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Fracasos que enseñan

Recientemente se publicó una investigación que echó por tierra la ilusión depositada en una serie de fármacos para el tratamiento del Alzheimer. En esta enfermedad se forman en el cerebro unas placas proteicas conocidas como amiloides, que se asume están relacionadas con el deterioro cognitivo característico de los pacientes.

En los círculos científicos siempre es motivo de gran entusiasmo enterarse de nuevos descubrimientos. Un hallazgo prometedor genera muchas expectativas y conduce a la ilusión de que determinado problema va en camino de solucionarse. En profesiones fuertemente sustentadas en las ciencias, como la medicina, los descubrimientos innovadores promueven la esperanza de que un problema de salud o una enfermedad de naturaleza complicada tenga solución.

A los médicos nos llena de satisfacción saber, por ejemplo, que se ha descubierto una molécula que ofrece esperanza en el tratamiento de alguna enfermedad de difícil manejo. Afortunadamente, en el curso de nuestras carreras, estas satisfacciones son frecuentes, pues las ciencias médicas progresan a un ritmo muy rápido. Pero no todo es color de rosa y nada resulta sencillo.

A veces, descubrimientos que prometían mucho terminan en nada, y no es raro que en la investigación científica se fracase. Esto ocurre simplemente porque los seres humanos no somos adivinos. Seguir un camino que resulta incorrecto, establecer una falsa premisa y muchos otros factores pueden llevar al error. Incluso intervienen aspectos emocionales: cuesta aceptar un error, y hacerlo demuestra gran valentía.

En las publicaciones médicas, por ejemplo, abundan investigaciones que informan sobre medicamentos eficaces en el tratamiento de enfermedades. No hay problema con eso. El problema es que también existen muchas investigaciones que demuestran que un determinado medicamento no produce los efectos esperados, y esas investigaciones no se publican como deberían. Los éxitos se visibilizan más que los fracasos, y eso es negativo, pues la ciencia se nutre de ambos. Un fracaso es útil porque señala que se deben buscar otros caminos.

La tendencia a publicar estudios exitosos mientras los que fracasan se archivan es perjudicial para la ciencia. Hace ya mucho tiempo, Sigmund Freud publicó un artículo en el que señalaba los buenos resultados que había obtenido con la cocaína en el tratamiento de la depresión. Tiempo después se dio cuenta de que no solo no funcionaba, sino que era contraproducente y acarreaba riesgo de adicción. Tuvo la suficiente entereza moral y altura científica para reconocer su error.

Recientemente se publicó una investigación que echó por tierra la ilusión depositada en una serie de fármacos para el tratamiento del Alzheimer. En esta enfermedad se forman en el cerebro unas placas proteicas conocidas como amiloides, que se asume están relacionadas con el deterioro cognitivo característico de los pacientes. Se descubrió que un tipo de fármacos, llamados anticuerpos monoclonales antiamiloides, evita que estas se formen y crezcan. Muchos estudios indicaron la efectividad de estos medicamentos en ese mecanismo, y se pensó que el camino hacia un tratamiento innovador estaba trazado.

Sin embargo, el estudio aludido, liderado por el Dr. Francesco Nonino, realizado en Italia e incluyendo a más de veinte mil pacientes, demostró que el efecto sobre la inhibición de las placas amiloides no se correlacionaba con una mejoría clínica significativa.

Este estudio es un ejemplo de lo importante que es publicar resultados negativos, pues con ello se corrige el rumbo y se ahorran tiempo, esfuerzo y recursos. Así es la ciencia: avanza con aciertos y retrocesos, y estos últimos también impulsan el progreso.

Se cuenta que Thomas Edison falló más de mil veces antes de encontrar un diseño funcional para la bombilla eléctrica.

Médico Psiquiatra.

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