Ahora somos todólogos. No sabemos de todo, naturalmente, pero eso jamás ha detenido a un buen usuario con batería suficiente. Cambiamos de especialidad según el calendario
Ahora somos todólogos. No sabemos de todo, naturalmente, pero eso jamás ha detenido a un buen usuario con batería suficiente. Cambiamos de especialidad según el calendario

Las redes sociales nos dieron algo que durante siglos estuvo reservado a reyes, periodistas y señores particularmente insistentes en las sobremesas: una audiencia. El problema es que, junto con el micrófono, muchos sentimos que también venía incluido el diploma.
Ahora somos todólogos. No sabemos de todo, naturalmente, pero eso jamás ha detenido a un buen usuario con batería suficiente. Cambiamos de especialidad según el calendario. Cuando llega Miss Universo, el país entero obtiene una maestría en pasarela, oratoria, proporciones corporales y geopolítica de coronas. Personas que nunca han caminado con tacones explican por qué una candidata “no proyectó”; otras diagnostican, desde el sofá, que le faltó hambre de triunfo, como si la corona se ganara abriendo más la boca.
Después llega el Mundial y cerramos temporalmente la facultad de certámenes para inaugurar la escuela nacional de dirección técnica. Sabemos qué cambio debió hacer el entrenador, en qué minuto y con cuál pierna debía entrar el suplente. El técnico tiene años de experiencia, acceso a los entrenamientos y un equipo de analistas. Nosotros tenemos una cerveza, repetición en cámara lenta y la convicción de que todo habría salido mejor si nos hubieran llamado.
La especialización continúa según la tragedia, el escándalo o la tendencia. Si hay una pandemia, somos epidemiólogos. Si ocurre un crimen, criminólogos, fiscales y jueces antes del desayuno. Si una celebridad se divorcia, terapeutas de pareja. Si alguien sube de peso, endocrinólogos. Si lo pierde, nutricionistas. Si estalla un conflicto internacional, sacamos el doctorado en Medio Oriente que completamos durante un video de cuarenta y siete segundos, probablemente narrado por una voz artificial.
Tener una opinión es inevitable. Confundirla con conocimiento requiere internet.
Las plataformas tampoco premian la duda. “No conozco suficiente sobre el tema” difícilmente se vuelve viral. En cambio, una afirmación categórica, escrita en mayúsculas y acompañada de “ABRO HILO”, puede transformar cualquier ocurrencia en doctrina. El algoritmo adora la seguridad, aunque sea la seguridad de alguien que descubrió el tema esa misma mañana mientras esperaba el café.
Claro que democratizar la conversación tiene algo valioso. Ya no necesitamos una columna, un programa de televisión ni permiso de una élite para cuestionar decisiones, contar experiencias o denunciar abusos. Los expertos también se equivocan, protegen intereses y, en ocasiones, usan veinte palabras técnicas para esconder que no tienen idea. El título universitario no vuelve infalible a nadie y la experiencia personal también produce conocimiento.
Pero una cosa es decir “esto me parece injusto” y otra anunciar “esto es ilegal” sin haber leído una sola ley. Una cosa es comentar que una candidata no nos gustó y otra concluir que no se preparó, no tiene actitud y jamás quiso ganar porque en una toma salió mal. Podemos participar en la conversación sin disfrazar preferencias, intuiciones y prejuicios de conclusiones profesionales.
La libertad de expresión nos protege el derecho a hablar. En ningún sitio establece la obligación de pronunciarnos sobre cada asunto que atraviese la pantalla. Podemos ver una noticia, reconocer que no entendemos sus matices y continuar con nuestra vida. Nadie llegará a retirarnos la ciudadanía por no publicar una postura sobre la última controversia. El silencio también puede ser una decisión intelectual, incluso una bastante elegante.
Sin embargo, hemos convertido la opinión inmediata en prueba de existencia. Si no reaccionamos, parece que no nos importa. Si admitimos dudas, parecemos débiles. Entonces opinamos primero y comprendemos después, si queda tiempo. La velocidad importa más que la precisión porque llegar tarde a una discusión digital equivale a presentarse cuando ya desmontaron el circo.
Quizá el verdadero lujo de esta época no sea poder decir cualquier cosa, sino resistir la necesidad de hacerlo. Leer antes de compartir. Preguntar antes de sentenciar. Distinguir entre “sé”, “creo” y “vi un TikTok”. Tres categorías que podrían salvar amistades, reputaciones y alguna que otra sobremesa.
Todos tenemos derecho a subir al escenario. Lo que no apareció mágicamente con la cuenta de Instagram fue el conocimiento para dar la conferencia. A veces la contribución más honesta a una conversación es aceptar que no tenemos nada que aportar.
No toda opinión necesita ser publicada. Algunas merecen vivir una vida tranquila dentro de nuestra cabeza, donde al menos el algoritmo no puede convertirlas en consejo médico.
Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021
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