefirieron callar.

Dolores Huerta lo ha dicho muy claro ahora, en el umbral de su existencia casi centenaria: «Mi silencio termina aquí». Ya no tiene nada que perder y se solidariza con esas otras mujeres que al fin han hablado. Además, Huerta ha relatado que fue víctima del machismo sistémico que Chávez y otros hombres del entorno del sindicalismo ejercían sobre las mujeres. Ellas eran indispensables para el trabajo de logística, organización y apoyo a sus compañeros de causa, pero eran tratadas con desdén y recibían órdenes a gritos o con palabras groseras. Hoy, Huerta lo resume así: «Nos veían como objetos sexuales». Y Chávez no solo no tuvo el menor reparo en ser abusivo con ellas, sino que con Huerta fue más severo, quizá, reflexiona ella, porque no quería que le hiciera sombra. Como buen macho, se reservaba el pedestal.

Este lado tan oscuro que ahora sale a la luz, no es el primero ni será el último de la larga lista de hombres poderosos y con prestigio cuyos pies son de barro. Los escándalos estallan en el mundo empresarial, artístico, académico o político. También en los medios de comunicación, desde los despachos de gerentes a presentadores con sueldos millonarios. Y mucho de lo que se acaba sabiendo solo es la punta de un iceberg en cuyo fondo dormitan otros casos de abuso sexual que nunca salen a flote por miedo a las represalias. El movimiento Me Too –cuyos detractores meten en ese saco tan oportuno de lo «woke»– no tiene fecha de caducidad porque la cantera de victimarios es infinita y recorre el pasado hasta el presente.

Con los testimonios de Dolores Huerta y las otras mujeres que se han atrevido a dar el paso, la reputación de César Chávez termina aquí. [©FIRMAS PRESS]

*Twitter: ginamontaner

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