La justa preocupación que tengo por mi país se incrementa cuando veo cómo la vieja, sabia, experimentada y culta Europa está siendo sacudida por una ola de violencia social que bajo ninguna circunstancia puede llamarse “manifestación de descontento”, “libre expresión”, “lucha reivindicativa” ni toda esa serie de palabrejas con que quieren hacernos tragar, como bueno y justo, lo que es simplemente criminalidad, chantaje y terrorismo: obtener algo a fuerza de doblegar por miedo a la población y al Estado, a fin de lograr un objetivo disfrazado como un fin justo, mediante alcanzar el apoyo de buenas personas que ingenuamente caen en el error.
Lo que está sucediendo en Francia es inconcebible. Cuando he visto en los noticieros cómo los manifestantes se dedicaban a la destrucción y el saqueo, pensé: ¡esos no son franceses! Porque los franceses han sido siempre custodios de su riqueza arquitectónica y artística, que no solamente está resguardada en los museos, sino que en cada una de sus calles y edificaciones. París, la llamada “Ciudad Luz”, la que iba a ser destruida por una orden de Hitler que el comandante nazi de la plaza se negó a obedecer, no puede estar siendo ahora destruida por sus propios hijos. Entonces, la siguiente reflexión es: si en Francia suceden esas cosas, ¿qué puede sucedernos a los demás?
Para empezar, a sus vecinos inmediatos: Europa entera. El artículo escrito por Pilar Rahola para Infobae el 20/10/2026, “¿Qué ocurre en Europa?”, lo explica muy bien.
Según ella, “se trata de una crisis global, cuyas aristas económicas, sociales y culturales agrietan seriamente la solidez del sistema democrático. El modelo del estado del bienestar, amparado en la democracia liberal, está sometido a tal nivel de estrés que necesita recortarse para mantenerse viable”. Por supuesto, esos recortes no gustan, mucho menos a una generación que solamente aprendió sobre derechos, nunca sobre obligaciones. Pero eso no lo explica todo.
Pilar añade que, el gran problema europeo, reside en que las personas que están descontentas, con razón o sin ella, están siendo manipuladas por dos grupos sumamente peligrosos: la extrema izquierda que pervive, manteniendo su objetivo de la caída del sistema, y el islamismo radical, cuya finalidad es la destrucción de la Civilización Occidental. Estos dos grupos no tienen raíces comunes, pero sí un mismo propósito, por lo que se unen provocando el caos que actualmente se vive. Y en las “manifestaciones” se ven ondear las banderas rojas con la hoz y el martillo, “junto a las banderas palestinas, símbolos antisistema, pancartas que elevan al terrorismo de Hamás a categoría heroica, y lemas propios del yihadismo, como la banda de tela verde con la Shahada (“no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”) que lucen muchos de los uniformados en negro”, alerta Pilar Rahola. Los resultados de esa diabólica alianza están a la vista.
Pareciera que lo que sucede en Europa no nos afecta. Pero es un ejemplo que no podemos perder de vista, porque ambas fuerzas, la comunista y la islámica radical, están muy presentes. Agazapadas, pero presentes. Y los descontentos sociales, lo sabemos perfectamente, están contenidos por el miedo al Estado, pero también existen y van en aumento galopante, tanto en volumen como en gravedad. Y entre esos miles de descontentos, la inmensa mayoría son, sin duda alguna, buenos, trabajadores y pacíficos salvadoreños, pero también los hay malos y perversos que, guiados por esas fuerzas organizadas para el mal, pueden convertirse también en violentos y generar caos.
Dios nos libre de vivir algo así. Y que Él haga regresar a la Europa, cuna de la Civilización Occidental, el rumbo y la civilidad que actualmente ha perdido.
Empresaria.