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Los dioses deben estar locos

Delegar el razonamiento clínico no es modernización; es renuncia. Y la renuncia, en medicina, puede tener consecuencias irreversibles.

En The Gods Must Be Crazy, una botella cae del cielo y una comunidad la interpreta como un regalo divino. Lo que parecía un objeto extraordinario termina generando conflicto, rivalidad y ruptura del equilibrio social. La lección es incómoda: no todo lo que desciende del “cielo” es una bendición. La tecnología, cuando se adopta sin comprensión crítica, puede convertirse en un factor de desorden.

Hoy la inteligencia artificial (IA) ocupa ese lugar simbólico. Se nos presenta como objetiva, rápida, eficiente. Se le atribuye una precisión casi incuestionable. Pero conviene afirmar lo evidente: la IA no es sabia; es programada. No razona; procesa. No tiene ética; ejecuta instrucciones. Es una construcción humana entrenada con datos humanos, diseñada bajo criterios humanos y, por tanto, limitada por errores humanos.

En El Salvador, donde la carga de enfermedad cardiovascular es significativa y los recursos sanitarios son finitos, cualquier innovación diagnóstica debería someterse a un escrutinio aún más riguroso. Sin embargo, ya circulan plataformas digitales que aseguran diagnosticar hipertensión arterial mediante el análisis facial a través de la cámara de un teléfono. Sin manguito validado. Sin mediciones repetidas. Sin publicación científica que respalde su exactitud en nuestra población.

La American Heart Association es clara: el diagnóstico de hipertensión requiere múltiples mediciones correctamente realizadas y confirmadas. No es un formalismo técnico; es un estándar de seguridad. La hipertensión no es un rótulo inocente. Implica tratamiento crónico, costos económicos, posibles efectos adversos y la carga psicológica de una enfermedad permanente.

Aquí es donde debemos poner el dedo en la llaga.

¿Estamos dispuestos a reemplazar el método científico por la comodidad digital? ¿Estamos convirtiendo el acto médico en un trámite de validación algorítmica? ¿Estamos normalizando que el criterio clínico sea desplazado por un software cuyo funcionamiento real pocos comprenden?

El médico no es un firmante automático. El acto médico implica juicio clínico, análisis de probabilidades, integración de contexto y responsabilidad ética. Si un profesional prescribe un antihipertensivo basándose exclusivamente en una sugerencia automatizada no validada y el paciente sufre una complicación grave, la responsabilidad no recaerá sobre un código binario. Recaerá sobre personas concretas.

Delegar el razonamiento clínico no es modernización; es renuncia. Y la renuncia, en medicina, puede tener consecuencias irreversibles.

La tecnología puede ser aliada. La IA puede optimizar procesos, apoyar en interpretación de imágenes o mejorar la gestión de datos clínicos. Pero cuando se utiliza para sustituir el examen físico, la anamnesis y el juicio médico, deja de ser herramienta y se convierte en atajo. Y en salud, los atajos suelen ser peligrosos.

Más inquietante aún es el contexto cultural actual. Vivimos en una era donde la autoridad científica compite con influencers sanitarios y “gurús” digitales que simplifican patologías complejas en mensajes breves y atractivos. El riesgo no es solo tecnológico; es intelectual. Si comenzamos a equiparar una estimación digital no validada con un diagnóstico clínico sustentado en evidencia, erosionamos el fundamento mismo de la medicina.

El Salvador necesita innovación, pero necesita aún más responsabilidad. Necesita regulación clara, validación independiente y médicos que ejerzan su criterio con valentía, incluso cuando eso implique disentir de una recomendación algorítmica.

Porque si nuestra creación —la inteligencia artificial— pudiera observar cómo la usamos para sustituir el análisis por la inmediatez, el método por la moda y la responsabilidad por la delegación, quizá concluiría que sus creadores han perdido el equilibrio que dicen defender.

Y entonces, al contemplarnos, no se preguntaría si los dioses están locos. Se preguntaría si quienes la programaron y la adoptaron sin cuestionarla comprendían realmente lo que estaban haciendo.

Tesorero, Colegio Médico de El Salvador

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