Trabaje con excelencia mientras esté allí. No destruya compañeros para subir usted, no convierta el chambre en estrategia profesional y jamás transforme la adulación en sustituto de la capacidad
Trabaje con excelencia mientras esté allí. No destruya compañeros para subir usted, no convierta el chambre en estrategia profesional y jamás transforme la adulación en sustituto de la capacidad

Uno entra a una empresa pensando que la fórmula para crecer profesionalmente es relativamente sencilla: trabajar bien, llegar a tiempo, resolver problemas, prepararse, asumir responsabilidades y producir resultados. Eso dice la teoría y así debería funcionar cualquier organización seria. Sin embargo, con el paso de los años uno descubre que en ciertos ambientes laborales existe un manual paralelo que nadie entrega durante la inducción: para ascender no siempre hay que ser el mejor, sino aprender a caerle bien a la persona correcta, mantenerse cerca del jefe y desarrollar una sorprendente habilidad para parecer indispensable, aunque buena parte del día se haya dedicado al café, al teléfono y a investigar la vida de los compañeros.
Por supuesto, sería injusto afirmar que todas las empresas funcionan de esa manera. Existen organizaciones que reconocen el talento, premian la disciplina y promueven a quienes demuestran capacidad para dirigir. El problema surge cuando la meritocracia comienza a ser sustituida por una especie de diplomacia de pasillo, donde importa menos cuánto produces que con quién almuerzas, quién habla bien de ti ante la gerencia y qué tan hábil eres para mantenerte dentro del círculo correcto. Entonces aparece una cultura peligrosa: los trabajadores comprenden que los resultados son importantes, sí, pero aparentemente no tanto como saber administrar simpatías, rumores y cercanías.
En ese ecosistema laboral aparece un personaje extraordinario: el haragán profesional. No me refiero al empleado que un día está cansado o atraviesa una dificultad; todos podemos tener una mala jornada. Hablo del especialista en perder el tiempo haciendo creer que está extraordinariamente ocupado. Llega a las ocho, enciende la computadora y adopta una expresión tan preocupada que cualquiera pensaría que está administrando las reservas internacionales del país. En realidad lleva cuarenta minutos viendo el mismo correo. Después necesita café, comenta el partido, pregunta quién comprará desayuno y, aproximadamente a las once, comienza la investigación más importante de su jornada: “¿Qué vamos a almorzar?”.
Lo curioso es que este personaje algunas veces termina ascendido. Mientras él desarrolla semejante esfuerzo para evitar cualquier encuentro peligroso con el trabajo, a pocos metros está el compañero que llegó temprano, atendió clientes, resolvió tres problemas, preparó un informe, contestó veinte correos y hasta corrigió discretamente un error ajeno para que el departamento no quedara mal. Sin embargo, ese trabajador cometió un pecado corporativo imperdonable: hizo todo aquello en silencio. Creyó ingenuamente que los resultados hablarían por sí solos, mientras el otro descubrió que en determinadas empresas resulta mucho más rentable anunciar cada movimiento que producir verdaderamente.
Por eso existe también el empleado que manda un correo por cualquier actividad. “Estimado jefe: informo que he iniciado la elaboración del documento”. Una hora después: “Informo que continúo trabajando en lo solicitado”. Finalmente llega el mensaje triunfal: “Tengo a bien comunicar que el informe ha sido concluido satisfactoriamente”. Uno imagina que acaba de terminar la construcción del Canal de Panamá, pero abre el archivo y son dos páginas. El trabajador eficiente ya terminó cuatro tareas y no dijo nada; nuestro héroe terminó una y produjo suficiente correspondencia como para dejar constancia histórica de su hazaña.
Después encontramos al corresponsal oficial del chambre corporativo. Este sí merece una categoría especial. Tal vez desconoce cuáles son los objetivos estratégicos de la compañía, pero sabe quién llegó tarde, quién pidió permiso, quién discutió con Recursos Humanos, quién está buscando otro empleo y quién hizo una mala cara cuando habló el gerente. Tiene fuentes, contactos y una red de inteligencia que cualquier servicio secreto quisiera contratar. Si utilizara semejante capacidad investigativa para conocer a la competencia, estudiar el mercado o encontrar nuevos clientes, probablemente duplicaría las utilidades de la empresa. Lamentablemente, toda esa energía está concentrada en averiguar por qué Marta salió llorando de la oficina del jefe.
Más delicado todavía es el compañero que utiliza el chambre como instrumento para eliminar competencia. Cuando aparece alguien competente que podría ser considerado para una jefatura, comienza inmediatamente la operación de desgaste. La conversación suele iniciar con una frase aparentemente inocente: “Jefe, yo no quiero hablar mal de nadie…”. En ese momento hay que prepararse, porque precisamente para eso llegó. “Yo aprecio muchísimo a Carlos, pero…”. Y ahí murió Carlos. Después del famoso “pero” aparece un expediente tan completo que ni la Fiscalía había logrado reunir: que no tiene liderazgo, que alguien se quejó, que parece conflictivo y que “varias personas” están preocupadas. Nunca conocemos a esas personas; probablemente sean él, su sombra y la cafetera.
Y llegamos finalmente al famoso adulador profesional, conocido popularmente con expresiones mucho menos diplomáticas. Este personaje posee un radar impresionante para detectar al jefe. Cinco minutos antes estaba viendo videos en el teléfono, pero escucha acercarse al gerente y ocurre una transformación comparable con Clark Kent convirtiéndose en Superman. Guarda el celular, abre inmediatamente una hoja de Excel y anuncia: “Jefe, precisamente estaba revisando los indicadores”. ¡Mentira! Estaba viendo TikTok. Pero la presencia del superior ha despertado súbitamente en él una pasión extraordinaria por la productividad, los indicadores, la misión institucional y hasta por el futuro financiero de la compañía.
