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Hay más con nosotros

Lo maravilloso es que el ejército celestial no apareció cuando el criado comenzó a verlo. Ya estaba allí. Su incapacidad para contemplarlo no significaba su inexistencia

Jaime Ramírez Ortega

«No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos…» (2 Reyes 6:16). Hay relatos bíblicos que, aunque ocurrieron hace miles de años y en geografías muy distintas a la nuestra, describen con sorprendente precisión algunas experiencias humanas que nunca cambian. Uno de ellos se encuentra en 2 Reyes 6:8-23, durante el ministerio del profeta Eliseo, cuando Siria se encontraba en conflicto con Israel y su rey preparaba movimientos militares para sorprender al pueblo. Aquellas estrategias parecían cuidadosamente reservadas, pero fracasaban una tras otra porque Dios revelaba a Eliseo lo que se estaba preparando y el profeta advertía oportunamente al rey de Israel.

El monarca sirio llegó a pensar que existía un informante dentro de sus propias filas, hasta que uno de sus servidores le explicó: «El profeta Eliseo, que está en Israel, declara al rey de Israel las palabras que tú hablas en tu cámara más secreta». Aquella declaración establece desde el comienzo la gran verdad teológica del relato: para Dios no existen cámaras secretas. Los hombres podemos cerrar puertas, bajar la voz, esconder intenciones y construir nuestros planes lejos de la mirada ajena; pero «no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia» (Hebreos 4:13).


La omnisciencia divina significa precisamente eso: Dios no obtiene información, Dios conoce; no descubre acontecimientos después de ocurridos, sino que contempla perfectamente aquello que para nosotros permanece oculto. El rey de Siria, irritado por aquella situación, preguntó dónde estaba Eliseo y, cuando supo que se encontraba en Dotán, envió gente de a caballo, y carros, y un gran ejército. Llegaron durante la noche y rodearon la ciudad. La escena resulta impresionante por su desproporción: prácticamente un ejército contra un profeta.

Pero la historia humana demuestra que algunas veces se movilizan enormes recursos para combatir una voz que simplemente se niega a callar. Esto debe entenderse con prudencia: no toda oposición que recibimos significa que estamos siendo perseguidos por nuestra justicia, porque también podemos equivocarnos y necesitamos suficiente humildad para reconocerlo. Sin embargo, cuando un hombre ha examinado su conciencia, cuando procura caminar rectamente, cuando no está defendiendo corrupción, mentira ni intereses perversos, no debe permitir que la presión de otros lo obligue a abandonar sus principios. La verdad nunca ha dependido del número de personas que la apoyan. Los profetas lo aprendieron, los apóstoles lo vivieron y Cristo mismo enseñó que la fidelidad a Dios algunas veces tendría un costo. A la mañana siguiente, el criado de Eliseo salió y contempló el ejército que rodeaba la ciudad. Su reacción fue inevitablemente humana: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos?

Quizá esa pregunta nos resulte mucho más cercana de lo que pensamos. En nuestro querido El Salvador también hay personas que se levantan cada mañana haciendo, aunque, con otras palabras, exactamente la misma pregunta.

La hace la madre que abre la refrigeradora y comienza a calcular cómo hará rendir lo poco que queda hasta la próxima quincena. La hace el padre que sale antes de que amanezca, toma uno o dos buses, atraviesa media ciudad y trabaja todo el día procurando llevar el sustento a su casa. La hace la señora que enciende el comal desde temprano para vender pupusas y descubre al final de la jornada que vendió bastante, pero que también subieron los precios de los ingredientes. La hace el pequeño comerciante que baja la cortina de su negocio y, lápiz en mano, descubre que entre recibos, proveedores y compromisos apenas queda algo.

La hace el agricultor que mira hacia el cielo esperando que llueva cuando tiene que llover y que deje de llover cuando el exceso comienza a perjudicar la cosecha. Cambian los siglos, cambian los ejércitos, pero aquella pregunta continúa siendo profundamente humana: Señor, ¿qué haremos? Nuestro pueblo conoce bastante bien el significado de levantarse y seguir caminando. Hay algo profundamente salvadoreño en esa capacidad de hacer mucho con poco, de poner otra tortilla en la mesa cuando aparece inesperadamente una visita, de compartir café, aunque no sobre nada, de mandar una pequeña ayuda al familiar que está pasando dificultades.

