“Si los bueyes y leones tuvieran manos, (…) entonces los bueyes pintarían a sus dioses semejantes a los bueyes, los leones semejantes a leones, y a partir de sus figuras crearían las formas de los cuerpos divinos según su propia imagen: cada uno según la suya”. Se atribuye a Jenófanes de Colofón, un pensador griego que escribió quinientos años antes de Jesucristo, esa cita que viene a ser una especie de resumen del antropomorfismo.
Bastante de esto está sucediendo con la idea popular que concibe las máquinas que basan su funcionamiento en Inteligencia Artificial como simples emuladoras del cerebro humano. Tanto, que no faltan quienes pronostican que en un corto plazo las máquinas llegarán a tener conciencia, se disputarán el gobierno de otras máquinas y llegarán a padecer depresión. Una idea que por loca que parezca no carece de seguidores.
Y sí, si las máquinas de IA funcionaran como el cerebro (o si nuestro cerebro estuviera constreñido a manejo de datos, cálculos, predicciones, manejo de probabilidades y poco más), quizá sí se llegaría a ello. Pero no. El cerebro, la persona, es más, mucho más que conocimiento y juego de datos, patrones y estadística. Y la vida humana es más, bastante más, que bits de información.
Algunas realidades: la mente y el cerebro no se comportan como software y hardware sencillamente porque la estructura nerviosa del segundo cambia continuamente en el curso de cada interacción que realiza. No hay un hardware inalterable ni una estructura neuronal fija. Como se ha escrito “nada ocurre en el cerebro dos veces de la misma manera”. Otra diferencia: nuestro cerebro (nosotros mismos) no almacenamos datos pues no hay físicamente donde almacenarlos. Sin datos disponibles la diferencia entre la IA y el cerebro es patente.
Los seres humanos no almacenamos datos, sino que la misma flexibilidad y disponibilidad neuronales hace que haya una actividad de adaptación en cada situación: “no utilizamos módulos de procesamiento fijos, sino una superposición de varias zonas que contribuyen en cada momento a una función interactuando entre sí, en contraste con los módulos informáticos”.
Las neuronas pueden o no activarse, pueden o no interconectarse, pueden o no trabajar colaborativamente ¿como los dispositivos electrónicos de los que depende vitalmente los procesos de IA? No. Hay demasiados factores como los neurotransmisores en juego y un sinfín de factores y experienciales que hace imposible que los sentimientos y las emociones se puedan ni siquiera describir como un sistema de unos y ceros, de procesos activados o en espera, de respuestas a impulsos, de simple conductismo.
Y lo más importante: el cerebro no funciona sin más con un proceso de inputs y outputs, como lo hacen las máquinas. La consciencia de estar vivos, el sentido más básico del yo, no es una “función” cerebral que vendría a ser una respuesta (un otuput) dependiente de experiencias (inputs) que se suministren, sino la interacción constante entre el cerebro y todos los sistemas y organismos, el cuerpo, así como las relaciones entre nosotros y nuestras circunstancias.
Si se equipara con cierta simpleza el cerebro y la máquina es merced a lo que Evan Thompson, catedrático de filosofía ha llamado “punto ciego” -tal como titula un libro coescrito con dos colegas del campo de la física, donde desarrolla el tema-: una especie de bucle narcisista que funciona cuando proyectamos lo humano en la máquina y luego interpretamos la máquina como humana… los leones dibujando sus dioses como leones y luego creyéndose su propio cuento.
Como conclusión provisional podríamos apuntar que las máquinas basadas en IA no son cerebros ni se equiparan a la mente humana, son dispositivos de predicción estadística basadas en procesos altamente complejos y especializados. Pero no sistemas vivos encarnados en un cuerpo real, como la mente humana. El mapa no es el territorio. La IA es inteligencia, pero no es inteligente.
Ingeniero/@carlosmayorare