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En el Día del Maestro

Todos recordamos a un maestro o maestra que marcó nuestra vida, ya fuera por su dominio de lo que enseñaba o, quizá mejor, por la pasión con que lo hacía

Carlos Gregorio López Bernal, historiador. Foto EDH / Mauro Arias

La fecha se presta para elogiar y reconocer los esfuerzos de los docentes. En todas las instituciones educativas, las autoridades habrán tenido un detalle hacia los miembros de su cuerpo docente. Desde una simple viñeta digital, alguna reunión para festejar o incluso reconocimientos a los maestros más destacados. Abundarán las palabras elogiosas. Qué bueno. Esta es una profesión sacrificada y de mucha responsabilidad. No escapa a las presiones de los cambios tecnológicos, digan si no los maestros del sistema público que trabajan en las escuelas donde se ejecuta el plan piloto de modernización en la plataforma “Aprendes”. Por sobre las modas y tendencias, la formación, actualización y compromiso del docente, sigue siendo determinante.

Y esto es así porque el “acto educativo” se concreta en el aula. Y ahí los actores determinantes son el profesor o profesora a cargo y sus estudiantes. No son los tecnócratas del currículo ni los fanáticos de las tecnologías, menos los ministros de educación los que enfrentan la realidad del aula, son los maestros y solo por esto merecen más consideración, especialmente aquellos que laboran en el sector público, siempre más expuestos a las ocurrencias ministeriales y a las exigencias burocráticas.


Aunque pocas veces son tomados en cuenta; son los maestros los responsables de la implementación de las políticas educativas. En nuestro medio el ejemplo más conocido de estas son las “reformas educativas”, las cuales han abundado. Algunas han sido simples ocurrencias de ministros que querían figurar en la historia. Otras fueron realmente esfuerzos sistemáticos por cambiar el sistema educativo.

Un elemento determinante en las capacidades de un sistema educativo es la calidad de la formación de los maestros. Este condicionamiento ya era reconocido a mediados del siglo XIX, cuando la escuela estaba a cargo de preceptores empíricos, que sin haber estudiado para maestros terminaban enseñando ya fuera por vocación o necesidad. Los resultados eran problemáticos. Había escuelas, casi siempre en ciudades importantes cuyos logros eran destacados en La Gaceta. Sin embargo, buscando con cuidado en el mismo periódico, los informes de los gobernadores departamentales dejaban ver los atrasos de la escuela en los pueblos y caseríos del interior. Dificultades para encontrar una persona que asumiera el cargo de preceptor, sea porque en el pueblo no había “personas con luces” o porque la paga era nada atractiva; que la municipalidad no “dotaba” a la escuela de mobiliario y útiles, o simplemente no tenía ingresos suficientes para pagar puntualmente al preceptor.

Gerardo Barrios vio que era necesario formar a los docentes. Práctico e impaciente como era, creó cuatro escuelas normales en las ciudades principales: San Salvador, Santa Ana, San Vicente y San Miguel, fueron las primeras que tuvo el país, y duraron tanto como duraron los sueños de Barrios. Cayeron con él. Es difícil saber cuál fue el impacto de esas normales. Ninguna sobrevivió a la guerra de 1863 y los alumnos más avanzados fueron destinados a diferentes localidades. El proyecto solo se retomó en 1874. De ahí en adelante, con altibajos frecuentes, las normales formaron a los maestros. A la par de los pocos graduados, seguían trabajando los “empíricos”, condición que se prolongó hasta la segunda mitad del siglo XX. Un rasgo destacable de las normales es que favorecieron la incorporación de la mujer a la docencia; no todas las graduadas la ejercían, pero todas salieron del espacio doméstico y se integraron a la esfera pública en diferentes actividades.

Hacia mediados del siglo XX se cayó en la cuenta de que era necesario diferenciar la educación rural y urbana partiendo de una pregunta cuasi de sentido común ¿necesita la misma educación un estudiante de la zona metropolitana a uno del área rural? Se crearon las escuelas normales rurales, una de las más interesantes fue la de Izalco que pretendía formar “un maestro capaz de promover un cambio de actitud en los habitantes de cantones y pueblo suburbanos, haciendo nacer en ellos… la necesidad de superar las condiciones adversas de postración y mejorar, de esa forma, su calidad de vida”. Estos maestros eran verdaderos líderes en sus comunidades y aparte de enseñar, promovían la organización local. Estas actitudes se forjaron desde la normal; buena parte de su infraestructura fue construida por los estudiantes. La experiencia fue tan rica que merece un artículo aparte.

