La certeza de la incertidumbre no debería paralizarnos, sino todo lo contrario, pues debería llevarnos a poner todo de nuestra parte y, necesariamente, confiar
La certeza de la incertidumbre no debería paralizarnos, sino todo lo contrario, pues debería llevarnos a poner todo de nuestra parte y, necesariamente, confiar
Hace unos días escuchaba a una psicóloga, que además es emprendedora y ha ganado premios por sus startups y su trayectoria de negocios, cuando explicaba que vivimos en una sociedad en la que se nos equipara la comodidad con la felicidad.
A partir de ese planteamiento, es muy común que nos empeñamos en buscar la comodidad a cualquier costo, debido a que pensamos que la incomodidad -para nosotros o para quienes dependen de nosotros- es mala, no deseable, algo que nos pasa «desgraciadamente». O, incluso, algo que no nos merecemos.
Y en eso de merecernos, allí está Elena Rose cantando ese «me lo merezco» que nos hace soñar con disfrutar sin más de los placeres de la vida, porque sí, porque nos los merecemos, sin más ¿?
Pero lo incómodo es necesario… para vivir: sin hambre nos habríamos muerto. Solo crecemos, solo desarrollamos nuevas habilidades y aportamos a los demás lo que está en nuestras manos cuando estamos incómodos, y -claro está- nos esforzamos por salir del fastidio.
Lo cierto es que la resiliencia -virtud de moda-, el esfuerzo, los méritos de cada uno, se accionan solamente en entornos de molestia e incomodidad.
En un mundo confortable (IA, algoritmo y entretenimiento mediante), ciertamente, perdemos capacidades cognitivas, como muestra más de un estudio.
Esa tendencia orientada a buscar el confort (¿le suena algo al lector aquello de dejar la zona de confort?), y juzgar desde nuestra comodidad, es una manera sutil pero sorprendentemente eficaz de desensibilizarnos con respecto al sufrimiento ajeno. Merced a una exposición constante desde muy temprana edad a violencia, a sufrimiento, a injusticias (virtuales, pero “reales”) se consigue que nuestro umbral para la indignación y para la motivación a rebelarnos se vaya haciendo cada vez más duro de traspasar.
De la misma manera que nuestra motivación y capacidad de compromiso para hacer «algo» que tenga repercusiones sociales es cada vez más difícil de conseguir, pues terminamos juzgando el mundo desde nuestra comodidad y somos incapaces de ponernos en los zapatos de los que sufren. Literalmente, somos incapaces de com-padecer.
Dentro de todas las incomodidades que por estar vivos padecemos, quizá aquella de la que más huimos es la pura y dura incertidumbre. Ese sentimiento de miedo e inseguridad de que las cosas se nos están escapando de control. Y quizá, también por eso, agradecemos y nos plegamos sin cuestionarnos a acciones y decisiones políticas (de terceros) que nos resuelven la vida en el corto plazo (pues ese sí que lo podemos predecir), y nos viene importando poco o nada lo que suceda en el futuro más lejano.
La incomodidad entonces, no solo es buena, es necesaria. Tener conciencia de que los resultados de nuestras acciones nunca están cien por ciento en nuestras manos, no solo es terrorífico a veces, sino en muchas más, garantía de crecimiento personal, ya sea porque se alcanzan resultados o por la capitalización del aprendizaje que todo «fracaso» conlleva.
Es imposible tener certeza de todo. Siempre pasan cosas. En los mercados, en la política, en el clima, en las acciones de personas que ni siquiera conocemos. Cosas que no podíamos preve, pero que influyen directamente en nuestros emprendimientos (y no me refiero, claro está, a los meramente económicos).
La certeza de la incertidumbre no debería paralizarnos, sino todo lo contrario, pues debería llevarnos a poner todo de nuestra parte y, necesariamente, confiar.
Eso de hacer cosas que requieren esfuerzo es no solo necesario, sino cada vez más impopular: leer un libro, escuchar música (de la de verdad), pasar un tiempo en silencio (a solas con nosotros mismos), orar, tener una conversación sosegada «sin pantallas» con quienes amamos… Sí, es impopular, pero una vez empezamos a hacerlo, el mero esfuerzo para salir de la comodidad -la incomodidad de dejar la comodidad- paga, y con creces.
Ingeniero/@carlosmayorare
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