Hace unas semanas escribí una larga serie de artículos basados en la vida y el testimonio de Dietrich Bonhoeffer. Lo hice porque su vida plantea una pregunta que sigue siendo inevitable para la conciencia cristiana: ¿qué debe hacer la fe cuando el poder se vuelve absoluto, cuando la propaganda sustituye a la verdad y cuando los valores del Estado contradicen a los del evangelio?
Bonhoeffer no fue un político profesional. Fue un pastor, teólogo y discípulo de Jesús. Su grandeza no consistió en haber buscado el conflicto, sino en haber entendido que llega un momento en que callar también es una forma de complicidad. Por eso resulta reveladora la reacción que provocaron aquellos artículos. En ellos nunca mencioné a ningún salvadoreño ni hice ninguna mención de El Salvador. Sin embargo, la respuesta de muchos no fue el diálogo, sino la malcrianza rabiosa.
Esa reacción merece ser pensada. ¿Por qué una reflexión sobre la Alemania nazi de hace 90 años produjo indignación en sectores que dicen vivir hoy en una democracia ejemplar? ¿Por qué la sola mención de Bonhoeffer, a quien la mayoría no conocía ni ha leído jamás, terminó despertando tremenda hostilidad?
Quizá la respuesta esté en una frase atribuida al director cinematográfico alemán Dennis Gansel, autor de la película «La ola». Gansel observó que casi todos, al mirar hacia la Alemania nazi, imaginan que habrían estado del lado de Ana Frank o de la joven resistente Sophie Scholl. Pero, según él, esa seguridad moral suele ser una ilusión. Muchos de los que hoy se ven a sí mismos como resistentes probablemente habrían sido parte de la masa obediente, entusiasta y opresora.
Esa afirmación incomoda porque rompe la fantasía heroica que tenemos de nosotros mismos. A todos nos gusta pensar que, de haber vivido bajo el nazismo, habríamos defendido a los perseguidos, protegido al inocente, desafiado al tirano y acompañado a la Iglesia confesante. Pero al conocer los planteamientos de Bonhoeffer descubren que sin dudas hubieran estado del lado del tirano.
Los totalitarismos no solo son responsabilidad de los dictadores, sino también de las multitudes convencidas de que el fin justifica los medios; con personas que celebran la fuerza cuando se ejerce contra otros; con creyentes que bendicen el poder siempre que ese poder prometa orden; con ciudadanos que confunden seguridad con justicia y popularidad con verdad.
Ese es el punto que muchos no quieren enfrentar. El problema no es que alguien los haya comparado con el nazismo. El problema es que, al leer sobre el nazismo, se vieron demasiado cerca de sus características: el culto al líder, la intolerancia hacia la crítica, la deshumanización del opositor, el desprecio por los derechos del acusado, la burla contra las víctimas, la obediencia acrítica, la reducción de la moral a lealtad política.
Aquí aparece la pregunta para los cristianos: ¿puede la Iglesia alegrarse por la seguridad sin preguntar por la justicia? ¿Puede celebrar el orden sin examinar los medios? ¿Puede callar ante el dolor de inocentes porque la mayoría celebra? ¿Puede bendecir un poder político simplemente porque es eficaz?
Bonhoeffer respondería que no. Cuando la Iglesia pierde su libertad profética, deja de ser conciencia de la nación y se vuelve ornamento religioso que ofrece incienso ante los ídolos de turno. Por eso la reacción furibunda contra los artículos sobre Bonhoeffer dice más de quienes reaccionaron que de los artículos mismos. Tal vez porque se vieron más cerca de quienes alababan al totalitarismo que de quienes lo interpelaban.
El verdadero problema no es hablar de Bonhoeffer. El verdadero problema es descubrir que Bonhoeffer todavía tiene algo que decirnos. Y que, cuando habla, algunos cristianos no escuchan la voz de un pastor cristiano, sino una amenaza contra sus lealtades políticas. Tal vez por eso insultan. Tal vez porque el espejo histórico les devolvió una imagen que no querían ver.
Porque todos quieren haber sido Ana Frank. Todos quieren imaginarse del lado de los perseguidos. Pero la prueba moral no se rinde en el pasado. Se rinde en el presente: cuando el autoritarismo es popular, cuando la propaganda es seductora, cuando disentir cuesta, cuando la multitud exige obediencia y cuando la fe debe escoger entre la comodidad del aplauso y la fidelidad a Cristo.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.