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Cuando las vacaciones nos enseñaron a echar reata

Sin darnos cuenta, nuestros padres nos estaban dando una escuela que después nos serviría para toda la vida. Aprendimos a madrugar, a llegar a la hora, a hacer lo que nos habían mandado y a entender que si uno no trabajaba, simplemente no había pago

Cada generación es diferente. Y cuando uno mira hacia atrás, se da cuenta de que muchas cosas que para nosotros eran normales hoy parecen de otro planeta.

Los que crecimos en los años 60, 70 y parte de los 80 tuvimos unas vacaciones bastante diferentes a las de muchos cipotes de hoy. De bichos, cuando salíamos del colegio, nuestros padres no necesariamente pensaban en llevarnos de paseo ni en preguntarnos qué queríamos hacer durante las vacaciones. Muchos simplemente nos decían:


«Vas a echar reata».

Y no era una expresión despectiva. Era simplemente la manera de decirnos que íbamos a trabajar. Y no había mucho que discutir.

Recuerdo compañeros cuyos padres tenían almacenes y en diciembre los ponían a empacar regalos. Otros ayudaban en talleres, ferreterías, tiendas, puestos del mercado o negocios de todo tipo. Algunos se iban a las algodoneras, cañales, a las ganaderías o a las fincas de café. Y al que había dejado una materia, le tocaba estudiar para las famosas “olimpiadas”. Mientras unos trabajaban, otros estaban metidos en los libros tratando de no aplazar.

En aquel tiempo no hablábamos de “inteligencia emocional”, “zona de confort” ni de “bullying”. Eso último existía, por supuesto, pero no lo llamábamos así. Había apodos, bromas pesadas, pleitos y el famoso “ que joder” entre cipotes. Pasábamos mucho tiempo en la calle, subiendo a los árboles de mango, jugando fútbol, montando bicicleta, visitando amigos o simplemente haciendo lo que hacíamos los cipotes de aquella época.

La diferencia es que la convivencia era cara a cara. Si había un problema, generalmente había que enfrentarlo ahí mismo y después de un rato, seguíamos siendo cheros. No existían las redes sociales para grabar una pelea, subirla y hacer que la conociera medio mundo. Pero tampoco quiero pintar aquellos años como perfectos. Había cosas que estaban mal y que hoy entendemos mejor. Lo que sí teníamos era una vida mucho más cercana a la realidad cotidiana. Y una parte importante de esa realidad era el trabajo.

Sin darnos cuenta, nuestros padres nos estaban dando una escuela que después nos serviría para toda la vida. Aprendimos a madrugar, a llegar a la hora, a hacer lo que nos habían mandado y a entender que si uno no trabajaba, simplemente no había pago.

También aprendimos algo muy importante; a conocer al trabajador. No es lo mismo hablar de un empleado cuando uno está sentado cómodamente en una oficina que pasar un día completo trabajando junto a él. Cuando uno carga cajas, atiende clientes, limpia un local, trabaja bajo el sol o pasa horas en una finca, comienza a entender que detrás de cada trabajador hay una familia, necesidades, preocupaciones y sueños.

A los que nos tocó sudar la camiseta en el campo, esa realidad se nos quedó metida hasta adentro. Todavía me acuerdo cortando algodón en Usulután con camisa de manga larga, y no por el frío. El sol pegaba con todo y la manga ayudaba a con el sol, y no salir todos rayados con las ramas secas de las matas de algodón. Después de un rato uno entendía perfectamente que ganarse unos cuantos colones no era tan fácil como parecía.

Pero también había pequeños placeres. Uno de mis favoritos era comer las chengas recién hechas con arroz y frijoles. Después de una mañana de trabajo, aquello sabía a espectacularmente delicioso.

Y estaba también el gran acontecimiento: el día de pago. ¡Qué alegría cuando llegaba ese día! No importaba cuánto habíamos ganado. Ver aquellos colones que uno había sudado, cargado, empacado o cortado producía una satisfacción que difícilmente se olvida. Era dinero ganado por uno mismo y nuestros padres nos pagaban el mismo jornal que a todos los cortadores.

En las ganaderías la cosa era diferente, pero igual de interesante. Nos tocaba ordeñar vacas a las dos de la tarde y también a las dos de la mañana. Aprendíamos viendo cómo nacían los terneros, cómo se alimentaban y qué había que hacer cuando una vaca no podía amamantar a su cría. Veíamos cosas que hoy probablemente muchos jóvenes nunca han visto: cómo se apareaban los toros y los caballos, cómo nacían los animales y hasta cómo se capaban los terneros que después serían grandes bueyes.

