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El prestigio del cinismo

Qué curiosa evolución cultural. Pasamos siglos enseñando que la bondad era una virtud y apenas nos tomó unas décadas convertirla en un defecto de personalidad. Hoy el verdadero prestigio no lo tiene la bondad, lo tiene el cinismo.

ALEJANDRA GAVIDIA, COLUMNISTA DE EL DIARIO DE HOY thumbnail

La bondad tiene un problema de imagen. No porque haya desaparecido; al contrario: sigue ahí, silenciosa, haciendo favores, devolviendo billeteras, cuidando enfermos y escuchando amigos a las once de la noche. Su problema es otro; ya no inspira admiración, inspira sospecha.

Si alguien ayuda demasiado, “algo quiere”. Si perdona, “le falta carácter”. Si sonríe mucho, “seguro es falso”. Si confía en los demás, “qué ingenuo”. Y si, contra todo pronóstico, sigue creyendo que vale la pena hacer lo correcto, aunque nadie lo esté mirando, el diagnóstico llega sin necesidad de exámenes clínicos: “A este se lo van a comer vivo”.


Qué curiosa evolución cultural. Pasamos siglos enseñando que la bondad era una virtud y apenas nos tomó unas décadas convertirla en un defecto de personalidad. Hoy el verdadero prestigio no lo tiene la bondad, lo tiene el cinismo.

El cínico siempre parece el más inteligente de la conversación. Es el primero en detectar intereses ocultos y el que encuentra una estrategia detrás de cualquier gesto amable. Sospechar se volvió sinónimo de lucidez. Confiar, en cambio, empezó a parecer una discapacidad intelectual.

Lo más interesante es que no solemos decir que alguien es “demasiado honesto”, “demasiado justo” o “demasiado valiente”. Solo la bondad parece tener un punto a partir del cual deja de ser una virtud para convertirse en motivo de preocupación.

Pocas frases revelan tanto sobre nosotros como: “es demasiado bueno”. No hablan de la persona bondadosa, hablan del mundo que creemos habitar. Un mundo donde la astucia parece más útil que la decencia y donde la desconfianza se interpreta como una prueba de inteligencia.

Quizá por eso vivimos celebrando al que “no se deja ver la cara”, como si la mayor aspiración humana fuera graduarse de experto en sospechas. Nos encanta el personaje que entra a una habitación convencido de que todos tienen una agenda oculta. Le llamamos vivo, avispado, colmilludo. Al otro, al que todavía presta un libro sin pedir garantía, al que ayuda sin convertir el favor en una deuda emocional, al que cree que no toda conversación es una negociación, lo miramos con una mezcla de ternura y lástima.

Es curioso: admiramos a quienes saben aprovecharse del sistema, pero sentimos compasión por quienes todavía intentan mejorarlo.

Tal vez por eso la bondad resulta tan incómoda. Porque pone en evidencia algo que preferimos no preguntarnos: si alguien puede actuar correctamente sin obtener un beneficio, entonces nosotros también podríamos hacerlo. Y esa posibilidad pesa mucho más que cualquier teoría sobre la maldad humana.

Porque confiar implica aceptar la posibilidad de ser decepcionado. Ayudar implica aceptar que alguien puede aprovecharse. Perdonar implica renunciar al placer, tan rentable en estos tiempos, de coleccionar enemigos.

Pero la bondad no consiste en dejarse humillar ni en aceptar cualquier abuso. Poner límites también es una forma de respeto. Decir “no” también puede ser un acto de amor propio. Confundir bondad con ingenuidad es tan absurdo como confundir firmeza con crueldad.

Pero hemos simplificado tanto las cosas que pareciera existir una sola regla: si eres bueno, es porque todavía no entiendes cómo funciona el mundo. Yo sospecho exactamente lo contrario.

Ser cínico es extraordinariamente fácil. Basta con esperar siempre lo peor. Así, cualquier decepción confirma nuestra inteligencia y cualquier gesto noble se archiva como una excepción estadística. Es una filosofía muy cómoda: nunca exige rectificar, nunca obliga a confiar y casi siempre encuentra una forma elegante de decir “te lo dije”.

Lo difícil es conocer perfectamente de qué es capaz la gente y, aun así, decidir no responder al mundo con la misma dureza. Eso no es ingenuidad, es carácter.

Porque cualquiera puede endurecerse después de una decepción. Lo excepcional es conservar la capacidad de ser generoso sin dejar de ser prudente; de poner límites sin perder la amabilidad; de entender cómo funciona el mundo sin permitir que el mundo decida por completo quién queremos ser.

Tal vez el verdadero triunfo del cinismo no haya sido convencernos de desconfiar de los malos. Eso siempre fue sensato. Su mayor victoria fue lograr que empezáramos a desconfiar también de los buenos.

Y una sociedad que convierte la bondad en motivo de sospecha no necesariamente se vuelve más inteligente. Solo se vuelve más triste.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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