Los primeros cristianos no respondieron con ingenuidad, miedo ni idolatría política. No aceptaron divinizar gobernantes, justificar abusos en nombre del orden, ni confundir paz con silencio impuesto
Los primeros cristianos no respondieron con ingenuidad, miedo ni idolatría política. No aceptaron divinizar gobernantes, justificar abusos en nombre del orden, ni confundir paz con silencio impuesto

Bajo el Imperio Romano los censos eran un instrumento de tributación y control imperial: empadronarse significaba quedar inscrito para pagar tributo a Roma. No se trataba tan solo de un conteo administrativo, sino que implicaba reconocer la sujeción política y tributaria a Roma. En el año 6 d. C. Judea fue puesta bajo la administración romana directa y el Imperio envió a Cirenio a Siria para hacer un censo fiscal. Un judío identificado como Judas Galileo se alió con Sadoc, quien era un fariseo, para promover una postura clara: aceptar solo a Dios como gobernante y Señor. Su argumento era que Israel no debía someterse a Roma porque solo Dios era su Señor.
Judas Galileo persuadió a muchos judíos a rebelarse, asegurando que era una cobardía pagar tributo a los romanos y aceptar, además de Dios, a hombres mortales como señores. La revuelta terminó con la muerte de Judas y la dispersión de sus seguidores; pero su legado ideológico sobrevivió y alimentó las aspiraciones libertarias que desembocarían en la gran guerra contra Roma 60 años después. El Nuevo Testamento resume el desenlace diciendo que Judas «pereció» y que sus seguidores fueron dispersados, en Hechos 5:37.
La rebelión dirigida por Judas Galileo con motivo del censo es narrada por Josefo en su obra «Antigüedades judías» y constituye un testimonio histórico del clima social que rodeaba a los censos. Bajo ese ambiente de autoritarismo fue que los autores de los Evangelios también manifestaron su postura. En Lucas 2:1-2 comienza la historia de Jesús con estas palabras: «Se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado». Lucas sitúa el nacimiento de Jesús en condiciones de dominación y pérdida de las libertades. La mención de Cirenio evoca el telón de fondo del poder imperial y la memoria de la resistencia contra él.
En Priene, una antigua ciudad griega de Asia Menor, en la actual Turquía, se encontró una inscripción que presenta a Augusto usando el lenguaje propagandístico del culto imperial: su nacimiento es descrito como una bendición providencial para el mundo; aparece como enviado por los dioses, pacificador, benefactor y salvador. El Museo Bibelhaus de Frankfurt resume el contenido diciendo que la inscripción proclama que el nacimiento de Augusto, «hijo de Dios», trae al «salvador», crea la «paz» y marca el comienzo de las «buenas nuevas».
Lucas 2:10-14 presenta una apropiación de los títulos que recibía el emperador Augusto. El ángel anuncia el nacimiento de Jesús con una narrativa contrapuesta: una «buena noticia» de gran gozo, el nacimiento de un «salvador, que es Cristo el Señor (kyrios)», y el coro celestial proclama «paz en la tierra». Utiliza los mismos títulos y honores del emperador pero para asignárselos a Jesús. Se trataba de una contraproclamación directa: el verdadero salvador y la verdadera paz no vienen del palacio imperial, sino de un niño nacido en un pesebre.
La «Pax Romana», lograda por la conquista militar, quedaba contrapuesta a la paz anunciada a unos pastores empobrecidos. Que el «salvador del mundo» nazca sin sitio en la posada, en un pesebre, y que su nacimiento se anuncie primero a pastores —trabajadores marginales— invierte la ideología imperial del gobernante de nacimiento divino. El poder verdadero irrumpe entre los impotentes, no entre las élites.
Jesús nació bajo el peso de un imperio que contaba personas para someterlas, desplazaba familias para controlarlas y proclamaba al César como salvador, señor, pacificador e hijo de Dios. Frente a esa propaganda, los primeros cristianos no fueron neutrales, sino que hicieron una contraproclamación radical: el verdadero Señor no está en Roma, sino en Belén; el verdadero Salvador no nace en un palacio, sino en un pesebre; la verdadera paz no la imponen los ejércitos, sino que se anuncia como don de Dios a los humildes.
Los primeros cristianos no respondieron con ingenuidad, miedo ni idolatría política. No aceptaron divinizar gobernantes, justificar abusos en nombre del orden, ni confundir paz con silencio impuesto. Propusieron el pesebre, como crítica a todo poder que se absolutiza. Los pastores siguen recordándonos que Dios dirige primero su buena noticia a los marginados. Y el canto angelical sigue proclamando que la gloria pertenece a Dios en las alturas, no a los césares en la tierra.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.
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