No lo sabíamos entonces, pero estábamos aprendiendo de la vida. Aprendíamos cómo se producía la comida que llegaba a nuestra mesa. Entendíamos el sacrificio de la gente del campo. Conocíamos el valor de un jornal y descubríamos que detrás de cada cosa que comprábamos había alguien que se había levantado temprano, muchas veces antes que nosotros, para producirla.

Por eso creo que muchos de nosotros llegamos a la universidad con una ventaja que no aparecía en ningún título; ya conocíamos el trabajo. Cuando nos graduamos y conseguimos nuestro primer empleo, no nos parecía extraño tener que llegar temprano, cumplir horarios, recibir instrucciones o comenzar desde abajo. Y cuando algunos decidimos emprender, también sabíamos que nadie nos iba a regalar nada.

Muchos de aquellos cipotes que trabajábamos en vacaciones terminamos siendo buenos empleados. Otros nos convertimos en empresarios. Algunos siguieron con los negocios de la familia y otros se dedicaron a la agricultura, la ganadería o a cualquier actividad que les permitiera salir adelante. Cada quién tomó su camino, pero llevábamos algo en común: sabíamos lo que costaba ganarse la vida.

Hoy veo a muchos jóvenes y siento que estamos viviendo otra realidad. Hay muchachos muy capaces, inteligentes y preparados. Tienen acceso a conocimientos, tecnología y oportunidades que nosotros ni siquiera imaginábamos cuando éramos cipotes. Pero también veo algo que me preocupa. Muchos ya no conocen lo que significa trabajar durante sus vacaciones. Incluso algunos cuyos padres tienen empresas, negocios o emprendimientos familiares prefieren pasar esos meses descansando y haciendo videos para ver si se convierten en influencers.

Y aquí viene mi preocupación. Los padres, muchas veces con la mejor intención del mundo, estamos tratando de darles a nuestros hijos todo lo que nosotros no tuvimos. Queremos que no sufran, que no se cansen, que no pasen necesidades y que tengan una vida más cómoda. Eso nace del amor. Pero, sin querer, podemos estar quitándoles algo que nosotros recibimos casi sin darnos cuenta; la oportunidad de aprender a luchar por las cosas.

Porque un hijo no se arruina por trabajar durante las vacaciones. Al contrario. Puede aprender disciplina, responsabilidad, humildad y, sobre todo, a valorar lo que tiene.

No estoy diciendo que mandemos a nuestros hijos a cortar algodón o a los cañales bajo el sol de Usulután ni a ordeñar vacas a las dos de la mañana. Los tiempos cambiaron y las oportunidades también. Pero sí creo que deberíamos recuperar algo de aquella vieja costumbre: que los hijos conozcan el negocio de sus padres, que ayuden, que aprendan un oficio, que vendan algo, que atiendan clientes, que hagan cuentas y que sepan lo que cuesta ganarse no un colón, sino un dólar. Que descubran que detrás de cada cosa que tienen hay alguien que tuvo que trabajar para conseguirla.

Porque una cosa es darle todo a un hijo y otra muy diferente es enseñarle a ganárselo.

Nosotros tuvimos menos comodidades. No tuvimos celulares, internet, videojuegos ni muchas de las cosas que hoy parecen indispensables. Pero tuvimos algo que quizá hoy hace falta; tuvimos contacto con la vida real. Supimos lo que era madrugar, trabajar, cansarnos, ensuciarnos las manos y esperar con ilusión el día de pago.

Y cuando miro hacia atrás, no recuerdo aquellas vacaciones como un castigo. Las recuerdo con cariño. Porque nuestros padres, sin saberlo y sin hablar de teorías educativas, nos estaban matriculando en una escuela que no tenía aulas, pupitres ni pizarras. La escuela estaba en el almacén, en el taller, en el mercado, en la finca, en las algodoneras y cañales o en la ganadería.

Y las clases empezaban temprano. Se llamaba trabajo.

Y quizá por eso, tantos años después, todavía podemos decir con orgullo:

Aquellas vacaciones nos enseñaron a echar reata.

Ricardo Panzacchi

McCoy College of Business

Texas State University

ricardo.panzacchi@gmail.com

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