Cuando iniciaba la reforma de 1968, había en el país al menos 66 escuelas normales; estas se dividían en públicas, privadas y mixtas, las últimas eran privadas, pero recibían subsidio estatal. Al parecer su calidad era muy baja, al menos así lo valoró el ministro Walter Béneke, que las cerró todas vía acuerdo ministerial. En su lugar creó la famosa normal Alberto Masferrer, ubicada en extenso campus en el valle de San Andrés. Al igual que en la normal de Izalco, la Masferrer tenía estudiantes de tiempo completo en modalidad de internos. Vivían en la Escuela y desarrollaban una amplia e intensa agenda de trabajo. Ahí se formaron también los “telemaestros” que trabajarían en la Televisión Educativa, que llegó a ser vista como el proyecto insignia de la reforma del 68. Se hizo un exigente proceso de selección, los escogidos revieron formación de tiempo completo, hasta que estuvieron listos para comenzar a grabar las tele-clases en los estudios de Santa Tecla. Se dotaron de televisores todas las escuelas que servían tercer ciclo, pues la TV educativa comenzó a operar en ese nivel y servía cinco asignaturas.

El principal mérito de esa modalidad fue estandarizar la enseñanza. Todos los estudiantes recibían la clase con uno de los mejores docentes del país; después el maestro en el aula aclaraba dudas, ampliaba el tema y orientaba las actividades prácticas, preestablecidas en el libro de trabajo.

Es que la TV educativa tenía tres pilares, la teleclase, el trabajo en aula y el libro de trabajo; estéticamente esos libros eran cuando menos feos. Impresos a una tinta en papel periódico, con una pasta de color que se desteñía a la primera semana de uso sino se forraba. Tenía la virtud de incluir ejercicios de aplicación en cada lección. El principal problema era la dificultad de los estudiantes para seguir el ritmo de la programación de contenidos; los resultados eran nefastos, especialmente en matemáticas y ciencias naturales. Una vez que un estudiante perdía el hilo, difícilmente se recuperaba. Quizá por eso la reforma incorporó la “promoción automática”, una medida remedial y temporal que se volvió permanente y que es causa de muchos problemas. Lastimosamente, no aprendemos de los errores del pasado. Se sigue creyendo que la tecnología es el vademécum a todas las necesidades educativas. Hoy día se apuesta irreflexivamente por lo digital; paradójicamente se dice que sigue el modelo finlandés, pero resulta que este país, que tiene uno de los mejores sistemas educativos del mundo, ha abandonado lo digital.

La reforma de 1968 murió de inanición; cuando se desencadenó la guerra civil, el ejército consumió ingentes recursos. Muchas escuelas del interior cerraron, entre ellas la normal Alberto Masferrer, cuyo amplio campus fue convertido en cuartel del tristemente célebre Batallón Atlacatl. Incapaz el Estado de asumir la formación de maestros, esta pasó a manos de las universidades privadas. Con mínimos controles y supervisión era lógico que la calidad de la formación decayera, con honrosas excepciones. Tan grave era el problema que en la posguerra el MINED debió intervenir, aumentando las exigencias. Muchos profesorados, universidades incluidas, debieron cerrar por no cumplir los mínimos requeridos.

Al margen de la pertinencia de las políticas educativas, de cómo hayan sido formados y de la manera en que los trate cada gobierno, son los profesores los que sostienen el sistema educativo. Todos recordamos a un maestro o maestra que marcó nuestra vida, ya fuera por su dominio de lo que enseñaba o, quizá mejor, por la pasión con que lo hacía. Casos así se encuentran desde la escuela primaria a la universidad. Algunos maestros han sido decisivos para que un joven construya lo que hoy llaman proyecto de vida. Toda profesión produce satisfacciones; las de la docencia tienen un plus porque tratan de vidas realizadas. Y todos tenemos algo que agradecer a un maestro. Agradezco a los míos; espero no haber defraudado sus expectativas.

Historiador, Universidad de El Salvador

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