Hubo un tiempo en que Europa era cristiana o, al menos, todos sus habitantes profesaban una religión monoteísta; mientras, fuera de sus confines había sociedades que vivían obedeciendo a Alá.
En ese tiempo la cultura, que muchos hoy día identifican de una manera más o menos simplista únicamente con la religión, permeaba todo. Mientas actualmente, después de la laicización de las sociedades, que es más -mucho más- que la separación de los ámbitos de poder entre la espada y la cruz, es muy complicado entender la fe como dador de significado universal para todas las personas, como lo fue alguna vez.
Para bastantes personas, hoy día en muchos países occidentales hablar de fe es sinónimo de fascismo, de ultraderecha o de radicalización del pensamiento. Y se da la paradoja de que el mundo ha dejado de girar en torno a una cultura en la que la religión era importante, para pasar a orbitar en otra en la que ocupa el lugar de la fe, la ideología.
Ya no se habla públicamente de Dios ni de sus preceptos. Cuando se menciona a la Iglesia (Católica o en la variedad de confesiones cristianas) se hace con la boca chiquita, si se discurre acerca de criterios y valores que fundamentan la sociedad, se desconocesu raíz cristiana y se tiende a hablar de derechos humanos; ignorando, por cierto, que tanto la doctrina de una ley universal que fundamenta el modo de ser de todos los hombres y regula la vida política, como los derechos y obligaciones que de esta derivan, tienen una raíz cristiana.
El concepto de cristiandad, como el lugar natural/cultural en el que todos vivían, se toma como una antigualla sin consecuencias, si no como un mundo ideal al que los nostálgicos quisieran retornar.
Un mundo cristiano, una cosmovisión fundamentada en la fe cristiana, se rechaza como una aberración en la que el poder estaba en las sacristías, y todos los que creían en Dios eran unos ignorantes manipulados, o unos cínicos que en nombre de la religión -sin creer, por supuesto, en nada espiritual- se enriquecían obscenamente.
Sin embargo, la cultura no va solo de poder y opresión. La cultura define la idea de mundo y de hombre, la ética y la estética, la arquitectura, la música, la pintura y la escultura, el urbanismo, el mercado, la filosofía y el modo de razonar, el modo como se transmiten las tradiciones, los protocolos de conducta social, la forma de trabajar y de vivir el ocio… todo, incluso cómo vestir y cómo comportarse.
Después del recorrido que la historia de las ideas ha hecho desde la ilustración hasta nuestros días, es muy complicado comprender una cultura en la que la fe es fundamental. O quizá no. De hecho, aún en este cínico mundo en el que vivimos, se sigue basando todo en creencias e ideas: desde la fe ciega en la ciencia hasta la fe incuestionable en el Estado como absoluto que dicta todo lo cultural. Si no es que se ha caído en la fe que cree en iluminados que desde la política velan por cada uno, y siempre saben lo mejor para todos.
La cristiandad, ese fenómeno cultural que desplegó todo su potencial entre los siglos X y XIX: al principio como unas ideas y unas creencias que se introdujeron en un mundo a oscuras y que dotaban de sentido a la totalidad de cosas que pasaban; luego como la verdadera luz que explicaba todo y forjaba el mundo; hasta llegar a su decadencia como la cultura que había que combatir en nombre de la razón, la voluntad de poder o el absolutismo del Estado; para terminar siendo un ideal que los nostálgicos desean reinstalar, y los fanáticos erradicar o hacer como que no pasó… esa cristiandad sigue presente -bastante más presente de lo que imaginamos- en nuestros días, en estos días.
Ingeniero
@carlosmayorare