En tiempos del emperador Tiberio César, Juan el Bautista comenzó a predicar junto al río Jordán. El Bautista no fue solo un predicador del arrepentimiento para la salvación individual, sino que también encarnó una predicación y unas acciones que estaban profundamente vinculadas con la realidad política, económica y religiosa de su tiempo. Su enseñanza constituyó una crítica profética al sistema de dominación romano-herodiano y al liderazgo religioso que colaboraba con él.
Que Juan se estableciera en el desierto y bautizara en el Jordán no era un detalle geográfico casual. El desierto había estado siempre asociado con los orígenes de Israel, el Éxodo y la liberación de la esclavitud del faraón. Salir al desierto, como lo hizo Juan, significaba retirarse físicamente de los centros del poder, como Jerusalén, con su aristocracia sacerdotal romanizada, y de las ciudades herodianas, para deslegitimarlos simbólicamente.
Su invitación a sumergirse en las aguas del Jordán mediante el bautismo evocaba la entrada en la tierra prometida bajo el liderazgo de Josué. La ubicación escogida por Juan el Bautista anunciaba que un nuevo Éxodo estaba por acontecer: el pueblo necesitaba reconstituirse desde fuera del sistema vigente, como si el orden en que vivía fuera un nuevo Egipto o una nueva Babilonia de los que era necesario salir.
Por su parte, el rey Herodes se empeñaba por lograr un despegue económico de su territorio al mismo tiempo que trataba de alejar al pueblo de lo que él veía como un radicalismo religioso. En la región de Perea circulaban caravanas procedentes de Arabia que se dirigían a Siria. Esta importante ruta comercial enriquecía al rey de Arabia, pero no resultaba en ningún provecho para Israel. El plan de Herodes era convertir el valle del Jordán en una nueva ruta comercial, mejor ubicada, segura, moderna y que aumentara sus ingresos.
Para llevar a cabo su proyecto de modernización, Herodes debía superar la espiritualidad del pueblo, que veía el valle del Jordán como una región sagrada, cargada de reminiscencias bíblicas. La población se resistía a que el sagrado valle del Jordán se convirtiera en una transitada ruta comercial. Avivados por Juan el Bautista, se oponían firmemente a renunciar a su historia en nombre del desarrollo.
Pero Herodes era empecinado y continuó con sus planes para su proyectada ruta comercial, eso, sumado a su poca aceptación popular, puso en riesgo la estabilidad de su reinado. El pueblo mostraba oposición férrea a lo que veía como la destrucción de sus valores espirituales más importantes. El ambiente era de inconformidad y de expectativa de una inminente intervención divina que pondría paro a las pretensiones herodianas. Muchos creían que el reino de Dios estaba cerca y que el Mesías volvería no solo para librarlos de Herodes, sino también de los romanos y de todos sus enemigos.
Bajo esas tensas condiciones Juan el Bautista actuaba como un profeta popular al estilo de los profetas del Antiguo Testamento. Él estaba muy consciente de la crisis de aceptación que Herodes enfrentaba y, en una acción claramente contestataria, ubicó su ministerio en el corazón del valle del Jordán, la misma región que Herodes deseaba desarrollar. De esa manera reafirmaba la sacralidad del lugar con su llamado al arrepentimiento y hacía visible la incomodidad general al atraer a multitudes que iban al Jordán dispuestas a la misma reafirmación.
Juan no predicaba generalidades sino que como Amós, Oseas y Jeremías antes de él, fue un profeta empeñado en criticar vehementemente los acontecimientos políticos del momento. El movimiento de Juan era ya una expresión de abierta rebelión. Muchos acudían a escuchar su mensaje en contra de la injusticia y la hipocresía. Había que arrepentirse y bautizarse en preparación al verdadero Mesías que estaba por llegar.
La elección premeditada del desierto y del Jordán hacía que la predicación de Juan contra el pecado fuera referida a algo más que las acciones individuales, también rechazaba la instrumentalización de Herodes, con lo que su llamado al arrepentimiento alcanzaba profundas implicaciones sociales y políticas. Su llamado a un arrepentimiento en todas las dimensiones cuestionaba las bases del sistema dominante y preparaba el camino para un Reino cuya autoridad no provenía de Roma ni de Herodes, sino de Dios.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.