Y de decir «primero Dios», antes de comenzar una empresa cuyo resultado todavía desconocemos. Algunas de esas expresiones forman parte de nuestro folclor cotidiano, pero detrás de ellas existe también una realidad mucho más seria: somos una sociedad donde muchas familias han aprendido a sobrevivir atravesando pérdidas, separaciones, migraciones, desempleo, enfermedades, deudas y momentos de enorme incertidumbre. Hay hogares donde los abuelos terminaron criando nuevamente porque los padres tuvieron que marcharse; madres que administran con extraordinaria sabiduría recursos limitados; jóvenes que estudian y trabajan simultáneamente.

Profesionales que enviaron decenas de currículos antes de encontrar una oportunidad; comerciantes que comenzaron con una mesa, una hielera o unas cuantas cosas colocadas frente a su casa y, con años de esfuerzo, levantaron algo digno para sostener a sus familias. Es precisamente a ese salvadoreño que algunas veces siente que la vida lo tiene rodeado a quien la historia de Eliseo tiene algo que decir. Eliseo no negó la existencia del ejército. Los soldados estaban allí, los caballos eran reales y el peligro también. La fe bíblica jamás exige negar las circunstancias. Decirle a una persona endeudada que simplemente “declare que no tiene deuda” no es fe; decirle al enfermo que ignore su condición tampoco lo es.

El cristianismo no convierte la realidad en fantasía. La diferencia entre Eliseo y su criado consistía en que ambos observaban el mismo problema, pero solamente uno comprendía toda la escena. El criado podía ver Siria; Eliseo conocía al Dios de Israel. Uno contaba soldados; el otro descansaba en la soberanía divina. Por eso respondió: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos”. Aquello no era pensamiento positivo ni autosugestión religiosa. Eliseo no estaba diciendo “todo saldrá bien” porque necesitara tranquilizar al muchacho; estaba afirmando una realidad teológica: ningún poder creado puede colocarse fuera del gobierno soberano del Creador.

Entonces pronunció una oración extraordinaria: «Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea». Dios abrió los ojos del criado y este descubrió que «el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo». Lo maravilloso es que el ejército celestial no apareció cuando el criado comenzó a verlo. Ya estaba allí. Su incapacidad para contemplarlo no significaba su inexistencia. Aquí encontramos una de las lecciones más consoladoras acerca de la providencia: Dios puede estar obrando precisamente cuando nosotros pensamos que no está sucediendo nada.

El cielo puede parecer silencioso sin estar inactivo. Hay oraciones cuya respuesta todavía no podemos identificar, puertas que Dios está preparando mientras lamentamos las que se cerraron y circunstancias cuyo propósito solamente comprenderemos cuando haya transcurrido suficiente tiempo para mirar hacia atrás. Cuántos salvadoreños podrían contar historias semejantes. Aquella oportunidad que parecía perdida terminó abriendo otra mejor; aquel negocio que comenzó humildemente sostuvo después a toda una familia; aquel muchacho que caminaba kilómetros para estudiar terminó graduándose.

Aquella mujer que vendía comida para pagar la educación de sus hijos un día los vio convertirse en profesionales. No afirmo que todos los relatos humanos tendrán necesariamente ese desenlace, porque la Biblia no nos autoriza a prometer prosperidad automática. Hay historias dolorosas y pérdidas que dejan cicatrices para toda la vida. José conoció la cárcel siendo inocente; Job perdió prácticamente todo; David tuvo que esconderse en cuevas; Jeremías terminó dentro de una cisterna y Pablo conoció azotes, prisiones, naufragios y abandono. La protección de Dios nunca significó ausencia de sufrimiento; significa que el sufrimiento tampoco queda fuera de su soberanía. Esa diferencia protege nuestra fe de convertirse en superstición.

También nosotros atravesamos esos pequeños Dotanes cotidianos. El hombre que lleva meses buscando empleo puede sentirse rodeado. La familia que recibe un diagnóstico médico inesperado puede sentirse rodeada. El joven que intenta estudiar mientras trabaja puede sentirse rodeado. El matrimonio que procura salvar su hogar en medio de dificultades puede sentirse rodeado. El adulto mayor que mira una pensión insuficiente frente a necesidades crecientes puede sentirse rodeado. Quien ha sido injustamente señalado, quien perdió un negocio, quien atraviesa un duelo, quien espera una oportunidad que no llega o quien tiene familiares lejos conoce perfectamente esa sensación.

