Light
Dark

El mito del conejo malo: más que un show de medio tiempo

Frente a esas narrativas, Bad Bunny ofreció otra: «Seguimos aquí». No fue resistencia ni nacionalismo, sino afirmación de pertenencia.

El Super Bowl LX no fue únicamente un partido de fútbol americano ni un espectáculo de entretenimiento global. Fue, como tantas veces ocurre, un escenario político y cultural. El protagonista del show de medio tiempo, Bad Bunny, convirtió su presentación en un acto performativo que reconfiguró la noción de «América» y abrió un debate sobre el poder del lenguaje y los mitos modernos.

Para comprender la fuerza del mensaje de Bad Bunny es necesario situarlo en relación con otros relatos que hoy disputan el significado de «América». El escenario del Super Bowl no es un espacio neutro: allí convergen narrativas políticas y culturales que buscan definir identidad y pertenencia. Por eso resulta pertinente contrastar la propuesta del Conejo Malo con dos discursos dominantes en la arena pública estadounidense: el mito de la grandeza perdida del movimiento MAGA y el mito emancipador del lenguaje WOKE. Solo al ponerlos en diálogo se revela la singularidad de la afirmación continental que Bad Bunny llevó al escenario, que no dejó de ser también la narración de un mito.

MAGA: la nostalgia imprecisa

El movimiento «Make America Great Again» se sostiene en una idea vaga de grandeza perdida. ¿Qué época, qué valores, qué logros? La ambigüedad es su fuerza: moviliza emociones sin necesidad de precisión. Es un lenguaje tribal, cohesivo, que convoca a la acción colectiva desde la nostalgia. Pero también es un mito: el paraíso perdido arrebatado por fuerzas externas, que invisibiliza la diversidad y la violencia histórica en la construcción de Estados Unidos.

WOKE: la normatividad punitiva

El discurso WOKE se presenta como emancipador y universal, pero en la práctica puede derivar en exclusión. La equidad se convierte en regla estricta: quien no se ajusta es señalado, reeducado o cancelado. Es un mito de justicia global que, sin embargo, oculta tensiones internas y dinámicas de poder. Su fuerza simbólica reside en legitimar un nuevo orden bajo la bandera de inclusión, aunque pueda terminar siendo coercitivo.

Bad Bunny: pertenencia continental

Frente a esas narrativas, Bad Bunny ofreció otra: «Seguimos aquí». No fue resistencia ni nacionalismo, sino afirmación de pertenencia. América no es solo Estados Unidos ni un campo de batalla entre MAGA y WOKE. América es un continente plural, desde Bluefields hasta Tierra del Fuego, incluyendo las Antillas. El uso del español en el escenario más visto del mundo fue suficiente para crear un acto de inclusión. Aunque muchos espectadores entendieron apenas unas palabras, y no me refiero a los angloparlantes, el efecto performativo fue enorme: el significado estaba en el uso, no en la traducción literal.

El terrorismo semántico

Los medios intentaron resignificar el mensaje de Bad Bunny como resistencia, porque necesitan encajar todo discurso en categorías de confrontación. Aquí aparece el concepto de «terrorismo semántico»: la manipulación del lenguaje para fragmentar y confundir. El peligro está en aceptar esa traducción sin crítica, alimentando tribalismos que dividen en lugar de construir.

Este fenómeno conecta directamente con lo que he denominado globalismo semántico: una estrategia más amplia de control del lenguaje como herramienta de fragmentación y dominación. El «terrorismo semántico» descrito por Cristina Soto —vaciar de contenido términos fundamentales y sustituirlos por neologismos ambiguos— se refleja aquí en la traducción mediática que convierte pertenencia en confrontación. Así, lo que en el escenario del Super Bowl fue un acto de afirmación continental, en el discurso globalista se transforma en narrativa tribalista, alimentando divisiones y legitimando nuevas jerarquías invisibles. El caso del Conejo Malo ilustra cómo la manipulación semántica opera tanto en la política internacional como en la cultura popular: el lenguaje deja de ser vehículo de encuentro y se convierte en campo de batalla.

El poder del mito

Todos estos relatos —MAGA, WOKE, Bad Bunny— son mitos modernos. No buscan reflejar la verdad completa, sino dar sentido y cohesión. El mito latino-caribeño de Bad Bunny visibiliza identidad, aunque simplifique y estereotipe. El mito MAGA moviliza nostalgia y miedo. El mito WOKE legitima un nuevo orden simbólico. El riesgo surge cuando el mito se toma como verdad absoluta y se convierte en herramienta de control. El poder, en cambio, reside en su capacidad de movilizar emociones y crear pertenencia.

Permítanme explicar este otro ángulo: En Bad Bunny y la narrativa latino-caribeña estamos ante un mito construido: el latino como sembrador de caña, comerciante informal, fiestero. Pero la realidad omitida es que hay diversidad de profesiones, trayectorias científicas, tecnológicas, artísticas, y una vida cotidiana mucho más compleja. La función de este mito es ofrecer un relato identitario que cohesiona y visibiliza, aunque sea parcial y estereotipado.

Por otra parte, en MAGA el mito construido es de un paraíso perdido de grandeza nacional, alcanzado por la «gente blanca» y arrebatado por fuerzas externas. Mientras la realidad omitida está constituida por la historia de violencia, desigualdad y diversidad que siempre estuvo presente en la construcción de EE.UU. La función de este mito es movilizar nostalgia y miedo para reforzar un proyecto político excluyente.

Y que decir de WOKE y el mito emancipador, construido sobre una aparente lucha por los derechos de todos, justicia universal. Cuando la realidad omitida es que hay tensiones internas, imposición de agendas específicas, dinámicas de poder que pueden y se han vuelto normativas, punitivas, violentas y excluyentes. Un mito con la función de legitimar un nuevo orden simbólico bajo la bandera de inclusión, aunque en la práctica pueda derivar en exclusión de quienes no se alinean y la destrucción de toda disidencia.

Conclusión

El asunto del Conejo Malo no fue una simple canción con ritmo pegajoso y cientos de millones de televidentes. Fue un reflejo de cómo el lenguaje opera como fuerza de cambio y cómo los mitos modernos moldean la identidad colectiva. El desafío es no caer en la manipulación semántica ni en la mentalidad tribalista, sino aprovechar el mensaje como oportunidad de construcción. Porque si con diez palabras se pudo generar tanto, imaginemos lo que podría lograrse al comprender toda la narrativa planteada. Mejor aún, lo que podría lograrse si ponemos atención en lo que las narraciones omiten más que en aquello que cuentan.

Médico, Magister en Nutrición Humana, Abogado de la República

Patrocinado por Taboola