Hay algo casi paradójico en todo esto. Quizá, el problema más profundo no sea decidir si debe llamarse artificial o superinteligente, sino que vamos rumbo a crear una entidad cuyo poderío podría transformar la propia noción de inteligencia
Hay algo casi paradójico en todo esto. Quizá, el problema más profundo no sea decidir si debe llamarse artificial o superinteligente, sino que vamos rumbo a crear una entidad cuyo poderío podría transformar la propia noción de inteligencia
Hay cambios de palabras que son meramente semánticos. Y hay otros que intentan cambiar la realidad a través de ellas.
El 29 de septiembre de 2026, Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva 14434, “Inaugurating the Era of Super Intelligence”. La disposición instruye al Poder Ejecutivo estadounidense a utilizar “Super Intelligence” (SI) en lugar de “Artificial Intelligence” (AI) en comunicaciones oficiales, sitios web, informes y documentos no estatutarios y encarga al asesor presidencial de ciencia y tecnología que, en 60 días, proponga una definición federal específica. Es decir, primero cambia el vocabulario; después abre la batalla por imponer su significado.
A primera vista, podría parecer una extravagancia lingüística. Pero cuando el poder político cambia el nombre de una tecnología que transforma economía, trabajo, educación, ciencia, política, identidad y la propia concepción de lo humano, la pregunta es inevitable: ¿qué realidad desea instalar con ese nombre?
De inteligencia artificial a super inteligencia: La palabra “artificial” hace referencia a: algo producido por el ser humano, no surgido espontáneamente de la naturaleza. Pero también arrastra asociaciones cotidianas como falso, fabricado o imitación. Fuera de esas connotaciones, la Casa Blanca sostiene que esa palabra ya no describe adecuadamente unas tecnologías que hacen mucho más que imitar capacidades humanas: los sistemas de frontera amplifican la creatividad y permiten realizar tareas antes imposibles.
Hasta aquí, el argumento merece ser tomado en serio. Pero, existe una diferencia enorme entre que determinados sistemas superen capacidades humanas concretas y afirmar que toda la inteligencia artificial es “Superinteligencia.”
En la literatura especializada, superinteligencia tiene un significado mucho más fuerte: una inteligencia que supera ampliamente a los seres humanos en todos los dominios cognitivos. El concepto no nació hoy. Ya en 1965, el matemático I. J. Good proyectó la idea de una “máquina ultrainteligente”, y en 1998 Nick Bostrom acuñó formalmente el término superintelligence (popularizado en su libro de 2014) para referirse a un salto cualitativo respecto a la mente humana.
Lo interesante en la coyuntura actual es cómo se reconfiguró esa noción. En septiembre de 2026, Jensen Huang, CEO de NVIDIA, le dio un uso industrial al acuñar la expresión “fábricas de superinteligencia” (superintelligence factories) para describir a los nuevos centros de datos e infraestructuras masivas de cómputo. Pocas semanas después, Trump trasladó esa misma palabra del ámbito corporativo al lenguaje oficial del Estado. Así, la superinteligencia transitó rápidamente de concepto teórico a categoría industrial, y de allí a denominación política.
Llamar Superinteligencia a toda la inteligencia artificial es conceptualmente engañoso. Un sistema especializado que detecta tumores, un modelo generativo que escribe textos, un algoritmo que recomienda contenidos y una inteligencia superior a los seres humanos en todas las áreas no son lo mismo. Agruparlos bajo una misma palabra está borrando diferencias esenciales.
Las palabras también gobiernan: Esto es mucho más interesante de lo que parece.Las palabras no solamente describen; también preparan. “Industrialización” nombró una nueva organización de la sociedad; “globalización”, una nueva forma de vivir conectados; “Internet”, un espacio social.¿Podría estar ocurriendo algo semejante con “Superinteligencia”?
Decir “Inteligencia Artificial” induce a pensar en una herramienta. Decir “Superinteligencia” conduce a imaginar una entidad tecnológica cuyas capacidades superarían las nuestras. El desplazamiento conceptual es enorme, porque estamos transitando de herramientas capaces a sistemas que actúan, de allí a agentes autónomos y, finalmente, a infraestructuras de poder. Y cuando hablamos de poder, hablamos de gobernanza.
