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Cómo han cambiado las cosas

La pregunta no es si debemos regresar al pasado, sino si con todo lo que hemos avanzado podemos recuperar algunas de aquellas pequeñas cosas que hacían la vida más humana

«Cómo han pasado los años»… Seguro que recuerda esa melodía y que alguien le viene a la mente.

Sin pretender que el pasado fue mejor, basta observar algunas conductas cotidianas para preguntarnos si mientras avanzábamos no dejamos algunas cosas buenas por el camino.

En 25 años todos, en prácticamente todo el mundo, tenemos mejores comunicaciones, más tecnología, mayor acceso a la información, avances extraordinarios en medicina y comodidades que entonces ni siquiera imaginábamos.

Pero nosotros también hemos cambiado.

De la paciencia a la inmediatez. Antes esperar formaba parte de la vida. Ahora queremos respuestas, compras, información y soluciones inmediatamente.

De reparar a sustituir. Cuando algo fallaba tratábamos de arreglarlo. Ahora muchas veces resulta más fácil sustituirlo y tirarlo a la basura.

De conversar a comunicarnos. Tenemos muchísimo más contacto, pero no necesariamente más conversación. Un mensaje de 20 segundos puede sustituir una conversación de media hora.

De escuchar a reaccionar. Opinamos y respondemos rápidamente, con frecuencia antes de comprender lo que el otro quería decir.

De cumplir a justificar. Llegar puntual, terminar lo prometido, devolver una llamada o reconocer un error eran pequeñas obligaciones personales. Ahora parece más fácil explicar: “Es que, fíjese, no pudimos…”.

De ahorrar primero a comprar primero. Antes era frecuente ahorrar durante meses para adquirir algo. Hoy podemos comprar inmediatamente y comenzar a pagarlo después.

De cuidar las cosas a consumirlas. Un automóvil, un radio, un reloj, un mueble o un electrodoméstico se compraban pensando en muchos años. Se cuidaban, mantenían y reparaban.

De aprender un oficio a querer resultados rápidos. La experiencia acumulada durante años tenía enorme valor. Hoy existe la tentación de querer resultados profesionales antes de haber recorrido suficientemente el camino.

De separar trabajo y vida privada a estar siempre disponibles. El teléfono nos acompaña a la mesa, a la cama, durante las vacaciones y hasta mientras conversamos.

De comunidad a individualismo. El vecino, la parroquia, el club, la familia extensa o el comercio del barrio tenían mayor presencia en nuestra vida cotidiana.

De agradecer a considerar que nos corresponde. Cuando algo se convierte en expectativa, podemos dejar de percibir el esfuerzo que alguien hizo para proporcionárnoslo.

De hacer bien las pequeñas cosas a buscar visibilidad. Ser puntual, visitar a un enfermo, cumplir la palabra o ayudar a un vecino no produce seguidores, pero esas pequeñas cosas sostienen una sociedad.

Y finalmente, de esforzarnos para conseguir comodidad a considerar la comodidad como algo normal. Hemos ganado muchísima comodidad, pero quizá también hemos reducido el entrenamiento cotidiano de nuestra voluntad.

Hace 25 o 30 años había que esperar, ahorrar, desplazarse, preguntar, buscar, reparar, aprender y, muchas veces, intentarlo nuevamente.

En muchos barrios era normal levantarse, abrir la puerta y barrer la acera. Mientras uno barría aparecía el vecino, intercambiábamos los buenos días, preguntábamos por la familia y terminábamos conversando unos minutos. La acera estaba fuera de nuestra casa, pero también la sentíamos un poco nuestra. Las puertas permanecían abiertas. Los vecinos se conocían. Sabíamos quién estaba enfermo, quién había tenido un hijo y quién necesitaba ayuda.

Ahora podemos hablar gratuitamente con un hijo que se encuentra a diez mil kilómetros, pero quizá no sabemos cómo se llama quien vive tres casas más adelante. Podemos sentarnos cuatro personas alrededor de una mesa y encontrarnos cada una mirando su teléfono.

Nunca habíamos estado tan comunicados y, sin embargo, deberíamos preguntarnos si estamos igualmente cerca.

También hemos cambiado nuestra manera de consumir. Nunca habíamos tenido acceso a tantas cosas a precios tan bajos. Lo barato nos permite comprar más, pero comprar más significa fabricar más, transportar más, empacar más y, finalmente, tirar más a la basura.

Nuestros hogares se han llenado de cosas y nuestros basureros también.

En algunas familias ya no hay un automóvil familiar, sino varios. Tenemos mayor libertad para desplazarnos, pero también más tráfico, más combustible consumido, más llantas, más repuestos, más estacionamientos y más contaminación.

También las familias se han dispersado. Antes varias generaciones podían permanecer vinculadas al mismo lugar. Hoy los padres pueden vivir en un país, los hijos en otro y los nietos en un tercero.

La movilidad nos ha acercado al mundo, pero también nos ha separado físicamente.

No se trata de volver a vivir como hace 25 años. Los jóvenes no conocieron aquel mundo; sus padres y abuelos sí, y quizá por eso algunos lo añoran un poco.

Tal vez sería mejor modernizar nuestras herramientas sin desechar nuestros buenos hábitos.

Conversar con el vecino. Comer juntos. Escuchar a los mayores. Reparar antes de tirar. Ahorrar antes de comprar. Cumplir nuestra palabra. Tener paciencia. Cuidar lo que tenemos. Agradecer. Sentir nuestra la casa donde vivimos y preocuparnos un poco por lo que sucede al otro lado de nuestra puerta.

Quizá también volver alguna vez a barrer la acera, no porque esté sucia, sino porque mientras la barremos puede aparecer un vecino y preguntarnos:

—Buenos días, ¿cómo está la familia?

¡Cómo han cambiado las cosas!

La pregunta no es si debemos regresar al pasado, sino si con todo lo que hemos avanzado podemos recuperar algunas de aquellas pequeñas cosas que hacían la vida más cercana, más responsable y más humana.

Pedro Roque
Todo es más fácil y más sencillo con sentido común.

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