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Volviendo a lo básico

Todo tiene ventajas y desventajas. Sin embargo, en formación, la modalidad presencial ofrece algo difícil de sustituir: la experiencia humana. Compartir, intercambiar ideas, participar en casos reales y conocer nuevas personas añade un valor que va más allá del contenido.

Hace unas semanas, en uno de los artículos de opinión de El Diario de Hoy, se abordó el tema de “la vuelta al papel”, es decir, regresar a la lectura en formato impreso. Es cierto que en las pantallas se puede leer más rápido, pero también se ha comprobado que esa lectura suele ser más superficial. Además, la intensidad del brillo puede afectar la visión a largo plazo, especialmente en condiciones de poca luz.

Este fenómeno comenzó a estudiarse con mayor profundidad en Suecia, donde especialistas en educación detectaron que a niños y jóvenes les costaba cada vez más leer en papel. La razón principal era su dependencia de las pantallas. Incluso se observó que muchos tenían dificultades para pronunciar correctamente las palabras.

Aprender a leer no es solo reconocer símbolos visuales; también implica desarrollar la capacidad de hablar y pronunciar adecuadamente. Cuando leemos en silencio de forma constante, el cerebro reduce el proceso de transformar lo visual en sonido. Esa conexión entre lo que vemos y lo que pronunciamos se debilita, afectando la expresión oral.

Algo similar ocurre con la formación online frente a la presencial. La experiencia demuestra que el aprendizaje es más efectivo cuando existe interacción directa entre el expositor y los participantes. No se trata solo de ver y escuchar, sino de conectar.

El lenguaje corporal, la entonación, las pausas y la interacción directa generan una comprensión más profunda. La participación activa, las preguntas en tiempo real y las explicaciones adaptadas al grupo hacen que el aprendizaje sea más dinámico y significativo.

En lo que sí estoy de acuerdo —y que incluso promuevo— es en innovar para que asistir a un seminario presencial no se convierta en una carga dentro de la rutina diaria.

Esta semana participé en una reunión para desarrollar una propuesta de promoción digital. Podíamos haberla hecho en línea, pero decidimos realizarla de forma presencial. El resultado fue distinto: hubo interacción real, preguntas, respuestas e intercambio de ideas. Se generó aprendizaje en ambas direcciones.

También me comentaba una persona que ha participado en varios seminarios online que, además del cansancio visual, las constantes distracciones del teléfono afectan su concentración. Incluso mencionó molestias físicas, como tensión en el cuello.

Todo tiene ventajas y desventajas. Sin embargo, en formación, la modalidad presencial ofrece algo difícil de sustituir: la experiencia humana. Compartir, intercambiar ideas, participar en casos reales y conocer nuevas personas añade un valor que va más allá del contenido. La formación online informa; la formación presencial transforma. Aprender desde casa es cómodo, pero aprender en vivo es poderoso. Las pantallas transmiten conceptos, pero la experiencia presencial forma criterio y liderazgo.

La comunicación cara a cara permite profundizar de inmediato, interpretar mejor los mensajes y generar confianza profesional. El conocimiento fluye mejor cuando las personas están presentes, porque hay mayor concentración y menos distracciones.

En un entorno presencial, el participante se involucra al cien por ciento. Se crea un ambiente de compromiso que favorece resultados reales. Además, el contacto directo amplía el círculo profesional: cada seminario es también una oportunidad para generar relaciones que impulsan negocios.

El aprendizaje se vuelve práctico y vivencial. Se analizan casos, se contrastan puntos de vista y se recibe retroalimentación inmediata. No se trata solo de escuchar ideas, sino de aprender a aplicarlas.

Personalmente, recuerdo mejor los temas que estudié en libros y periódicos en papel que en sus versiones digitales. Según los neurólogos, las imágenes en papel impactan más que en las pantallas.

Un gerente de una empresa debería prever entre 30 y 36 horas mensuales para mantenerse actualizado: 50 % para aprender, 30 % para aplicar y 20 % para enseñar. Y desde ya le digo que tendrá mejores resultados si la formación la recibe y la transmite en modalidad presencial.

Todo es más fácil y más sencillo con sentido común

Ingeniero
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