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Filosofarte/Entra en escena el actor de sí mismo

Las carpas coloridas  aparecen de la noche a la mañana en los predios baldíos o en el parque de diversiones. Y de igual manera desaparecen al día siguiente. Lo mismo ocurre en el drama, cuando se abre el telón de nuestra función y luego cae en el proscenio sobre la escena final.

El actor de sí mismo tuvo que actuar ante la audiencia su misma vida y su propio drama. Unas veces a solas, otras ante Dios y eventualmente ante las multitudes. En un punto determinado de nuestro existir comprendemos que no elegimos al nacer ni nombre, historia ni escenario. Eso fuimos, en verdad: actores de nosotros mismos. O en último caso de quienes creímos ser. Éramos, al fin, parte de la misma compañía de actores viajeros. Humanos y celestes, parte de la misma divinidad, miembros de su elenco de artistas. En la tragedia real fuimos también asesinos. No de hombres sino de sueños y aves de claridad. Inocentes gavinas del estero, indefensas cantoras del mar, alondras de sal del ensueño y la locura fueron asesinadas en el verso. O en la escena diaria del teatro del mundo. Fuimos autor, actor, escriba e intérprete a la vez, en la ilusoria escena de la realidad. Como todo lo pasajero y venial de un sueño, porque pasa inesperadamente de la misma forma que cuando llega. Como ocurre en la función teatral y los circos. Las carpas coloridas  aparecen de la noche a la mañana en los predios baldíos o en el parque de diversiones. Y de igual manera desaparecen al día siguiente. Lo mismo ocurre en el drama, cuando se abre el telón de nuestra función y luego cae en el proscenio sobre la escena final. (Libros Balaguer en librería UCA y La Ceiba)

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