Supongamos que mañana todos los gobiernos del mundo adoptaran oficialmente la palabra “Superinteligencia”. ¿Cambiarían los algoritmos? No. ¿Aumentarían automáticamente sus capacidades? Tampoco. ¿Desaparecerían sus riesgos? Mucho menos. Pero sí cambiaría el marco mental desde el cual la sociedad interpreta la tecnología.
Si hablamos de Inteligencia Artificial preguntamos: ¿cómo utilizarla?, ¿cómo regularla?, ¿cómo evitar que destruya empleos?, ¿cómo hacerla segura? Pero si hablamos de Superinteligencia aparecen preguntas más incómodas: ¿qué ocurre cuando una máquina supera nuestra capacidad para resolver problemas? ¿Quién decide qué puede hacer? ¿Quién controla a quienes controlan esa inteligencia? ¿Qué significa trabajar, educar y gobernar cuando la inteligencia deja de ser exclusivamente humana?
El poder de definir: Aquí comienza lo verdaderamente importante.La orden de Trump no solamente sustituye una palabra por otra. También pone en marcha un proceso para construir una definición federal de “Super Intelligence” y revisar cómo esa definición podría modificar referencias existentes en la legislación.
Esto significa que Trump está construyendo el significado de la tecnología que pretende gobernar. Y debemos detenernos aquí. Porque quien define una tecnología puede terminar definiendo qué se considera riesgo, progreso, aceptable, regulable o prohibido, y quién tiene autoridad para decidirlo. La batalla por el futuro de la inteligencia podría ser, en consecuencia, una batalla por el vocabulario con el que describiremos ese futuro.
Este movimiento podría provocar, además, un ineludible contagio normativo y corporativo: el propio Elon Musk reaccionó de inmediato renombrando la división de inteligencia de SpaceX como SpaceXSI (SpaceX Super Intelligence), mientras que organismos multilaterales y gobiernos de regiones como América Latina se verían empujados a decidir si adoptan la misma nomenclatura o si mantienen sus marcos basados en la «IA». En última instancia, la batalla por el futuro de la inteligencia es una batalla por el vocabulario con el que describiremos ese futuro.
Existe además otro riesgo: que la palabra se adelante a la realidad. Si llamamos “Superinteligencia” a una tecnología antes de que exista en el sentido estricto del concepto, podemos convertir una posibilidad futura en una realidad psicológica presente. Eso podría producir fascinación o resignación: una sociedad que cree que las máquinas son inevitablemente superiores puede dejar de preguntarse qué decisiones siguen correspondiendo a los seres humanos.
¿Quién tiene derecho a nombrar la inteligencia? Durante siglos, el ser humano ha nombrado animales, fenómenos, enfermedades, máquinas y conceptos como libertad, democracia y conciencia.Ahora, está creando sistemas que tambien participan en la producción de lenguaje. Y aparece una situación nueva: el ser humano crea a la inteligencia artificial y ésta trae consigo una nueva nomenclatura para ser definida. Entonces, ¿quién nombra a quién?
Esta es, para mí, la pregunta central, ya que quien controla el lenguaje controla, en buena medida, las categorías mediante las cuales una sociedad piensa.
La paradoja final: Hay algo casi paradójico en todo esto. Quizá, el problema más profundo no sea decidir si debe llamarse artificial o superinteligente, sino que vamos rumbo a crear una entidad cuyo poderío podría transformar la propia noción de inteligencia.Tal vez, pronto estaremos atravesando una frontera para la cual todavía no tenemos vocabulario.De hecho, ello explicaría algo que vemos en la actualidad: la tecnología está avanzando más rápido que la capacidad cultural para comprender sus consecuencias, al punto que las mismas empresas tecnológicas están demandando regulación (de manera sincera o velada, no lo sé).Ese desfase puede convertirse en uno de los grandes riesgos de nuestra época. Porque cuando la realidad cambia antes de que podamos construir las categorías para comprenderla, significa otros ya están construyendo esas categorías por nosotros.
Mireya Rodríguez PhD
Experta en gobernanza ética y transformación digital
CEO de VORTEX AI SOLUTIONS S.A. de C.V. mireya@vortexai-solutions.com
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