¿De qué sirve presumir tecnología extraordinaria si las necesidades ordinarias permanecen sin resolverse?
¿De qué sirve presumir tecnología extraordinaria si las necesidades ordinarias permanecen sin resolverse?

Cuenta una vieja fábula que, si introducimos una rana en agua hirviendo, saltará inmediatamente para salvarse. Pero si la colocamos en agua fría y aumentamos lentamente la temperatura, permanecerá allí hasta morir cocida. Aunque científicamente es un mito, la historia encierra una advertencia: no siempre reaccionamos ante el peligro cuando este llega poco a poco.
Me pregunto si los salvadoreños no llevamos demasiado tiempo dentro de esa olla.
Las noticias recientes sobre nuestro sistema de salud deberían encender todas las alarmas. Continúan las denuncias de despidos de personal sanitario mientras aparecen nuevas contrataciones bajo la modalidad de servicios profesionales. Cuando esta figura se utiliza para encubrir verdaderas relaciones laborales, los derechos del trabajador quedan amenazados. ¿Desde cuándo la precariedad laboral se convirtió en una estrategia aceptable para administrar hospitales?
Pero la temperatura sigue aumentando.
El proyecto presupuestario para 2027 contempla reducir 79.7 millones de dólares de las asignaciones directas de 29 hospitales y 55.9 millones del primer nivel de atención. Hacienda argumenta que parte de estos recursos se concentrarán en compras conjuntas. Una explicación administrativa que merece evaluación, pero que no elimina una pregunta fundamental: ¿mejorará realmente la atención que recibe la población?
Mientras tanto, DoctorSV pasaría a recibir 150.5 millones de dólares. Y cuando uno pensaba que la historia no podía volverse más contradictoria, aparece el Fondo Monetario Internacional recomendando considerar copagos progresivos para financiar una plataforma cuyo funcionamiento ronda los diez millones mensuales.
¡Vaya paradoja! Lo que se presenta como gratuito podría terminar necesitando contribuciones de sus usuarios para sostenerse.
Y todavía falta lo más inquietante.
Médicos de DoctorSV denunciaron cambios arbitrarios de horarios, jornadas que terminan hasta la medianoche sin transporte para regresar a sus hogares y controles excesivos sobre sus actividades. Incluso denunciaron restricciones relacionadas con sus pertenencias personales y condiciones incómodas de trabajo.
Son señalamientos que deben investigarse, no sentencias comprobadas. Pero resulta inevitable preguntarse: ¿cómo pretendemos modernizar la medicina si quienes la ejercen denuncian condiciones laborales propias de otra época?
El Ministerio de Trabajo ha señalado la ausencia de transporte nocturno entre las irregularidades detectadas en otros establecimientos. ¿Aplicará el mismo rigor cuando las denuncias involucren un programa sanitario impulsado desde el Estado?
Porque una aplicación puede ser moderna, pero eso no garantiza que también lo sean las condiciones de quienes trabajan detrás de la pantalla.
Y así llegamos al verdadero problema: las prioridades.
Podemos celebrar la incorporación de cirugía robótica y herramientas de inteligencia artificial. Tienen utilidad clínica, nadie razonablemente debería negarlo. Pero tampoco podemos olvidar que la mayor parte de las necesidades sanitarias requiere consultas oportunas, medicamentos, prevención, diagnósticos accesibles y personal suficiente.
¿De qué sirve presumir tecnología extraordinaria si las necesidades ordinarias permanecen sin resolverse?
La medicina moderna no comienza con un robot. Comienza cuando una madre encuentra medicamentos para su hijo, cuando una mujer obtiene oportunamente su mamografía y cuando un paciente con cáncer no tiene que recorrer un calvario para recibir tratamiento.
He advertido anteriormente sobre los costos del populismo: la tentación de privilegiar aquello que produce aplausos inmediatos frente a lo que requiere trabajo silencioso y sostenido. En salud, esa tensión merece especial vigilancia, porque las consecuencias se miden en vidas.
Se aproxima otro período electoral. Vendrán anuncios y promesas, como ocurre habitualmente en las campañas. Lo importante será distinguir entre resultados comprobables y espectáculos publicitarios.
Y conviene recordar que nuestras deficiencias sanitarias no comenzaron ayer. Son históricas. Precisamente por eso, cada decisión debería acercarnos a resolverlas, no simplemente cambiarles el envoltorio.
Un sistema de salud no se mide por la espectacularidad de sus inauguraciones, sino por su capacidad de atender dignamente a quien más lo necesita.
La rana de nuestra historia no representa a un partido ni a un gobernante. Representa a una sociedad que puede terminar acostumbrándose a condiciones que antes consideraba inaceptables.
El agua continúa calentándose. Todavía podemos discutir qué decisiones funcionan y cuáles deben corregirse.
La pregunta es si nuestra rana conserva fuerzas para saltar o si, cuando finalmente reconozca el peligro, ya será demasiado tarde para salir de la olla.
Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Ginecólogo Oncólogo
Programa de Gerencia de Hospitales e Instituciones de Salud, INCAE
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