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Los huevos están más caros que la gasolina

Así son los gobiernos totalitarios y tecnocráticos: sádicos y aporofóbicos. Odian a los pobres, pero haciéndoles creer que los aman

Padre Chopin

Cada mañana, en torno a las 5:50, en una calle que conscientemente evito mencionar, contemplo una escena que me hace reflexionar.

Dos señoras, frente a una plancha metálica incandescente, venden pupusas a los viandantes. Casi siempre hay una larga fila de personas esperando comprar pupusas. En su mayoría, quienes compran son mujeres.

Noto que el puesto es improvisado. Es decir, la plancha para cocinar pupusas no es fija. Es colocada todos los días por la madrugada. He pasado a otras horas y esa plancha con las vendedoras no están en el sitio.

El fenómeno de los vendedores improvisados es una constante en El Salvador. ¿Qué hace la diferencia en la actualidad?

Sucede que el precio de la canasta básica se ha incrementado. Para la zona urbana, de la que estoy hablando, su costo es de $264.73 (consulta al BCR en agosto de 2026). Sin embargo, el salario mínimo se mantiene en $408.80 mensuales ($13.44 diarios / $1.68 por hora).

Es muy probable que las dos señoras vendedoras hagan pupusas de buen sabor y las vendan a un precio razonable. Dos motivos fuertes para hacer la fila y comprarles.

Pero también es verdad que el régimen político actual ha abandonado la producción agrícola local. Los gobiernos anteriores también lo habían descuidado, pero el régimen actual los supera con creces.

El régimen actual, al presentarse como «tecnocrático» se interesa más por una supuesta solución tecnológica. Por eso en El Salvador conviven, uno al lado del otro, el hambre y las luces LED. Las luces LED sacian el deseo de grandeza y las pupusas el estómago.

Llama la atención que, en su mayoría —tanto los que venden como los que compran— son personas de las clases populares. Predominan los y las trabajadores de la salud. Los otros pueden ser albañiles y algún docente hora-clase. Es irónico, los que cuidan nuestra salud, nuestros conocimientos y nuestra seguridad, son los peor pagados del país.

Me resultó inevitable notar que los rostros de las personas que compran son rostros tristes, preocupados. Rostros que cargan con el peso de las madrugadas: entre ellos, muchos se levantan a las 3:00 am. Afrontan un sistema de transporte primitivo. Y deben «marcar» su entrada a la hora establecida. Este es el drama de los que tienen un empleo. Los desempleados ni siquiera pueden ser considerados en este relato. Su tristeza es mortal y hiela el alma.

La mayoría de los que nutren la fila tienen un celular en su mano. ¿Qué es lo que están viendo? Tal vez están viendo el cuadro comparado del salario mínimo de los países centroamericanos, el monto de la deuda pública según las cifras del PIB, una entrevista seria donde se explique la situación real del país, etc. ¿O estarán viendo un spot publicitario del gobierno? ¿La réplica de los troles oficialistas a los análisis de la oposición, de los disidentes y de la gente normal?

No sería extraño que uno de estos días (días de campaña electoral), a la hora y lugar habituales, esté haciendo fila un diputado o una diputada oficialista, para hacernos pensar que ellos «están con el pueblo». El sadismo que ostentan los puede inducir a ello y a más.

Tampoco sería extraño que un mal día, los agentes del CAM —cuya pobreza es doble, es económica y es mental— visiten a nuestras amigas vendedoras de pupusas y les exijan pagar un impuesto al Estado y que de no hacerlo les confiscarán su plancha de hacer pupusas. Ya sabemos cómo se sostienen las tiranías: los pobres reprimen a otros pobres.

Mientras tanto, los dueños de los grupos empresariales se levantarán habiendo dormido bien, vestirán su bata de seda, desayunarán una tostada francesa bañada con mermelada de fresa, consultarán con sosiego sus inversiones en los mercados bursátiles, y sorberán el café con aires de triunfo.

Así son los gobiernos totalitarios y tecnocráticos: sádicos y aporofóbicos. Odian a los pobres, pero haciéndoles creer que los aman. Utilizarán las herramientas tecnológicas para convencerlos de que las cosas están bien, que no admiten mejora. Exonerarán a sus amigos oligarcas de los impuestos. Tratarán mejor a los turistas que a los locales. Porque un parásito político nunca daña a otro parásito de su misma condición.

En esas reflexiones estaba, cuando la luz de semáforo cambió del rojo al verde, sin cambiar la realidad social. No me dio tiempo de hacer otros análisis, y preferí contárselo a ustedes… Mi última cavilación fue: «los huevos están más caros que la gasolina».

Sacerdote y teólogo.

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