Su capacidad de adaptación merece reconocimiento. Si el jefe dice que hace calor, inmediatamente responde: “Terrible calor, jefe”. Cinco minutos después el gerente comenta que siente frío y nuestro personaje contesta sin pestañear: “Precisamente eso estaba sintiendo yo”. Ese hombre no necesita consultar el pronóstico del tiempo: consulta al gerente. Si el jefe propone pintar de blanco una pared que ya es blanca, probablemente responderá: “Excelente visión, licenciado; justamente estaba pensando que necesitábamos un blanco más estratégico”. Y mientras los demás intentan comprender qué significa un blanco estratégico, él ya consiguió sentarse junto al gerente durante el almuerzo.
Conviene aclarar algo importante: llevarse bien con un superior no tiene nada de malo. Ser respetuoso, mantener buenas relaciones y comprender las jerarquías forma parte de cualquier ambiente profesional saludable. El problema comienza cuando la cortesía se transforma en servilismo y la empresa termina confundiendo adulación con liderazgo. Un verdadero líder necesita criterio propio, capacidad para tomar decisiones y suficiente carácter para decir respetuosamente que una idea puede estar equivocada. Si solamente promovemos a quien siempre dice “sí, jefe”, no estamos formando líderes; estamos fabricando personas especializadas en mover la cabeza de arriba hacia abajo.
Cuando una organización asciende repetidamente al adulador, al intrigante o al experto en aparentar, envía un mensaje silencioso pero poderosísimo al resto del personal: aquí el mérito no necesariamente determina quién crece. Al principio, los buenos trabajadores intentarán esforzarse todavía más. Después llegará la frustración y, finalmente, comenzarán a buscar oportunidades en otro lugar. Entonces la empresa se sorprenderá: “¿Por qué se nos está yendo la gente buena?”. La respuesta probablemente estuvo caminando durante años por sus propios pasillos, solo que nadie quiso verla porque estaban demasiado ocupados escuchando a quienes tenían más tiempo para hablar que para trabajar.
Una empresa puede sustituir a cualquier empleado en términos administrativos. Al día siguiente alguien ocupará el escritorio, recibirá las claves y comenzará a contestar los correos. Pero reemplazar una plaza no significa reproducir automáticamente a la persona que se fue. Con ella pueden marcharse años de experiencia, conocimiento institucional, creatividad, relaciones construidas con clientes, capacidad para solucionar problemas y, especialmente, una determinada manera de trabajar. Las funciones pueden enseñarse; algunas cualidades personales tardan años en desarrollarse. Por eso perder a un buen trabajador por no haber sabido reconocerlo puede resultar muchísimo más caro que haberle concedido oportunamente una posibilidad de crecimiento.
Ahora bien, quien se siente ignorado tampoco debería convertirse en aquello que critica. Si los chismosos están ascendiendo, no hace falta matricularse en un diplomado de chambre avanzado. Si el adulador consiguió una jefatura, tampoco compre rodilleras para presentarse el lunes ante el gerente. Y si promovieron al haragán, no concluya que trabajar con excelencia fue una estupidez. Los principios personales no deberían cambiar dependiendo del sistema de promociones de una compañía. Siga trabajando correctamente, documente sus resultados, capacítese, haga visible su aporte y aprenda algo fundamental: humildad no significa permitir que los demás desconozcan permanentemente lo que usted contribuye.
Pero también debemos aprender a reconocer cuándo un ciclo terminó. Si después de años de resultados, compromiso y preparación descubre que no existe una oportunidad seria para desarrollarse, mientras las promociones obedecen permanentemente a simpatías, intrigas o favoritismos, quizá la pregunta ya no sea qué necesita hacer para conseguir un ascenso. Tal vez deba preguntarse por qué continúa entregando sus mejores años a un lugar donde sus capacidades difícilmente encontrarán espacio para crecer. Marcharse no siempre significa fracasar; algunas veces significa comprender que insistir en una puerta equivocada solamente nos impide encontrar otra que sí puede abrirse.
Y si llega ese momento, váyase correctamente. No salga dando portazos, insultando al gerente ni escribiendo en Facebook una novela de diecisiete capítulos contando los pecados administrativos de la compañía desde 1998. Termine sus responsabilidades, agradezca lo aprendido y conserve las relaciones que merezcan conservarse. La dignidad también se demuestra en la manera de cerrar una etapa. Uno puede abandonar una empresa sin destruirla, porque buscar un lugar donde nuestro trabajo sea mejor apreciado no exige convertir el antiguo empleo en enemigo.
Al final, todos somos reemplazables en una función, pero ninguna empresa puede fabricar otra persona exactamente igual. Podrán contratar a alguien que utilice nuestra computadora, ocupe nuestro escritorio y realice las mismas tareas, pero no podrán copiar nuestra combinación particular de experiencia, carácter, principios, creatividad y talentos. Como creyente, añadiría que Dios ha depositado capacidades particulares en cada ser humano, y reconocerlas no significa vivir orgullosamente, sino comprender que tampoco debemos enterrarlas indefinidamente en un lugar donde jamás podrán desarrollarse.
Así que trabaje con excelencia mientras esté allí. No destruya compañeros para subir usted, no convierta el chambre en estrategia profesional y jamás transforme la adulación en sustituto de la capacidad. Pero tampoco permita que una empresa determine cuánto vale como persona. Y si después de diez años descubre que usted lleva una década trabajando mientras otro lleva el mismo tiempo tomando café, contando chambres y diciéndole al gerente que cada corbata que usa le queda espectacular, quizá el problema no sea que usted necesita trabajar más duro. Quizá simplemente llegó la hora de actualizar el currículum.
Abogado y teólogo.
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