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Vientos de guerra

Los vientos de guerra ya soplan. La pregunta es si volveremos a cerrar las ventanas creyendo que así podremos detenerlos

Doctor Danilo Arévalo, tesorero del Colegio Médico de El Salvador

Jim amaba los aviones. Ese fue, quizá, su primer error: confundir la belleza de una máquina con la bondad de quien la conduce.

En El imperio del sol, Steven Spielberg coloca a un niño británico en medio de una contradicción brutal. Jim vive en el Shanghái de 1941, rodeado de sirvientes, automóviles y cenas elegantes, mientras la guerra se aproxima. Puede verla, pero no comprenderla. Desde la comodidad, hasta el peligro parece parte del paisaje.

Luego la burbuja estalla.

Separado de sus padres y recluido en un campo de internamiento japonés, Jim aprende que la guerra no tiene banda sonora, héroes impecables ni finales ordenados. Tiene hambre, miedo, enfermedad y personas haciendo cualquier cosa para sobrevivir. No estaba preparado para semejante infierno. ¿Quién podría estarlo?

Tal vez nosotros tampoco.

Durante años hemos escuchado hablar de una tercera guerra mundial con la indiferencia reservada para las profecías repetidas. Rusia y Ucrania continúan destruyéndose, mientras la guerra contra Irán ha colocado al estrecho de Ormuz, una de las rutas petroleras más importantes del mundo, bajo una presión extrema. Barcos, petróleo y amenazas circulan por el mismo lugar. Una chispa más podría enviarnos una factura muy difícil de pagar.

Pero aquí seguimos, observando los aviones.

Creemos que la distancia es un escudo. Pensamos que una guerra necesita fronteras comunes para afectarnos, como si el petróleo, los alimentos, los medicamentos y los mercados utilizaran pasaporte. El Salvador puede estar lejos del campo de batalla, pero está profundamente conectado con sus consecuencias.

Propongo una hipótesis, no una profecía: ¿qué sucedería si el conflicto se prolongara, el petróleo mantuviera precios elevados y las cadenas de abastecimiento volvieran a fracturarse?

La guerra llegaría primero a las gasolineras. Después entraría al supermercado. Y finalmente terminaría haciendo consulta en nuestros hospitales.

No vestiría uniforme. Se presentaría como un medicamento que se encareció, un reactivo que no llegó, una pieza que mantiene detenido un equipo o una licitación que ya no alcanza para comprar lo necesario. En el sistema público aparecería como desabastecimiento y listas de espera. En el privado, como facturas cada vez más difíciles de pagar.

Y entonces ocurriría la verdadera batalla: decidir quién recibe tratamiento y quién debe esperar.

En oncología, esperar no es una palabra inocente. Un estudio postergado puede retrasar un diagnóstico; una cirugía suspendida puede permitir que una enfermedad avance; un medicamento inaccesible puede separar lo tratable de lo irreversible. Las guerras también producen víctimas sin metralla. Algunas podrían morir a miles de kilómetros del frente porque un frasco nunca llegó a la farmacia.

El Salvador adoptó el dólar en 2001. Usamos una moneda que no controlamos y dependemos de bienes que no producimos. Sin embargo, nos comportamos como si la economía mundial fuera una tienda siempre abierta, con inventarios infinitos y entregas puntuales.

Incluso la inteligencia artificial, presentada como símbolo de modernidad, depende de una realidad bastante menos futurista: energía, servidores, inversión, cables y estabilidad económica. Podemos hablar del país del futuro, pero todavía necesitamos barcos para traer buena parte del presente.

Luego vendrían los alimentos más caros, el empleo más frágil y la migración convertida nuevamente en válvula de escape. No sabemos si ocurrirá. Esa es precisamente la razón para pensarlo ahora. Prepararse para una crisis no es anunciarla; es evitar que la improvisación vuelva a presentarse como destino.

Jim creyó durante mucho tiempo que la guerra era el espectáculo de los aviones que tanto admiraba. Solo cuando perdió su casa, su familia y su inocencia comprendió que la guerra nunca es una película vista desde la ventana. El Salvador tampoco puede confundirse: los misiles podrán caer al otro lado del océano, pero sus ondas expansivas llegarán en cada factura, cada medicamento y cada plato de comida. Los vientos de guerra ya soplan. La pregunta es si volveremos a cerrar las ventanas creyendo que así podremos detenerlos.

Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Ginecólogo Oncólogo
Programa de Gerencia de Hospitales e Instituciones de Salud INCAE

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