Circula en redes sociales un video de un hombre vinculado a la Ruta 79, sobre la calle Rubén Darío, a quien aparentemente grabaron mientras satisfacía una necesidad fisiológica. Bastaron unos cuantos segundos para que comenzara uno de esos juicios públicos que tanto nos gustan a los salvadoreños desde que descubrimos que el teléfono celular, además de servir para llamar, tomar fotografías y mandar audios interminables por WhatsApp, también podía convertirse en tribunal.
Aparece el video, alguien lo comparte, otro agrega una frase indignada y, cuando uno viene a reaccionar, ya tenemos investigación, acusación, juicio, sentencia y condena social. Todo en menos tiempo del que tarda un juzgado en sellarnos una copia. Y nunca falta quien, después de observar quince segundos de grabación, ya conoce la educación del hombre, sus costumbres, su carácter y probablemente hasta la manera en que lo criaron.
Comencemos por algo elemental: un video muestra un momento, pero no necesariamente define a una persona. ¿Estuvo bien orinar en la vía pública? Evidentemente no. Tampoco vamos a declarar la calle Rubén Darío zona oficial para emergencias fisiológicas ni a pedirle a la alcaldía que instale un rótulo que diga: “Caballeros, favor hacer fila”. Si existe una infracción, que intervenga la autoridad competente y se aplique la consecuencia que legalmente corresponda. Para eso existen las instituciones. El problema comienza cuando una conducta posiblemente sancionable se convierte en autorización para destruir públicamente a quien la realizó. Una infracción no transforma automáticamente a una persona en delincuente, y mucho menos convierte al propietario de un teléfono celular en investigador, fiscal, juez, magistrado y verdugo digital.
Hay, además, circunstancias humanas que deberían hacernos un poco más prudentes. Una persona puede experimentar una necesidad frecuente o urgente de orinar por diabetes, problemas de próstata, afecciones urinarias, edad, consumo abundante de líquidos o determinados medicamentos, entre ellos los diuréticos. Puede haber pasado varias horas trabajando sin acceso inmediato a un sanitario. O sencillamente puede haber llegado al límite de lo que físicamente podía soportar. No estoy afirmando que alguna de esas circunstancias corresponda al hombre del video; precisamente, no lo sabemos. Lo que sostengo es algo mucho más sencillo: cuando ignoramos las circunstancias personales de alguien, la prudencia debería llegar antes que la condena.
Porque hay momentos en que el organismo humano dicta una resolución firme, ejecutoriada y contra la cual no procede recurso alguno: “Es ahorita”. Y contra esa sentencia no sirve apelación, casación, revisión ni amparo.
Cualquier salvadoreño que haya quedado atrapado en el tráfico comprende perfectamente de qué estoy hablando. Usted sale tranquilo, se toma su cafecito y calcula veinte minutos para llegar. De repente encuentra una trabazón monumental. Primero piensa: “Yo aguanto”. Diez minutos después deja de hablar. Luego apaga la radio, aunque la radio no tenga absolutamente ninguna culpa, pero uno siente que hasta la música estorba. Después comienza a buscar una gasolinera con una devoción extraordinaria. Si ve un rótulo a tres cuadras, lo contempla como el pueblo de Israel debió contemplar la Tierra Prometida. En ese momento desaparecen títulos, profesiones y diferencias sociales. Ya no importa si usted es abogado, médico, motorista, empresario, pastor, diputado o magistrado. Todos descendemos democráticamente a nuestra condición más elemental: seres humanos con vejiga.
Y esto no es exclusivo de los hombres. Pensemos en una mujer embarazada durante un viaje largo, en una señora de edad avanzada, en alguien que toma medicamentos o simplemente en una persona que llega desesperadamente a un establecimiento y encuentra aquella frase que, bajo determinadas circunstancias, puede producir más angustia que una citación judicial: “Baño fuera de servicio”. Entonces uno descubre que la dignidad tiene precio. Si le dicen “solo para clientes”, está dispuesto a comprar un café que no quiere, dos pupusas que no necesita y hasta una bolsa de hielo con tal de que le indiquen dónde queda el sanitario.
Curiosamente, cuando la emergencia es nuestra aparece inmediatamente la explicación. Pedimos comprensión. Explicamos lo ocurrido. Decimos: “Mire, es que usted no sabe lo que me pasó”. Pero cuando el protagonista es otro, algunas veces nos volvemos inflexibles. Para nosotros pedimos misericordia; para el desconocido exigimos sentencia.
Y ahí está, a mi juicio, la verdadera discusión que debería provocar este video: nos hace falta empatía.
