Domingo de Ramos. Para los cristianos católicos, más que una fecha litúrgica, es un espejo. Un espejo incómodo, de esos que no perdonan la luz de la mañana ni el cansancio de la semana. Porque aquí, entre palmas benditas y procesiones solemnes, también camina —aunque a veces no queramos verlo— el mismo pueblo que grita “¡Hosanna!” y, días después, termina crucificando sus propias esperanzas.
La escena es conocida: Jesús entra a Jerusalén entre vítores, sobre un burro, símbolo de humildad. No hay pompa, no hay escoltas, no hay discursos grandilocuentes. Solo la gente, esa multitud que hoy aplaude y mañana duda. Y uno no puede evitar preguntarse si seguimos repitiendo ese mismo guion, con otros actores y las mismas contradicciones.
Porque el cristiano católico de hoy también extiende palmas —aunque no siempre sean de palma real—. A veces son gestos pequeños: levantarse antes del alba para buscar el sustento, subirse a un bus con más fe que certezas. Son actos cotidianos que, vistos de cerca, tienen algo de liturgia silenciosa.
Pero también está el otro lado. El que incomoda. El que no sale en las estampitas ni en las homilías más optimistas.
El cristiano católico (los católicos también son cristianos) que celebra el Domingo de Ramos es el mismo que arrastra problemas viejos con nombres nuevos. En todo el mundo hay amenazas de guerras, hambrunas y nuevas enfermedades. La inseguridad migratoria —ese éxodo moderno— continúa marcando hogares con ausencias que no se llenan con remesas. Y esto ocurre en todo el mundo, aunque en algunas regiones más que en otras.
Hay algo profundamente simbólico en ver a una multitud acompañar a Jesús en su entrada triunfal. Porque esa misma multitud, días después, se convierte en juez. ¿Cuántas veces, como sociedad, hemos hecho lo mismo? No es un juicio moral; es una constatación humana.
El ser humano vive entre la esperanza y el desencanto, como si fueran estaciones que se alternan sin calendario fijo. Un día se cree que las cosas van a mejorar —porque siempre hay un motivo, aunque sea pequeño— y, al siguiente, la realidad recuerda que los cambios profundos no llegan con la velocidad que esperamos.
Domingo de Ramos, entonces, no es solo una celebración religiosa. Es una invitación incómoda a revisarnos. ¿A quién o qué estamos aplaudiendo hoy?
En las calles, mientras algunos cargan ramos bendecidos, otros cargan preocupaciones más pesadas: la inseguridad, la joven que logró la eutanasia en España, el futuro del mundo que estamos dejando a nuestros hijos. Y, sin embargo, ambos caminan juntos: los ramos bendecidos y los ramos de preocupaciones, aunque no se miren. Esa es, tal vez, la paradoja más visible de estos tiempos: convivir con la fe y la frustración sin que una anule completamente a la otra.
Hay también una lección en la figura del burro. Un animal sencillo, casi ignorado, que termina siendo protagonista de un momento histórico. En una época que a menudo mide el valor en función del poder o la visibilidad, recordar que lo humilde también sostiene procesos importantes no es un detalle menor.
Quizás el problema no es que los católicos hayamos perdido la fe. Tal vez se ha fragmentado. Se ha distribuido en pequeñas dosis para sobrevivir al día a día. Fe en que las macropolíticas del mundo y sus grandes líderes cambien. Es una fe práctica, menos visible, pero no por ello menos intensa.
Sin embargo, el Domingo de Ramos también advierte sobre los peligros de la fe superficial. Esa que se queda en el gesto, en la apariencia, en la costumbre. Porque es fácil levantar una palma durante una procesión; lo difícil es sostener convicciones cuando el entorno presiona en sentido contrario.
Los católicos necesitamos menos multitudes momentáneas y más coherencia sostenida. Menos aplausos impulsivos y más compromiso silencioso. Menos momentos de ocasión y más decisiones que incomoden, pero transformen desde lo individual, familiar, comunitario, regional y mundial.
No se trata de perder la capacidad de celebrar. Al contrario: la celebración es necesaria, casi urgente, en un entorno que suele ser áspero. Pero sí se trata de que esa celebración tenga profundidad. Que no sea solo un paréntesis emocional, sino un punto de partida.
Porque, si algo enseña el Domingo de Ramos, es que la historia no se define en la entrada triunfal, sino en lo que viene después.
Y ahí, en ese “después”, es donde la humanidad sigue escribiendo su propia versión del relato. Con aciertos, con errores, con contradicciones. Con una mezcla de fe y escepticismo que, aunque a veces parezca frágil, ha demostrado ser sorprendentemente resistente.
Quizás, al final, la pregunta no es si somos la multitud que aplaude o la que condena. Tal vez somos ambas, en distintos momentos. Y reconocerlo —sin excusas, sin adornos— podría ser el primer paso para no repetir, una vez más, la misma historia.
Este Domingo de Ramos, entre palmas y procesiones, el católico no solo recuerda una entrada a Jerusalén: se observa a sí mismo. Y en ese ejercicio, incómodo pero necesario, podría encontrar algo más valioso que cualquier consigna: la posibilidad de cambiar el rumbo, aunque sea paso a paso, aunque sea en silencio. Y, como dice Joan Manuel Serrat: “No me gusta el tiempo que estoy viviendo”.
Médico.