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Gobernanza corporativa o captura estatal: el espejo de Anthropic y la IA soberana

El conflicto que hoy rodea a Anthropic y al Gobierno de los Estados Unidos es un síntoma, no la enfermedad. Si permitimos que el destino de la inteligencia artificial de frontera se decida únicamente en los tribunales de Washington o en los despachos de seguridad nacional de las superpotencias, la brecha global se volverá insalvable

El panorama de la inteligencia artificial de frontera —es decir, los sistemas más avanzados que hoy se construyen en los principales laboratorios del mundo— ha dejado de ser una disputa exclusivamente técnica o corporativa para convertirse en un tablero de alta tensión político-institucional.

Recientemente, los reflectores se han posado sobre la situación legal y operativa de Anthropic. Esta compañía, nacida bajo la promesa fundacional de ser una alternativa “segura, constitucional y orientada al bienestar humano”, se encuentra hoy en medio de litigios y presiones que evidencian una realidad ineludible: el choque frontal entre el avance exponencial de la tecnología y las estructuras tradicionales de poder.


Lejos de lo que dictan los análisis simplistas, el nudo gordiano de esta situación no radica en atacar las políticas regulatorias de los gobiernos ni en asumir una defensa corporativa de los laboratorios tecnológicos. Centrar el debate en la pugna entre dos actores aislados —como una empresa y el aparato estatal estadounidense— sería un error de perspectiva. Estamos ante una tensión de naturaleza sistémica que exige, de manera urgente, ser abordada y resuelta a nivel global, y no bajo el dictado unilateral de los intereses de una superpotencia o el criterio cerrado de un directorio en Silicon Valley.

La paradoja es profunda. Anthropic no es una víctima ciega del entorno; por el contrario, ella misma ha alertado de forma reiterada sobre el poder sin precedentes de los modelos que está desarrollando. Existe una autoconciencia plena dentro de sus laboratorios de que lo que se gesta en sus servidores no es un software más, sino un catalizador capaz de reconfigurar la economía, la cultura y la geopolítica global.

Sin embargo, la conciencia no basta cuando las reglas del juego carecen de un diseño institucional adecuado. La trayectoria reciente de Anthropic constituye un manual sobre la fragilidad de las salvaguardas éticas frente al poder estatal. Tras cerrar en agosto de 2025 un litigio masivo por derechos de autor mediante un acuerdo de mil quinientos millones de dólares, el laboratorio enfrenta ahora un escenario más complejo: la presión del Departamento de Defensa de Estados Unidos para incorporar usos militares sin las restricciones que había definido como límites éticos infranqueables. Ante su negativa a aceptar cláusulas de uso “para cualquier fin lícito” —que habrían habilitado armas autónomas letales y vigilancia doméstica masiva—, el Pentágono respondió en febrero de 2026 designándola como “riesgo de cadena de suministro” para la seguridad nacional. Es la primera vez que una compañía estadounidense recibe esa designación, reservada hasta entonces para adversarios extranjeros.

Aquí es donde se revela la tesis central de este momento histórico: el estado o la entidad que maneje físicamente el modelo será quien, en última instancia, determinará la calidad de su uso. La tecnología avanzada como la que estamos presenciando a nivel corporativo no posee neutralidad intrínseca cuando se ejecuta en el mundo real; su dirección depende enteramente del estado de quien controla los centros de datos, la energía y las llaves de acceso. Si un gobierno logra someter a un laboratorio bajo el argumento de la competencia geopolítica, las salvaguardas éticas que el laboratorio había definido como límites propios pierden su fuerza frente a los imperativos del Estado. Esas salvaguardas no están “atadas” al algoritmo: dependen, en última instancia, de quien controla la infraestructura.

