Hay que potenciar la imaginación, la audacia, la capacidad de conocer, hasta llegar a ser creadores de belleza, realidades que a la IA no solo “le quedan grandes” sino que, simplemente, están fuera de su campo cognoscitivo
Hay que potenciar la imaginación, la audacia, la capacidad de conocer, hasta llegar a ser creadores de belleza, realidades que a la IA no solo “le quedan grandes” sino que, simplemente, están fuera de su campo cognoscitivo
Copio el título de esta nota del de una breve conferencia de Ricardo Piñeiro, profesor de estética y teoría del arte, quien “se atreve” a cuestionar la IA desde un campo en el que ésta se encuentra completamente desubicada, como pez fuera del agua diría yo: desde la riqueza de la antropología.
Empieza el profesor Piñeiro señalando que hay dos formas de estar en el mundo: como ejecutor que repite, o como creador que transforma. Un modo de ver las cosas que recuerda tanto las famosas palabras de Carlo Acutis, quien como el profesor universitario citado, ha sabido leer lúcidamente esta clave de nuestros tiempos: todos nacemos siendo originales, pero la mayoría, al final de su vida, terminan muriendo como fotocopias…
Es la diferencia entre seguir un guion o atreverse a escribirlo.
O, dicho de otra manera: quedarse en la biología sin trascender la propia humanidad sin partir de ella hasta llegar a la originalidad (hacer algo, crear algo, pensar algo, que sea origen de muchas más cosas).
Para esto hay que potenciar la imaginación, la audacia, la capacidad de conocer, hasta llegar a ser creadores de belleza, realidades que a la IA no solo “le quedan grandes” sino que, simplemente, están fuera de su campo cognoscitivo, pues van mucho más allá de la capacidad de comparación y relación de ingentes datos o la aplicación de refinados procedimientos estadísticos y probabilidades que caracteriza las máquinas basadas en inteligencia artificial.
La vida misma, continúa Piñeiro, nos lleva a hacer: comemos, nos relacionamos, crecemos, consumimos, transformamos el mundo en que estamos a partir de un guion determinado.
La naturaleza humana nos lleva a crear.
Una distinción que podríamos identificar como la que se encuentra entre dos verbos muy sugerentes: hacer y obrar. Diferencia que, para lo que interesa mostrar en esta nota, también podría decirse como la distinción que hay entre ejecutar y crear. Y, abusando un poco de la comparación, entre la tarea de la IA como ejecutora y la de los seres humanos en el campo de la creación de nuevas realidades. Como fuentes de origen.
Un privilegio humano, poco conocido, pero no por eso menos real, es la capacidad, la necesidad, de que cada uno viva su vida como suya. Una potencia que comienza a ejercerse cuando alguien decide qué hacer con su libertad, cómo vivir su vida. Que cobra vida cuando cada uno es artesano de su existencia.
Un tema que puede plantarse de distintas formas: propósito, sentido, significado, fin.. conceptos que intentan responder a una pregunta fundamental (de esas que pocos se atreven a hacerse): ¿para qué vivo? O, introduciendo algunos matices: ¿Estoy aquí, en el mundo, para algo?
Una cuestión que no trata tanto del porqué, como cuestión de origen, sino del para qué, como meta a la que dirigirse. Una pregunta que, a fin de cuentas, cobra su mayor significado cuando el pronombre dentro del interrogante cambia y se convierte en ¿para quién vivo?
De hecho, es una experiencia común que las iniciativas culturales que hay, y que tienen claramente un valor humano añadido tanto en su origen como en su ejecución, como las de ámbitos relacionados con el medio ambiente, la educación, la investigación, la religión, la historia, etc., cuentan con un guionista -un fundador- que ayuda a los protagonistas -los agentes- que las hacen realidad y las sacan adelante, y que despliegan en el tiempo todas sus potencialidades.
Tienen un creador que supo encontrar respuesta a ese ¿para quién? Porque fue capaz de trascender su tiempo y mirar donde los demás solo veían oscuridad. Caminar y crear camino donde sus contemporáneos solo veían muros. Ser original y originario.
La pregunta que solo nosotros, los seres humanos, podemos hacernos (con el propósito de “aterrizar” lo que venimos diciendo) y que la IA no puede “ni soñar” hacerse, es, entonces ¿y yo, quién sería, si dejara de imitar?
Ingeniero/@carlosmayorare
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