Algunas batallas hacen ruido; otras ocurren silenciosamente detrás de la puerta de una casa mientras afuera todos piensan que la familia está bien. Por eso Isaías 54:17 adquiere una fuerza especial cuando declara: «Ninguna arma forjada contra ti prosperará». Observe que Dios no promete que jamás se forjarán armas. Algunas se forjarán. Habrá dificultades, oposición, palabras injustas, puertas cerradas y circunstancias que no podremos controlar. Pero existe una enorme diferencia entre forjar un arma y lograr que esa arma pueda frustrar finalmente el propósito soberano de Dios. José constituye el ejemplo perfecto. Sus hermanos lo vendieron y actuaron perversamente, pero años después pudo decirles: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).

El texto no transforma el mal en bien ni absuelve a quienes actuaron incorrectamente; enseña algo superior: la maldad humana nunca alcanza suficiente poder para destronar la providencia divina. Eso debería producir en nosotros una fe serena, no arrogante. El creyente no necesita caminar por la vida creyéndose invencible ni tratando como enemigo a cualquiera que piense diferente. Tampoco necesita convertir cada desacuerdo en una guerra espiritual. Debemos examinarnos, corregirnos cuando corresponda, pedir perdón cuando hayamos fallado y mantener un espíritu humilde.

Pero después de hacer ese examen, si nuestra conciencia permanece limpia y estamos procurando hacer lo correcto, no debemos vivir aterrorizados. Que hablen quienes quieran hablar. Que las criaturas acostumbradas al pantano se incomoden cuando aparece la luz y que los insectos de las tinieblas salgan de sus escondites cuando la verdad los perturbe. La luz no necesita meterse al lodo para demostrar que sigue siendo luz. Algunas batallas se ganan precisamente negándonos a convertirnos en aquello contra lo cual estamos luchando.

Quizá por eso la oración más necesaria para nuestro pueblo no sea solamente «Señor, quita nuestros problemas», sino la oración de Eliseo: «Señor, abre nuestros ojos para que veamos». Abre los ojos de la madre preocupada para que encuentre fuerzas para continuar; los del padre cansado para que recuerde por quién está luchando; los del joven que piensa que no tiene futuro para que descubra que una temporada difícil no constituye toda su historia; los del comerciante que comienza nuevamente después de una pérdida; los del anciano que teme haber quedado olvidado; los de quien atraviesa una enfermedad y necesita entender que su dignidad no depende de su condición física; los de aquellos que han llorado silenciosamente mientras los demás pensaban que todo marchaba perfectamente.

El Salvador ha pasado por suficientes dificultades para saber que la esperanza no es un lujo. Desde nuestras ciudades congestionadas hasta nuestros cantones; desde quien abre temprano su puesto en el mercado hasta quien se pone una corbata para ir a una oficina; desde el agricultor que trabaja la tierra hasta la señora que prepara pupusas frente a un comal encendido; desde quien recibe una remesa hasta quien hace enormes sacrificios lejos de su tierra para enviarla, todos conocemos de alguna manera la incertidumbre del mañana. Sin embargo, precisamente allí la Palabra de Dios nos recuerda que nuestra seguridad última jamás estuvo en la ausencia de problemas. Nuestra esperanza está en la presencia de Dios en medio de ellos.

Así que cuando la vida parezca rodearlo, recuerde Dotán. Cuando abra la cartera y los números no cuadren, recuerde Dotán. Cuando el médico diga algo que usted no esperaba, recuerde Dotán. Cuando una puerta se cierre, cuando alguien lo decepcione, cuando el trabajo no aparezca, cuando el negocio atraviese dificultades o cuando la madrugada lo encuentre despierto pensando cómo resolverá el día siguiente, recuerde Dotán. No para negar el problema, sino para colocarlo en su verdadera dimensión. Los sirios eran muchos, pero Dios seguía siendo Dios. Los soldados estaban allí, pero también estaban los carros de fuego.

El criado pensaba que estaba abandonado porque solamente podía contar aquello que veía. Tal vez hoy usted tampoco necesita que desaparezcan inmediatamente todos sus problemas. Quizá necesita primero que Dios abra sus ojos. Porque algunas veces descubriremos que aquella noche en que pensamos estar completamente solos, el monte ya estaba lleno de carros de fuego.

Abogado y teólogo.

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