Un ejemplo concreto se ha vuelto drásticamente tangible. El pasado 12 de junio, el Departamento de Comercio de Estados Unidos impuso controles de exportación sobre los modelos más avanzados de Anthropic —Fable 5 y Mythos 5—, restringiendo su acceso a usuarios extranjeros bajo argumento de seguridad nacional. La empresa, para cumplir con la directiva, suspendió todo acceso a estos modelos. El gesto es inequívoco: la potencia que aloja físicamente la infraestructura no necesita capturar formalmente al laboratorio para determinar quién accede a sus capacidades. Basta una decisión administrativa para que millones de usuarios en América Latina, África y Asia queden, de un día para otro, fuera de la frontera tecnológica. Esa es la lógica que las economías emergentes deben asumir como punto de partida de cualquier estrategia digital seria.

Lamentablemente, el orden global actual no cuenta con los instrumentos operativos ni las instituciones multilaterales capaces de contener o canalizar este fenómeno. Nos encontramos en un vacío normativo peligroso.

Es precisamente ante este escenario de vulnerabilidad que he insistido en la necesidad de cambiar el paradigma de gobernanza. Aunque la arquitectura operativa a nivel de infraestructura global sigue siendo un desafío pendiente por desarrollar, la base conceptual y los principios rectores ya se encuentran descritos en la Constitución de Soberanía Ética: Marco de Gobernanza para la Transición AGI (Inteligencia Artificial General) – ASI (Superinteligencia), que tuve la oportunidad de registrar ante la CNR de El Salvador en marzo de 2026. Este documento no nace como una propuesta regulatoria punitiva o temerosa, sino como un mapa de navegación que busca devolver la autonomía a las sociedades frente a la asimilación silenciosa de los sistemas avanzados por parte de los grandes polos de poder.

En este contexto, la posición asumida por la Iglesia Católica en la voz del Papa Leo XIV adquiere especial significación. Su encíclica Magnifica Humanitas, presentada el 25 de mayo pasado con la presencia de un cofundador de Anthropic, llama explícitamente a “desarmar” la inteligencia artificial, denuncia su uso bélico y alerta sobre el surgimiento de nuevas formas de servidumbre digital. Por primera vez en décadas, una autoridad moral global del peso del Papado coloca el debate sobre inteligencia artificial en el plano de la dignidad humana, y no de la competitividad geopolítica. Para las democracias frágiles del Sur, esa voz constituye una legitimación importante para resistir presiones que se presentan, casi siempre, como inevitables.

Afortunadamente, frente al riesgo de este feudalismo tecnológico, surgen respuestas tangibles que demuestran que es posible construir una alternativa soberana. El lanzamiento de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial de El Salvador marca un hito en este sentido, al proponer una hoja de ruta que prioriza la institucionalidad, la formación de talento y la gobernanza pública. Esta visión macro encuentra su correlato práctico e inmediato en el despliegue de Nemotron-Personas El Salvador, una iniciativa que, como analicé en mi columna anterior, tiene el potencial de transformar las reglas de participación en la nueva economía digital.

La convergencia de estas dos iniciativas locales demuestra que las economías emergentes no tienen por qué ser meras espectadoras o consumidoras pasivas. Al impulsar el desarrollo de capacidades propias a partir de perfiles estadísticos y datos sintéticos estructurados bajo licencias abiertas, se establece un contraejemplo contundente frente a la centralización: es perfectamente viable innovar resguardando la privacidad de los ciudadanos desde el diseño y bajo la premisa irrenunciable de “datos propios para decisiones propias”.

El conflicto que hoy rodea a Anthropic y al Gobierno de los Estados Unidos es un síntoma, no la enfermedad. Si permitimos que el destino de la inteligencia artificial de frontera se decida únicamente en los tribunales de Washington o en los despachos de seguridad nacional de las superpotencias, la brecha global se volverá insalvable.

Resolver esta tensión exige el diseño de una arquitectura ética internacional descentralizada. Los pasos que el país ha dado nos recuerdan que, mediante la claridad institucional y el empoderamiento local, la inteligencia artificial puede ser un motor de desarrollo equitativo y pertinente, y no el instrumento definitivo de una nueva era de subordinación global.

Dra. Mireya Rodríguez

Experta en gobernanza ética y transformación digital

CEO de VORTEX AI SOLUTIONS S.A. de C.V.

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