El juez, en su investidura, se convierte en la voz de la ley y en el eco de la justicia, llamado a resolver controversias donde chocan pasiones humanas.
El juez, en su investidura, se convierte en la voz de la ley y en el eco de la justicia, llamado a resolver controversias donde chocan pasiones humanas.
El ejercicio de la judicatura ha sido históricamente uno de los oficios más sublimes y a la vez más arduos que el hombre puede desempeñar.
El juez, en su investidura, se convierte en la voz de la ley y en el eco de la justicia, llamado a resolver controversias donde chocan pasiones humanas, intereses contrapuestos y derechos vulnerados.
En este horizonte, la figura del Juez Frank Caprio se erige como un ejemplo notable de lo que la doctrina jurídica denomina “magistrado íntegro”: fue un juez y político estadounidense que se desempeñó como juez principal del tribunal municipal de Providence, Rhode Island, y presidente de la Junta de Gobernadores de Rhode Island para la Educación Superior.
La bondad, entendida no como un sentimentalismo ingenuo, sino como una disposición ética hacia la equidad y la compasión, constituye un pilar en el desempeño judicial.
El juez Caprio mostró en sus resoluciones una capacidad singular para comprender las condiciones humanas que subyacen a los procesos que conoció. No se trataba, por supuesto, de abdicar de la letra de la ley, sino de recordar que el derecho, como enseñaba Rudolf von Ihering, es también una lucha por la justicia, y esta no puede ser alcanzada si se prescinde de la humanidad.
Un ejemplo inolvidable de esta virtud fue el caso de un anciano acusado de conducir a exceso de velocidad. Cuando el Juez Caprio le preguntó la razón de su infracción, el hombre, con voz entrecortada, reveló que su hijo padecía un cáncer terminal y que corría al hospital para poder atenderlo. Frente a esa confesión, el juez se encontró en la frontera donde la letra estricta de la ley puede convertirse en crueldad si no se matiza con humanidad.
La resolución de Caprio fue tan sencilla como trascendente: absolvió al anciano, reconociendo que la vida y la compasión se colocan por encima del rigor ciego de la norma.
Ese fallo quedó grabado en la memoria colectiva como uno de los mayores testimonios de bondad en la judicatura moderna.
En los últimos días del Juez Caprio, mientras luchaba contra el cáncer de páncreas que finalmente le arrebató la vida el 20 de agosto de 2025, el juez llamó a sus propios hijos y les pidió que nunca olvidaran aquel caso. Les rogó que apoyaran al hijo del anciano que había quedado huérfano, que lo cuidaran y le brindaran ayuda como un gesto de continuidad de la bondad que había inspirado su propia carrera judicial.
De esta manera, Caprio no solo impartió justicia en el tribunal, sino que extendió su sentencia más allá de su propia muerte: la sentencia de la misericordia y la solidaridad. Ese último deseo revela la esencia de su filosofía judicial: la justicia no es un acto frío que termina en el estrado, sino una semilla de humanidad que se perpetúa en la sociedad.
La otra virtud que caracterizó a este juez fue el juicio recto, expresión que la doctrina clásica identifica con la imparcialidad, la racionalidad y la prudencia.
Ulpiano, al definir la justicia como “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Con ello señalaba implícitamente la necesidad de un juicio equilibrado, que no se incline por intereses externos, presiones mediáticas o favores políticos.
El Juez Caprio dio muestras de ese juicio recto en casos complejos, donde la presión social empujaba a fallar en una dirección, pero donde la ley y la justicia demandaban otro camino.
La verdadera grandeza judicial radica en esa capacidad de sostenerse en la imparcialidad, aunque el precio fuera la incomprensión. A primera vista, bondad y juicio recto parecen virtudes contrapuestas.
Dado que la bondad puede inclinar a la clemencia, mientras que la rectitud obliga a la firmeza. Sin embargo, en la praxis judicial ambas virtudes se complementan. La bondad humaniza la sentencia; el juicio recto la legitima. Un juez que solo se guía por la bondad corre el riesgo de relativizar la norma; aquel que solo ejerce rectitud puede caer en un legalismo frío e insensible.
El equilibrio que demostró el Juez Caprio entre estas dos virtudes constituye, precisamente, el ideal al que debe aspirar la judicatura: ni un juez de piedra que ignora la condición humana, ni un juez de corazón blando que desconoce el imperio de la ley.
La doctrina de la justicia desde Aristóteles hasta Ronald Dworkin ha insistido en la necesidad de que el juez no se limite a aplicar mecánicamente la ley, sino que interprete y valore en función de los principios superiores del ordenamiento. Aristóteles hablaba de la epieikeia, la equidad como corrección de la ley cuando esta, por su generalidad, conduce a resultados injustos. Dworkin, en el siglo XX, afirmó que el juez debía decidir “como si estuviera construyendo la mejor teoría de derecho y justicia que justifique la práctica jurídica en su conjunto”.
El Juez Caprio parecía beber de estas fuentes doctrinales, al resolver no solo con el código en la mano, sino con la conciencia iluminada por principios de justicia material. Esa conjunción de teoría y praxis lo convirtió en un referente para la judicatura contemporánea.
La Palabra de Dios nos recuerda el alto estándar que se espera de todo juez. El profeta Miqueas pregunta: “¿Qué pide Jehová de ti? Solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8). Este versículo, de profunda carga moral y espiritual, sintetiza con elocuencia las virtudes que aquí hemos analizado.
La justicia como juicio recto, la misericordia como bondad, y la humildad como recordatorio de que ningún juez es dueño absoluto de la verdad, sino administrador de un don que le ha sido confiado. El Juez Frank Caprio, en su ejercicio judicial y en su testamento de vida, encarnó esa tríada de valores: hacer justicia sin parcialidad, amar la bondad en sus resoluciones y caminar con la humildad de saberse servidor del pueblo y no dueño de los destinos ajenos.
El Salvador necesita jueces como Caprio, capaces de dictar sentencias donde la letra de la ley se armonice con el espíritu de la justicia. La bondad sin rectitud se convierte en debilidad; la rectitud sin bondad, en tiranía. Solo quien une ambas virtudes puede impartir justicia que pacifique y reconcilie.
El juez Frank Carpio murió el 20 de agosto de 2025 a los 88 años, víctima de un cáncer de páncreas. Pero incluso desde su lecho de muerte, enseñó que la justicia no termina con la última sentencia dictada, sino que se prolonga en las obras de amor y misericordia que deja tras de sí.
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