Empatía no significa justificar cualquier conducta. Tampoco consiste en renunciar a las normas de convivencia. Significa conservar la capacidad de mirar al ser humano antes que al error. Podemos decirle a alguien: “Eso que hizo estuvo mal”, sin necesidad de agregar: “Ahora voy a exhibirlo ante medio país para que todos se burlen de usted”. Corregir una conducta y humillar a una persona son cosas completamente distintas.
La enseñanza bíblica resulta particularmente pertinente. El apóstol Pablo escribió: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1). Hay una profundidad extraordinaria en esas últimas palabras: “considerándote a ti mismo”. Antes de señalar al otro, mírate. Antes de reírte, recuerda que tú también puedes equivocarte. Antes de compartir su vergüenza, piensa cómo te sentirías si mañana fuera la tuya la que recorriera miles de teléfonos.
Ese principio debería acompañarnos también en las redes sociales.
Naturalmente, debemos distinguir entre documentar para denunciar y grabar para humillar. Si una persona presencia un delito, una agresión, un accidente o cualquier hecho que deba ponerse en conocimiento de las autoridades, una grabación puede constituir un elemento importante para documentarlo. Registrar lo sucedido y entregar el material a las instituciones competentes puede ser un ejercicio responsable de ciudadanía. El problema surge cuando el propósito cambia: ya no queremos denunciar, queremos exhibir; ya no buscamos justicia, buscamos reproducciones, comentarios y carcajadas.
Hemos llegado a una época extraña en la que alguien puede tropezarse bajando de un bus y, antes de que aparezca una mano para levantarlo, aparecen cuatro teléfonos para grabarlo. Uno graba vertical, otro horizontal y seguramente habrá un tercero pensando qué música graciosa ponerle cuando suba el video. Nos estamos acostumbrando peligrosamente a transformar la vulnerabilidad humana en contenido.
También debemos ser prudentes jurídicamente con la difusión de imágenes ajenas. La Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos contempla, bajo determinados presupuestos, consecuencias relacionadas con la revelación o difusión indebida de información privada y personal contenida incluso en imágenes, videos, textos o audios. Esto no significa que cualquier grabación realizada en un espacio público constituya automáticamente un delito. Cada caso exige un análisis jurídico particular. Pero precisamente por ello debemos abandonar la idea de que tener una cámara en la mano concede automáticamente un derecho ilimitado para exhibir la vida ajena.
Lo preocupante no es únicamente este video. Es la cultura que estamos construyendo alrededor de estas imágenes. Si alguien discute, grabamos. Si alguien tropieza, grabamos. Si pierde el control, grabamos. Si atraviesa un momento vergonzoso, también grabamos. Antes, frente a una persona en dificultades, la reacción podía ser: “¿Le ayudo?”. Ahora, demasiadas veces, escuchamos primero: “¡Grabalo, grabalo!”. Algo se está perdiendo cuando nuestra primera reacción frente a la vulnerabilidad de otro ser humano deja de ser ayudar y comienza a ser buscar el teléfono.
Por eso, hoy no quiero hacer principalmente una defensa del hombre de la Ruta 79. Quiero hacer un llamado a la empatía entre los salvadoreños. Nos hace falta recordar que detrás de cada pantalla existe una persona con familia, trabajo, problemas, enfermedades que quizá nadie conoce, errores, virtudes y dignidad. Hoy podemos reírnos del hombre que aparece en ese video. Mañana alguien puede grabarnos durante los peores treinta segundos de nuestro año: cuando perdamos la paciencia, cuando tropecemos, cuando lloremos, cuando discutamos, cuando suframos una emergencia médica o cuando nuestro organismo sencillamente nos recuerde que somos humanos.
Denunciemos aquello que verdaderamente deba denunciarse. Si existe una infracción, que actúe la autoridad competente. Nadie está proponiendo convertir las calles de San Salvador en sanitarios públicos. Pero recuperemos algo que ninguna ley puede imponernos mediante una multa: la capacidad de ponernos por unos segundos en los zapatos del otro.
El teléfono celular es una herramienta extraordinaria. Sirve para comunicarnos, documentar hechos e incluso aportar evidencia cuando ocurre algo grave. Lo único que la compañía telefónica no entrega dentro de la caja, junto con el cargador, es el nombramiento de juez de la República.
Así que la próxima vez que veamos a alguien atravesando un momento vergonzoso, antes de sacar el teléfono preguntémonos algo mucho más sencillo: ¿qué me gustaría que hicieran conmigo si fuera yo quien estuviera allí?
Tal vez esa pregunta nos haga guardar el celular.
Y quizá, en lugar de levantar una cámara, terminemos extendiendo una mano.