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Sesgo de confirmación

La conciencia de que podemos caer en el sesgo de confirmación es, además, un antídoto eficacísimo contra lo que Sócrates llamaba doble ignorancia, que consiste en no saber, y no saber que no se sabe.

Generalmente, cuando se defiende una opinión en una discusión, es frecuente que no busquemos la verdad, sino razones para tener razón.

Sócrates dijo lo mismo hace dos mil cuatrocientos años. Afirmó, y demostró mediante su método peculiar, que la gente más segura de algo es la que menos lo ha pensado. No porque sea poco inteligente, sino porque cuando uno cree que ya tiene una respuesta, una certeza, deja de cuestionarse, y de pensar.

A partir de ahí solo se toma en cuenta lo que confirma el propio sesgo y por eso, modernamente, a esta actitud se le ha llamado «sesgo de confirmación». Una de cuyas consecuencias, y no la menos importante, es que lleva a desechar todo lo que no sume o lo que contradiga la creencia de que se trate.

Para lidiar con dicho sesgo, hay tres sanos modos de pensar. El primero: cuando uno tiene certeza absoluta sobre algo polémico, es muy saludable sospechar de sí mismo, pues se ha llegado a la posición en que se deja de pensar y, por lo mismo, de ver matices, perspectivas…

El segundo: la próxima vez que uno discuta con alguien es bueno cambiar la pregunta interior y pasar de «¿cómo lo convenzo?» a «¿cuál es el argumento más sólido que está exponiendo?»

Y el tercero, es hacerse de vez en cuando la llamada «pregunta socrática», esa que se puede formular diciendo: ¿Qué tendría que pasar para que cambiara de opinión sobre esto…? Si no se nos ocurre ninguna respuesta que nos «mueva el piso» no es que tengamos una opinión respecto a algo, sino una certeza enmascarada de opinión, y volvemos al primero de los modos de pensar aquí expuestos.

El problema no es que pensemos o no, ni siquiera que pensemos mal, sino que nuestra mente funciona de tal modo que nos da la impresión de que estamos pensando, cuando en realidad estamos confirmándonos en alguna “opinión” que, a fin de cuentas, solo es una certeza.

Como alguien ha dicho, ese pensamiento de Sócrates: dudar de todo, y principalmente de nosotros mismos; es una especie de botón de reset mental. Un atajo poco conocido, pero muy eficaz, para abordar la realidad desde el pensamiento, con el telón de fondo de la verdad.

Así las cosas, ese dudar de uno mismo es también muy eficaz para abortar (cortar de raíz) tantas afirmaciones y «declaraciones dogmáticas» presentes en redes y medios de comunicación. A ver. El formato de comunicación hodierno premia las afirmaciones rotundas, la seguridad en lo que se dice, no la duda.

De hecho, nunca se viralizan videos que digan sobre cualquier tema «no sé, no estoy seguro», «es complicado», «tiene matices». Los posts más viralizados son los que afirman con rotundidad, dando como resultado que por su popularidad el algoritmo selecciona una y otra vez los mismos influencers, hasta que uno llega a creer (que no a pensar) que tienen una opinión “fundamentada”. Es decir… los más seguros. Y, ya hemos explicado que los más seguros, generalmente, son los que menos han pensado los temas.

La conciencia de que podemos caer en el sesgo de confirmación es, además, un antídoto eficacísimo contra lo que Sócrates llamaba doble ignorancia, que consiste en no saber, y no saber que no se sabe.

De hecho, cuanto más sabe alguien -de veras- sobre algo, más matices introduce, más «depende» intercala en su discurso, menos afirmaciones rotundas profiere, más adverbios y menos adjetivos utiliza.

Por esto siempre es de agradecer en cualquier discurso, menos anclas y más velas. Menos «seguridades» y más actitudes para recibir de fuera viento que nos conduzca a la orilla de la verdad, escapando de quedarnos fondeados en la necedad.

En conclusión: La humildad intelectual no es dudar de todo. Es saber dónde uno puede estar equivocado. Y no enamorarnos de nuestra primera explicación.

Ingeniero/@carlosmayorare

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